José Adán [email protected]
Allá por 1995 era un muchacho alegre que compartía con sus compañeros de estudio las ventajas de haber salido de la Universidad Nacional Agraria con un título de Ingeniero Agrónomo y muchas ganas de trabajar en lo suyo, con las plantas, con la tierra, esa cercanía con la naturaleza que embruja a quienes eligen por vocación las ciencias agronómicas.
Todos ellos, unos 80, habían sido seleccionados por un proyecto del Ministerio de Agricultura para ir al campo a levantar información, por medio de encuestas, sobre la producción agrícola y las unidades de producción de pequeños, medianos y grandes productores de todo el país.
Yo, que estaba ahí colado por medio de un conecte que me permitió conocer un poco de Cartografía y la realidad del campo nicaragüense, los veía como se ve a los hermanos mayores cuando hacen cosas que uno no puede por ser chico: con mucha admiración.
Ahora ni él es un muchacho alegre, ni yo lo veo con admiración; aunque debo reconocer que aún tiene fuerzas y ánimos para luchar, para salir adelante en esta vida que cada día lo tiene más afligido, más decepcionado.
Tiene un taxi que es su fuente de ingresos, y de frustraciones cotidianas. Nunca más, desde que salió de la universidad y entró como encuestador del Ministerio de Agricultura tuvo contacto con aquella vocación de trabajo por la tierra, con el campo, las plantas y sus extraños nombres científicos, sus ciclos de vida y sus olores, lo verde.
Pero no pierde la esperanza que un día, “ojalá que pronto hermano porque uno se pone viejo más rápido de lo que espera”, pueda acceder a un trabajo para desarrollar su vocación con dignidad. Porque en el volante habla de cualquier cosa, menos de lo suyo; por eso con nostalgia me recordó las experiencias aquéllas de levantar la información en el campo: ¿Musáceas o cítricos? ¿Vacuno o porcino?
Olvidó por completo que yo era, en aquella fiesta de felices ingenieros agrónomos, un advenedizo al que por piedad le habían buscado un lugarcito para ganarme los primeros centavos después del bachillerato, pero estaba ahí, en sus recuerdos, como uno más del grupo feliz que luego, agobiado por la necesidad de un trabajo estable y seguro que el ministerio no les garantizaba, se disolvió en pos de una vida mejor, dejando tras de sí una estela de nostalgias por las últimas alegrías juveniles que ya no vuelven.
El rojo del semáforo lo saca del recuerdo, y entonces el joven alegre se va, y vuelve el tipo al que ya no admiro, con aires de derrota, pero con fuerzas todavía para buscar la vida que tanto quiso, aquella del campo y la naturaleza, y no esa monótona y vulgar, sedentaria y vacía, de moverse a diario de aquí para allá, de allá para acá, entre la naturaleza metálica de la ciudad y los campos de asfalto.
“Cinco años en la universidad hermano —me dice— para estar en lo que estoy, pero vas a ver, pronto me resuelven de un pegue que apliqué por ahí”. Y cambia la luz del semáforo al verde y él vuelve a soñar con lo verde, con el campo, su vida que no fue.