José Adán [email protected]
Me tocó, por desgracia, salir a la una de la tarde de la Universidad Centroamericana y tomar un taxi a las oficinas de LA PRENSA en carretera Norte. A esa hora es cuando más insoportable se pone este tropical pueblón lleno de rotondas y semáforos que algunos llamamos capital.
No tengo más opción que parar uno de esos vehículos de torretas amarillas y negociar la carrera. Por la prisa, el hambre, y la sofocación de ese sol que cae tan fuerte sobre la piel que hasta pica, le hice señas al primer taxi que vi y me tocó esta vez, tan mala suerte, un carrito coreano al que le fallaban las manecillas para subir y bajar los vidrios laterales de ambas puertas delanteras.
Empezó el infierno. El tipo iba como enloquecido, a alta velocidad, devorando lo más rápido posible el metro de pavimento o adoquín que se viese de frente, como si con ello quisiera salir para siempre del sol de pesadilla, de la presión de plomo hirviente que se sentía dentro y del bullicio desquiciante que afuera imperaba.
Pasamos por la pista Juan Pablo II y cerca del puente El Paraisito vi un enorme termómetro de números rojos que hace publicidad a una empresa de aires acondicionados; marcaba 39 grados centígrados.
Esa era la temperatura afuera y pensé incluso que estaba mucho más fresco allá que dentro de la carcacha en la que iba yo, pues aparte de ir encerrado, sin aire, en un envase metálico reducido y cercano a un motor en marcha, iba en vertiginosa carrera acompañado de un tipo que sin ninguna piedad me asfixiaba con el humo de su eterno cigarrillo Delta.
Deseé con tanta angustia un poco de aire frío que nunca salió de las tuberías de lo que algún día fue un sistema de aire acondicionado. Ni modo. Sudando, agradecí la agresividad del volante del taxista y me resigné a ver cómo devoraba las calles plomizas que a lo lejos se percibían ondulantes por el vapor emanado, como si se viesen desde la lente desenfocada de una cámara fotográfica.
—¿Amigo, y no ha pensado en componer las ventanas? Este calor me lleva loco, me atreví a decirle. No dijo nada, expulsó el humo de sus pulmones y al rato de un pitazo a un motorizado imprudente que se cruzó como rayo frente a sus narices, me respondió: “No, que lo componga su dueño, no joda”. No dije nada más.
“Hay gente que pide que le ponga aire, pero eso consume más gasolina y jode más la comprensión del motor, le resta velocidad. Yo les digo que si quieren carro con aire, que se monten en otro, a ver si agarran a un pendejo. La gente es jodida, no quiere pagar lo que vale la carrera y todavía se quejan”, me dijo con mal humor, viéndome de reojo por primera vez, en medio de aquella asfixiante nube de humo que se formó dentro de la estufa rodante y que sólo dejé de sentir una vez que, gracias al cielo, puse los pies en el suelo. Respiré profundo y me marché apresurado y apestoso a humo. No tenía aire ni para maldecirlo.