Sandra castillo de medrano: Granada (96 x 46cm.)

En el 480 aniversario de “La Gran Sultana”

Jorge Eduardo Arellano/Hijo predilecto de la ciudad/1996 LAS 6 “AES” DEL CARÁCTER GRANADINO Las costumbres y modos de ser, aquellos rasgos de una colectividad, no son invariables. Pero en el caso de Granada, una ciudad singular, es fácil reconocer el carácter y estilo que ha definido a sus habitantes. De hecho, ambos ya han inspirado […]

Jorge Eduardo Arellano/Hijo predilecto de la ciudad/1996

LAS 6 “AES” DEL CARÁCTER GRANADINO

Las costumbres y modos de ser, aquellos rasgos de una colectividad, no son invariables. Pero en el caso de Granada, una ciudad singular, es fácil reconocer el carácter y estilo que ha definido a sus habitantes. De hecho, ambos ya han inspirado no pocas páginas, cuyos autores casi siempre han sido hijos preclaros de la ciudad. Yo quiero retomar sus ejemplos, sistematizando diez características: seis propias del “carácter” granadino (Apertura y extraversión, Aventura y espíritu emprendedor, Ausencia de xenofobia, Actitud comercialista, Anti-intelectualismo y Aldeanismo) más cuatro correspondientes a su “estilo” (Sentido del humor, Personalidad imaginativa, Elegancia y Religiosidad peculiar).

Tal vez algunas de estas formas locales han disminuido o desaparecido y otras se encuentren vivas o más pronunciadas. Lo cierto es que se dieron históricamente revelando una imagen clara del granadino, por lo menos desde finales del siglo XVIII, que obedecía a un modo de ser distinto y contrapuesto al del leonés, vecino de la otra ciudad fundadora de Nicaragua. Al respecto, observaba Carlos A. Bravo: “El leonés era apegado a una tradición suave, leal a su modo de sentir. El granadino generoso, fanfarrón, orgulloso”.

Tal orgullo, a veces próximo a la altanería, se sustentaba en el relativo esplendor de la ciudad. De ahí que en nuestros días alguien haya inventado, con hiperbólico sentido de arrogancia, este dicho recordado por Jimmy Avilés: “Nicaragua es Granada; el resto monte”, que tiene su correspondencia con estas líneas procedentes del mismo Bravo: “El granadino sólo simpatiza con lo suyo, con lo que se hace o dice en Granada. Para él, el país es Granada”. Ello encerraba un localismo cerrado y desmedido, “Helénicamente acogedora —lo captó Francisco Pérez Estrada—,Granada es provinciana; existe el granadino que municipalizaría el sol”. Pero su localismo lo sabía llevar con una actitud abierta, extravertida, sin complejo alguno.

1. Apertura y extraversión

Esta apertura y extraversión hacían del contacto diario con su entorno: una topografía envidiable, comenzando con un cielo “muy lúcido y alegre”, como lo vio el obispo Agustín Morel de Santa Cruz a mediados del XVIII. Todavía lo es y conserva, en palabras del novelista italiano Carlo Coccioli, una naturaleza “despiadada” por su violenta mezcla de la luz con el azul. Esta topografía, por lo demás, invita a la exageración. “En Granada se da siempre la exageración —apuntaba Bravo, intérprete del carácter granadino—,es porque se vive a orillas del lago y del Mombacho: dos inmensidades. Por eso es que el habitante de Granada es exagerado. Razón de suelo”. O de influencia del paisaje, de acuerdo con la formulación de Hipólito Taine.

Carlos Alberto Marín diría que el granadino mantiene una relación subconsciente con el Charco Nostrum y el Pater Nostrum. De tanto disponer del Gran Lago —el Cocibolca o Lago de Nicaragua— y de sus casi cuatrocientas isletas edénicas, como también de tanto mirar y admirar el Mombacho, el granadino se apropia de ambos, suscitando en su interior una dicha. La dicha de compartir ambas maravillas: la “imagen del paraíso” que son Las Isletas y el milenario centinela de su ciudad que es el Mombacho.

Porque el lago (Ayagualo) de los aborígenes y Mar Dulce de los conquistadores) es el segundo más extenso de América Latina: 7,700 kilómetros cuadrados, según Jaime Incer u 8,264 según otros: casi la superficie de la Isla de Puerto Rico. Y su ichthyofauna ha sido reconocida científicamente como una de las más ricas del mundo, destacándose los guapotes (plato tradicional de la cocina granadina), gaspares y sábalos, peces-sierras y, sobre todo, tiburones que proceden del Atlántico —a través del río San Juan— y van y retornan a nuestro mar interior, como lo llama su cantor homérico: Pablo Antonio Cuadra.

2. Aventura y espíritu emprendedor

Pero el rasgo más notable que se le ha atribuido al carácter del granadino es la aventura y el espíritu emprendedor. Desde un principio, los vecinos de la ciudad fundieron en una sola actitud esta tendencia, manifestándola en la extensión ganadera al territorio de la otra orilla de la laguna: Chontales, futura matriz pecuaria de Nicaragua. Pero también en las expediciones que marcharon a fundar la ciudad de Nueva Segovia en 1543 y a establecer las bases de la colonización de Costa Rica.

Años más tarde, la aventura acompañó a otros vecinos: cuando se atrevían a comerciar, en sus propias embarcaciones, con Nombre de Dios, Portobelo y Cartagena de Indias en el Atlántico. La aventura y el espíritu emprendedor también animaba las transacciones de sus hacendados en la capital del Reino. El obispo Morel de Santa Cruz anotaba en 1751: “Lo que en este tiempo han tenido y de que el presente gozan sobre tener —aludía a los granadinos principales, todos “españoles”— es trabajar: consiste en transportar sus ganados a Guatemala y venderlos a cambio de ropas, éstas por precio excesivo y aquellos por lo que quieren sus compradores. El mayor fracaso no es éste, sino que en el discurso de la caminata unos se cansan y otros se ahuyentan con notable pérdida del dueño por ser el número cuantioso”. No hay tal, pues, que se hayan transformado de hacendados en comerciantes a raíz de las guerras civiles durante la primera mitad del siglo XIX. Ya lo eran simultáneamente.

Uno de ellos, por ejemplo, fue Narciso Arellano del Castillo, hacendado que aprovechó el auge de las maderas de tinte, en la década de 1830 a 1839, que tenían un gran mercado en Inglaterra. Hombre de empresa, Narciso contó una enorme cantidad de esa madera en los terrenos vírgenes de su propiedad que tenía cerca de la costa del Pacífico, correspondiente al actual departamento de Carazo, no sin antes viajar a Cuba a través del río San Juan, contratar un barco de vela, dar vuelta por el Cabo de Hornos y llegar al fin a la costa nicaragüense, donde sus operarios —según instrucciones que había dejado— encendieron altas hogueras nocturnas. Luego arribó a su propiedad, cargó el producto y retornó por el mismo Océano Pacífico, cruzando de nuevo el Cabo de Hornos, a La Habana, donde lo vendió a muy buen precio. Con esta operación, hizo una vasta fortuna e introdujo en Granada el primer piano y un cargamento de mármol con el que enladrilló la sala de la casa.

La aventura y el espíritu empresarial, como se constata en el caso anterior, eran típicos del granadino decimonónico. El doctor Carlos Cuadra Pasos refería sus dos trascendentes acciones emprendedoras: la fundación de Ciudad Rama, centro del Distrito del Siquia, en 1887; y la del Ingenio San Antonio en 1890. La importancia de éste, a nivel centroamericano, es muy conocida; no así la de aquella que constituyó, por su producción y transacciones bananeras, la avanzada material de la inmediata Reincorporación de la Mosquitia.

Mas han sido incontables los ejemplos de granadinos, sobre todo de los estratos medios, que han desarrollado este rasgo de su psicología colectiva. A uno de tantos conoció Joaquín Zavala Urtecho, en 1969, de bartender en uno de los más estirados restaurantes de Washington: el Sans Souci. Al oirle hablar en español, Joaquín le preguntó que de dónde era.

—De Centroamérica.
—¿De qué país?
—De Nicaragua.
—¿De qué ciudad?
—De Granada.
—¿De qué barrio?
—De Cuiscoma.
—¿De qué apellido?
—Espinoza.

Y agrega Zavala Urtecho que sentado a la mesa, como buen granadino, ordenó un excelente vino Burgundy 1923, Chambelle-Musigny, llegando la botella por cuenta y cortesía del recién conocido paisano. Cuando fue a darle las gracias, invitándole a su hotel para tomarse una copa, Espinoza le contestó que le agradecía que primero pasaran tomándose una en su hogar con su señora. “No podía haber en el extranjero —concluyó Joaquín—mejor imagen del nicaragüense granadino”.

Como ésta, muchísimas otras anécdotas de coterráneos aventureros y emprendedores se han producido durante el presente siglo. Impulsados por ese espíritu, se les encontraba en todas partes del país, roturando la tierra y formando valiosas haciendas en Chinandega, Matagalpa, Chontales, Las Segovias y en la Costa Atlántica, abriendo talleres y casas de comercio en otros sitios, tomando participación activa en la vida social y política, pues el granadino —en general— es renuente al aislamiento. Así, en 1952 Alejandro Reyes Huete señalaba que cuando se ampliaron las transportaciones, el granadino se lanzó a la conquista del mundo, portando su optimismo e inteligencia, obteniendo holgadas posiciones en oficinas y empresas comerciales, o como trabajador en fábricas y talleres, soldado de los ejércitos de la Democracia o simple peón o mozo en los hoteles de cuarta clase. Pero siempre esperando la ocasión “para deslumbrar a sus lejanas amistades con el relato fantástico de sus encumbramientos”.

Mas esta tendencia de rodar fortuna, motivada por la imposibilidad de sobresalir o mejorar de condición en el ámbito propio, no es exclusiva del granadino: pertenece al “nica” hegemónico —el de la zona del Pacífico— como sostiene Pablo Antonio Cuadra en su obra El Nicaragüense. Porque lo granadino designa una realidad que cabe muy bien dentro de lo nicaragüense, sin contradecirlo en ninguno de sus rasgos; antes bien, representándolo a cabalidad.

3. Ausencia de xenofobia

Es lo que sucede con la ausencia de xenofobia, o presencia de xenofilia, propia también del “nica” aún hospitalario y generoso con el extranjero. Porque Granada fue la primera de las ciudades de Nicaragua en acoger y aceptar lo extranjero. El diplomático norteamericano E.G. Squier lo confirmó en 1849. Ese año, advirtiendo la supremacía económica de la ciudad sobre León, escribió: “La riqueza se ha concentrado aquí en grado considerable, y sus relaciones comerciales han llevado a su seno muchas costumbres extranjeras, mas no ha cambiado materialmente por eso su carácter centroamericano”. Sin perder su identidad tradicional, Granada adaptaba las influencias de los países civilizados, integrándolas a sus costumbres. Squier añadía que era la ciudad del país con mayor número de extranjeros. Unos, después de hacer fortuna, habían vuelto a su lugar de origen; otros “por querencia o rutina se han quedado a vivir, asimilándose casi por entero al núcleo de la población”.

Los extranjeros que vivían en Granada antes del incendio, vinculados al comercio con el Caribe y Europa, no eran numerosos. Predominaban los franceses e italianos. Seis de los primeros —Lasalle, Thierrat, Cheron, Barruel, Beauvert, Satre y Dumaytray— se involucraron en una disputa legal contra una “Mesalina”, natural de la isla Martinica, que les había despojado de sus capitales. Pero el principal de ellos era el cónsul de Francia Pedro Rouhaud (se pronuncia Rojó), que antes de ejercer ese cargo, cuidaba la caballeriza de don Martín Benard y Marie Angelique Doudé, matrimonio residente en la ciudad desde 1829 y progenitores de la familia con mayor incidencia social dentro de la clase alta granadina.

Este clan tuvo en Emilio Benard Doudé (1842-1880) su principal figura histórica. Funcionario público ejemplar y progresista, fundó el Club de Granada en 1873. Para entonces, los Benard ya habían introducido el sibaritismo en la cocina local —arraigada en la tradición mestiza e indohispánica— y comenzado a imponer el comportamiento en los salones. Con ellos, el granadino aprendió a ser gourmet, a adquirir el gusto refinado de gran señor. Además, cruzados con otras familias prominentes —Chamorro, Guzmán, Vivas— impusieron su estilo frívolo y superficial, además de procrear los mejores especímenes de belleza femenina.

Pasando a los italianos, citemos la pequeña colonia que recibió a Giuseppe Garibaldi en 1851, siendo el Capitán de Marina de apellido Solari el único conocido. Después vinieron el arquitecto Andrés Zappata, a quien se le deben muchos suntuosos edificios neoclásicos, y el empresario Francisco Alfredo Pellas entre otros, fundador de uno de los capitales más fuertes del país. Otras familias establecidas en Granada, e integradas a la población, fueron Boitano, Cassinelli, Castigliolo, Favilli, Ferrari, Ferretti, Foglia, Magnalli, Maritano, Rossi y Peccorelli.

Todos ellos aportaron al desarrollo de la ciudad, como los comerciantes alemanes Alejandro Tretropp, Simón Wolf, Marcos Tefel y el inglés Marcial Vaugham; pero quien más se adaptó a la personalidad granadina fue el norteamericano Alejandro Alberto Dow-ning, dueño del famoso Hotel de los Leones. A Mister Downing, quien dejó descendencia como los anteriores, se le deben contribuciones originales al humor y a la elegancia del estilo granadino.

4. Actitud comercialista

El otro elemento que los demás nicaragüenses consideraban característica del granadino era el comercialismo, o sea la vocación por el comercio o la capacidad para hacer dinero, el gusto por el mismo y la afición a las actividades o empresas económicas. Limitada a la gente que había acumulado capital, esta actitud se gestó antes de la Independencia, representándola un sujeto también de origen italiano, o más bien siciliano: Roberto Sacasa. Éste, cuya fortuna la debía en gran parte a la explotación de los indios en la “Tarazana” de Masaya, ostentaba poseer los mayores caudales de su tiempo en todo el Reino de Guatemala.

José Coronel Urtecho dedicó muchas páginas a la ponderación de la familia Sacasa —establecida en Granada desde mediados del siglo XVIII— y a su miembro principal: Crisanto. Hijo de Roberto y líder del sector de La Encrucijada, Crisanto Sacasa era un hombre de negocios que heredaba y mantenía el predominio político de su familia en la ciudad, disputado por otro sector de los criollos propietarios: Los de Arriba. En pocas palabras, encabezaba el naciente conservatismo comercialista de Granada. En esa línea, los Sacasa dirigían el comercio de exportación e importación, compartido con otras familias relacionadas con ellas —Avilés, Chamorro, Zavala, etcétera— a las que se oponían varios de los señores hacendados, jurisconsultos o intelectuales, ajenos a ese comercio. En fin, Crisanto Sacasa conciliaba el conservatismo social con el liberalismo económico.

Derrotado y muerto Sacasa en la guerra civil de 1824, el comercialismo que impulsaba se impondría en la mentalidad de los ricos granadinos que la integraron a su modo de ser, consolidándolo durante el período de los “treinta años”. Señeros intelectuales de la ciudad lo niegan como parte esencial del carácter prototípico de sus coterráneos prominentes. Pero otros, como en el caso de Coronel Urtecho, lo admiten y exaltan hasta el grado de puntualizar que desde Granada —y no sin resistencia de otras ciudades y aún de importantes sectores agrarios y populares de la misma Granada— “el espíritu práctico o la actitud comercialista se extendió a Managua, y de la capital, naturalmente, al resto de Nicaragua”. El mismo autor añade que dicha actitud se transformó en la moderna tendencia empresarial, generalizada sobre todo después del terremoto de Managua en 1972.

Hechos como los apuntados al referirnos tanto al espíritu de aventura y de empresa como a la ausencia de xenofobia, le dan la razón a Coronel Urtecho. Por ejemplo, la orientación capitalista que desarrollaron los comerciantes granadinos, de filiación política conservadora, resurgidos después de la ruina total en que dejó a la ciudad el incendio de Walker. En 1869, veinte casas o empresas respondieron al llamado de la Prefectura para suscribir un aporte mensual con el fin de cooperar con el Gobierno en la composición del río San Juan, de manera que muy pronto se fue recuperando el comercio a través del Atlántico.

Estos comerciantes fueron casi los mismos que en mayo de 1873 importaron en el vapor “A. Adams” —conducido por el capitán Hover— aceites, aceitunas, agua florida, aguarrás, alcaparras, botas, baldes, candelas, coñac, cristales, cervezas, cera, clavos, champagne, chablís, encurtidos, frutas cristalizadas, hachas, harina, hierro, jarabes, jerez, olivos, oporto, palas, papel, pasas, plomo, sardinas, sillas, tinta, vinos, vermouth, provisiones, ferretería y mercadería en general.

He aquí los nombres de estos importadores Tomás Alemán, J. Arana y Co., Fermín Arana, J. Arce, Benard y Vivas, Adán Cárdenas, José Joaquín y Vicente Cuadra, Ramón de Espínola (español), G. Espinosa y familia, Fernando Lacayo, Gabriel Lacayo e Hijos, Luis y D. Lacayo, Pánfilo Lacayo, Inocente y N. Malespín, Mejía y Mora, J. Marenco y hnos., J. Angel Robleto, Luis Quirós e hijos, Pasos y César, Modesto Sequeira, Isidro Sotomayor, W. Teller, Juan Vargas, Elena Sacasa y Juliana Selva de Abaunza.

No en balde entre esos comerciantes surgió una frase que proclamaría el orgullo localista, a raíz de los éxitos de sus negocios: “Si León fue la capital, Granada es ahora el capital”. Igualmente, en nuestros días el trato generalizado que se daban los granadinos trasladados a Managua, incluyendo los intelectuales, era el de “socio”; y, pensando en el comercialismo de la ciudad, surgió en Masaya otro dicho que todavía se escuchaba en los años sesenta: “Granadino, ladrón fino”.

5. Anti-intelectualismo

La mentalidad comercialista no sólo desarrolló el sentido burgués de la posición social fundada sobre el capital y el desprecio de la pobreza como signo de inferioridad; también otro desprecio: hacia el intelectual. De tal modo se impuso en la ciudad que generó el anti-intelectualismo. Esta actitud, mantenida por pragmáticos mercachifles y hombres de negocios, enorgullecía a éstos de haber empleado en uno de sus almacenes al mozuelo Rubén Darío, quien —según proclamaban— prefirió el champán del Hotel de los Leones. Desdeñaban, en una palabra, la literatura.

Incluso intelectuales vinculados a ellos por sangre y posición de clase —como los hermanos Enrique, Gustavo y Horacio Guzmán Selva— consagraron esa actitud al crear una atmósfera jovial de sátira que se reía, por ejemplo, de la seriedad y fama de “alumnos de las musas” de los leoneses; atmósfera en la que participaron escritores humorísticos como Anselmo Fletes Bolaños, de extracción popular. Llegaron, pues, los Guzmán, a despreciar la inteligencia, hasta el punto de que cuando recurrían a ella, se avergonzaban.

Este desprecio adversó todo intento creador en ellos y en los demás intelectuales de su tiempo. Por tanto, no podían menos que mofarse de los tres pintorescos “literatos” que circulaban en la ciudad: el “vate cuiscomeño” Procopio Vado y Zurrizana, el prosista folletinesco J. Trinidad Gutiérrez de seudónimo altisonante: Ego sum, y el truculento dramaturgo Manuel Blas Sáenz, autor de una tragedia en la que no dejaba vivo a ninguno de sus personajes.

El 13 de septiembre de 1882 Vado y Zurrizana —de vestimenta extravagante— se entrevistó con la escritora española Baronesa Wilson; cita que planearon los hermanos Guzmán Selva para burlarse de ambos. Significativa fue, además, la broma pesada de otros “hijos del Mombacho”, encabezados por Joaquín Gómez Rouhaud, al propio Rubén Darío cuando, ya en plena madurez y realización genial, pasó por Granada a principios de 1908; broma en la que se utilizó póstumamente a Vadito. En efecto, editaron en un folleto sus poesías, calificándolo de “precursor” de Darío, sólo para fastidiar al autor de Prosas profanas, reducido por ellos a “lírico leonés”.

Las consecuencias del anti-intelectualismo, unido a la guasa y a la puya, hicieron estragos, permaneciendo aún latente al iniciarse la década de los 30, cuando irrumpió —con verdadero empuje juvenil— el grupo de vanguardia. Por eso un heredero de esta actitud, y amigo también de la hipérbole como todo granadino, afirmaba entonces que era más posible que un trasatlántico anclara en el muelle, navegando por el río San Juan y el Gran Lago, antes de admitir la proximidad de una “era de trovadores”. Tal aseveración era exacta, puesto que nunca el ambiente de la ciudad había sido propicio para el cultivo de la literatura, mucho menos para la poesía.

6. Aldeanismo

Ahora bien, en el ejercicio anti-intelectualista operaba la tendencia de la crítica aldeana, propia del pueblo grande que siempre ha sido Granada, no obstante su aspecto señorial. A esta “crítica”, Carlos Alberto Marín la ha definido como viperolalia, aludiendo a la naturaleza de las lenguas que destrozan al vecino y al prójimo sin contemplaciones de ninguna especie.

Hablamos, es claro, de la chismografía que ha adquirido un grado tal en Granada que merece un monumento, similar al existente en una localidad de Alemania. No puede eludirse, en consecuencia, del carácter colectivo de la ciudad. Por algo doña Beatriz Arellano sostenía que el principal pecado de Granada era la murmuración y otro pariente identificaba esta tendencia universal con un personaje novelesco del padre Luis Coloma: Currita Albornoz. Desde luego, muchas Curritas integran las llamadas “ULAS” (Unión de Lenguas Asesinas) que pululan en las aceras granadinas.

Otro aspecto del aldeanismo lo constituye la cantidad innumerable de apodos, característicos de toda sociedad provinciana. En 1920 constataba J. Trinidad Gutiérrez: “El pueblo de Granada todavía está muy atrasadito, pues con frecuencia se le oye llamar a las personas por su apodo”. Y en estos años Jimmy Avilés ha recogido centenares de ellos, destacándose 50 —muy curiosos— de mujeres, entre ellos: Amansa machos (unas maestras), Animitas (señoras solteras, bajas, delgadas, frágiles, retraídas), Bichitos, Bolitas, Brujitas, Cocorocas, Chachas, Charas, Chicharronas, Chicha, Chimindonga, Chingas, Divina Providencia, Jocota, Micas, Poyas, Tarzanas, Tatacuras y Zunga.

No olvidemos la escasa población de Granada y su falta de crecimiento apreciable durante varias décadas de este siglo —45,000 habitantes fue una cifra que se mantenía desde los años 60, llegando a finales de los 80 a 93,000—. Ni que sólo ha tenido un semáforo —hoy carece de él— para regular el tráfico de automotores y una “barata”, o vehículo para invitar —a través de un parlante— a entierros, misas y demás actividades sociales: la de “Chocolate” (q.e.p.d.). Tampoco olvidemos otra característica aldeana, señalada por Jimmy Avilés: los puntos de referencia para dar direcciones: el lago (al Este), el hospital (al Oeste), la estación (al Norte), el mercado (al Sur) o el Mombacho (idem.) se utilizan inevitablemente; pero, mucho más aún, nombres o apellidos de personas: “De la quinta Zavalla…”, “De la esquina de Foglia…”, “De donde la Amaliota…”; y hasta de apodos: “De los billares del Gato…”, “De donde Papacú…”

En fin, acudamos al testimonio de un viajero norteamericano: Frank Vicent, autor de In and out Central America (1890). Pues bien, en esa obra Vincent captó el aldeanismo granadino en la conversación abúlica y superficial de la gente, en sus chistes triviales y personalistas que frustraban toda crítica verdadera y en sus comparaciones ingenuas. Un vecino, por ejemplo, incapaz de establecer la diferencia entre Londres y París, llegó a la “seria” conclusión de que ¡la primera era como León y la segunda como Granada!

De las tres ciudades fundadas en Nicaragua
por los españoles en el siglo XVI, Granada es la única
que perdura en su asentamiento original. Por tanto,
el próximo 8 de diciembre celebra 480 años; de ahí que
le consagremos un ensayo sobre el carácter de sus habitantes
y un poema inédito, además de reproducir varias
ilustraciones, especialmente las desconocidas de
Roger Balwin, anteriores al incendio de noviembre, 1856.

NUESTRAS PRIMERAS CIUDADES

Al doctor René Sandino Argüello
SEGOVIA no está. Desapareció del todo.
Tal vez quede de ella un oscuro ladrillo
un trozo de estribo o de mosquete extraviados
en la nebliselva
Una campanilla o una daga enterradas…
Hablo de su primitivo asentamiento
fundado por Diego de Castañeda
junto a corrientes copiosas en pepitas
de oro
en medio de olorosos pinos gigantescos.

León tampoco está
En su sitio original. Quedó abandonado
a causa del terrible terror de un terremoto.

Sólo Granada
–mi amable y amada Granada–
está en donde estaba. Resucitando
como el Ave Fénix de sus cenizas
tras saqueos e incendios de piratas
y filibusteros
Aquí está. Here is Granada, William Walker. Con todo
en su lugar: calles, plazas, parques,
templos, arroyos, muelle, playas,
panteón…

Granada sola
presta a cumplir cinco siglos de pequeño
esplendor
bajo la sombra del pródigo Mombacho milenario
(un paraíso altivo y verde)
Hija del Gran Lago: dulce mar gris de nuestros
sueños.

J. E. A.
(Madrid, 22 de junio, 2004)

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