Marcela Sánchez
La mayoría de los venezolanos creen que el presidente Hugo Chávez se preocupa por ellos.
Ese sentimiento simple pero poderoso llevó a Chávez a la victoria en el referendo revocatorio del 15 de agosto, al igual que en las otras seis elecciones que él y su movimiento político han enfrentado en los últimos seis años. A veces lo más difícil de perder es admitir que el ganador puede tener algo de razón. Tristemente las extravagancias y la retórica destructiva de Chávez continúan ocultando ese grano de verdad a la oposición.
La prueba de oro de la presidencia de Chávez ahora es su compromiso con los pobres en Venezuela. Su reto será hacer sostenibles a largo plazo sus misiones de asistencia social, que han llevado alimento, salud y educación a los barrios de Venezuela. Muchos observadores en Washington y Venezuela están apostando a que fracasará.
Hay que darle crédito a Chávez ya que ningún otro país en la región ha llevado servicios de salud comunitaria a tantas personas marginadas en tan corto plazo como lo ha hecho Venezuela, según Renato Gusmao, el representante de la Organización Panamericana de la Salud en la nación sudamericana. Pero Chávez ha fracasado en hacer que toda Venezuela esté comprometida con ese programa. La espina dorsal del plan son 13,000 galenos cubanos que trabajan ahora en el país.
Un programa que depende de médicos extranjeros y buenas relaciones con Cuba, no es un buen modelo de éxito a largo plazo. Pero ésos son los métodos que Chávez emplea.
El mandatario venezolano es capaz de financiar sus programas sociales gracias a precios récord de petróleo y al hecho de que su país es el quinto productor mundial del hidrocarburo. A pesar de su retórica contra Estados Unidos y el libre mercado, Chávez ha asegurado que los intereses del sector petrolero estén bien cuidados en su país.
Chávez ha hecho poco para diversificar los motores de la economía venezolana. Venezuela ocupa el último lugar del hemisferio, excluyendo Haití, en reducir regulaciones y procesos burocráticos que facilitan abrir y administrar un negocio, de acuerdo con el proyecto Doing Business del Banco Mundial. Eso es muy significativo si se tiene en cuenta que el 57 por ciento de la fuerza laboral en América Latina trabaja en micro, pequeñas y medianas empresas.
Chávez ha restringido todavía más a la economía venezolana al eliminar los intermediarios y utilizar las fuerzas armadas para asegurar una distribución efectiva de alimentos subsidiados o servicios de salud. Los productos y servicios llegan a su destino, pero a costa de empleos que podrían ofrecer nuevas oportunidades a los pobres. Chávez tenía razón en eliminar el intermediario que extorsiona a los pobres, pero lo que necesitaba era promover la competencia en vez de usurpar esa tarea en su totalidad.
El efecto neto de eliminar la competencia y mantener una alta dependencia en una sola fuente de ingresos —el petróleo representa el 80 por ciento de entradas por exportación— es la consolidación del poder económico. Encima de eso están sus esfuerzos por concentrar el poder político,. Lo que Chávez no parece entender es que tarde o temprano ese poder podría pasar a manos de alguien cuyos intereses no coinciden con los de los pobres.
En sus primeros seis años en su cargo Chávez prácticamente no paró de hacer campaña. Ahora es el momento de que reconozca finalmente lo que nunca pudo como candidato: no puede pretender gobernar a nombre de un grupo por encima de otro. La retórica antagónica sirve para hacer campaña, pero una vez en el poder representar los intereses de un grupo mientras se ignoran los del resto es autodestructivo. Basta con preguntarle a los predecesores de Chávez.
Si Chávez va a eliminar alguna vez las muchas dudas sobre sus credenciales democráticas y su capacidad como líder, tiene una tarea monumental para los próximos dos años. Más aún, si en verdad es seria su determinación de convertir su revolución por las clases bajas en algo más que un experimento loco de un candidato muy astuto, tendrá que reconocer que a menos que cambie sus métodos podría terminar afectando a los pobres.
Si eso llegara a pasar, la desilusión de quienes han vivido demasiado tiempo en desesperanza en una tierra rica en petróleo pero ahora han podido saborear dicha riqueza, podría llevar a consecuencias imprevistas. Para Chávez el reto es alinear los métodos con una solución a largo plazo.
El reto para la oposición es recuperarse como una fuerza política real. Y una forma de lograrlo es aceptar que la intención de Chávez de ayudar a los pobres es legítima y, en consecuencia, apoyar e incluso cuestionarlo si es el caso.