La joven de la imagen, camina de rodillas los últimos cien metros antes de llegar a la Iglesia de Santo Domingo.

Aumentaron promesantes

Estas vez llegaron más de 500 personas a martirizar su carne para pagar promesas a Santo Domingo Atribuyen a la crisis económica la gran demanda de milagros de los managuas José Adán Silva Casi a gatas, con las rodillas desolladas y las manos ampolladas, el hombre logra subir las tres gradas de la iglesia Santo […]

  • Estas vez llegaron más de 500 personas a martirizar su carne para pagar promesas a Santo Domingo
  • Atribuyen a la crisis económica la gran demanda de milagros de los managuas

José Adán Silva

Casi a gatas, con las rodillas desolladas y las manos ampolladas, el hombre logra subir las tres gradas de la iglesia Santo Domingo, atravesar los 40 metros de la sala del recinto y, casi por desfallecer, logra llegar con la ayuda de su mujer hasta el altar mayor, donde una señora lo recibe con una bendición y le obsequia un pedazo del tallo de una rosa.

Luego el hombre cae desmayado y un equipo de socorristas lo carga para darle atención médica. La mujer, Isabel Antonia Rodríguez, dice que su pareja, Mario Manuel Ortiz Pérez, “soportó con huevos” su primera promesa del año. La historia refleja la crisis económica que sacude a los sectores más pobres del país: la niña de dos años se les enfermó, ellos no tenían dinero para curarla y empeñaron la casa, luego a él lo corrieron y estuvieron a punto de perder su hogar a manos de un usurero. “Pero mi chaparrito (Santo Domingo de Guzmán) nos salvó y aquí estamos”, dice ella, conmovida por ver a su hombre tirado en una camilla.

Como ellos, cientos de creyentes más pagaron ayer sus promesas de diferentes formas: bailando en traje típico, cargando al santo, tocando música, marchando disfrazados de indios (con los cuerpos embadurnados completamente de aceite y grasa negra), regalando nacatamales, detonando pólvora y, lo más doloroso, marchando de rodillas los últimos cien metros antes de llegar a la iglesia.

Y la cantidad de este tipo de promesantes, que supera las 300 personas, ha ido aumentando en los últimos cinco años, según el señor Rodolfo Cajina, quien por más de 50 años ha sido miembro del Comité Parroquial de Las Sierritas.

“Siempre vienen miles de promesantes, normal como tres mil personas, pero en estos últimos años parece que la fe ha aumentado, porque fíjese usted que cada año vienen más de 100 personas nuevas de rodillas”, dice Cajina.

Al preguntarle a qué cree que se debe el aumento de promesantes, Cajina responde sin titubeos: “A la crisis, esta vida está horrible y la gente vive pidiendo milagros para vivir”.

Sólo este año, durante la subida y la bajada del santo, el comité piensa que entraron de rodillas más de 500 personas a pagar promesa.

Una niña de once años lloraba a orillas de la entrada de la iglesia. Vestía traje típico celeste y estaba descalza. “Siga mi niña, siga mi amor”, le decía doña Lucía Tapia, pero Vicki Canales Tapia, la niña que había caminado descalza todo el trayecto de la procesión, cerca de 10 kilómetros, no podía dar un paso más. La misma historia: en medio de la pobreza les llegó una enfermedad que necesitaba mucho dinero para curarse, y sólo encontraron respuesta después de elevar plegarias a Santo Domingo.

Gisela Rojas, casi muerta de cansancio, era sacada de la iglesia casi a rastras por su hermano. Había llegado avanzando de rodillas para pagarle al santo la promesa de haberles sacado de prisión a un familiar adolescente que un mal día quiso poner fin a la crisis económica de la familia, con un asalto contra una pulpería donde, hacía ya meses, no les fiaban comida por no tener con que pagarla.

SOCORRO

A unos metros del altar hasta donde logran llegar algunos, un equipo de socorristas —con sus datos— parecen confirmar la visión del comité: desde las tres de la tarde habían atendido a 115 personas que, después de llegar de rodillas, cayeron exhaustas, víctimas de la insolación, o simplemente les dolían tanto las heridas, que no podían ponerse de pie.

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