Demasiado en juego en Venezuela

Alberto L. AlemÁn Aguirre El referendo venezolano de este domingo, el cual podría significar poner fin al mandato de Hugo Chávez o un formidable espaldarazo para él, es una riesgosa apuesta de serias consecuencias para Venezuela, Latinoamérica y para los negocios mundiales. Hugo Chávez se juega la continuación de su mandato, la consolidación de un […]

Alberto L. AlemÁn Aguirre

El referendo venezolano de este domingo, el cual podría significar poner fin al mandato de Hugo Chávez o un formidable espaldarazo para él, es una riesgosa apuesta de serias consecuencias para Venezuela, Latinoamérica y para los negocios mundiales.

Hugo Chávez se juega la continuación de su mandato, la consolidación de un poder que ha ido concentrando peligrosamente desde 1999 y su sobrevivencia política.

La oposición, dividida y carente de un líder incuestionable y carismático, tiene la gran oportunidad para sacar al detestado Presidente.

De fracasar y prevalecer el “No” sobre el “Sí”, es previsible que la Coordinadora Democrática correrá el peligro de fracturarse aún más. Podrían venir más derrotas en los futuros comicios regionales. De perder, el golpe político será demoledor, tras una larga lucha cívica no exenta de represión, una huelga que paralizó a la industria petrolera y el apoyo al fracasado golpe de abril del 2002.

Al estudiar el fenómeno Chávez, la mayoría de los analistas coincide en que más que un verdadero revolucionario, es más bien un caudillo populista autoritario, un amante del poder absoluto.

Se declara admirador ferviente y amigo del dictador cubano. ¿Simpatías sinceras? Quizás. Sin embargo, el poder ilimitado del que disfruta el líder comunista deber ser una tentación mil veces más atractiva comparada a su poder real en un sistema democrático.

Chávez, como buen líder izquierdista radical, se dice adversario del “imperialismo” de Estados Unidos. Usa el recurso barato de culparlo de todos los males del mundo y su retórica anti-Bush ya llega a lo vulgar —¿ejemplo cubano?—. Sin embargo, se ha cuidado muy bien de asegurarle a Washington que el flujo petrolero no se detendrá. Simple: el gran país del norte compra el 80 por ciento del crudo de Venezuela. Sin los malditos dólares “imperialistas” es imposible perseguir su utopía bolivariana.

La consulta supone cuestiones importantes para América Latina. Por un lado, un presidente, aunque elegido en comicios libres, no puede reducir libertades ni reprimir a sus opositores porque así lo quiera; la comunidad internacional está obligada a rechazar el retroceso democrático donde sea. Además, el hecho en sí de que el referendo revocatorio es una salida prevista en las leyes del país es muy positivo, aunque hay que reconocer que la fuerte presión internacional lo ha hecho posible en parte.

Y será fundamental que quien pierda respete el resultado. Será un signo clave de progreso en una Latinoamérica donde la democracia lucha por consolidarse.

Hay mucho en juego para Fidel Castro. Fuera de una estrecha relación personal, Venezuela suministra en condiciones muy favorables el petróleo y no existe otro gran productor dispuesto a hacerlo. Muchos cubanos temen, en caso de una derrota chavista, una crisis similar al corte de la ayuda de la Unión Soviética a principios de los noventa. Caracas es prácticamente el único verdadero aliado de La Habana en el continente. 17 mil médicos y maestros trabajan en Venezuela.

EE.UU. está inquieto por un brote de inestabilidad en la nación a la cual compra el 15 por ciento del petróleo que consume. Con la guerra en Irak, la lucha contra el terrorismo y una campaña electoral, George Bush no quiere más preocupaciones.

Con inestabilidad en el quinto productor mundial, el precio del crudo —el cual cerró ayer a 45.5 dólares en Nueva York— podría alcanzar nuevas cumbres.

Eso y más, se juega en Venezuela.

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