- Sesiones de entrenamiento son un espectáculo al que llegan
cientos de fanáticos
Eduardo Marenco Tercero
Jaqueline Orozco es una madre desempleada con cuatro hijos. Sabe muy poco de boxeo, pero adora ese deporte desde que Ricardo Mayorga entrena cada tarde en el Gimnasio Alexis Argüello. Mientras carga a su niño Ashley, de un año y medio, coge un trapo blanco y limpia las ventanillas del BMW convertible del ex campeón mundial de boxeo. Vigila que nadie se le acerque. Y lo contempla como a un tesoro. Bien lo vale las propinas de cien o doscientos córdobas.
“Yo cuido al más grandote”, explica, ya que decenas de automóviles se aparcan en la calle que da al gimnasio. La mayoría son de fanáticos y admiradoras de Ricardo Mayorga, quienes se desviven por verlo hacer estiramiento, saltar la cuerda, guantear con la ferocidad de un león o la rapidez de una ametralladora, hacer abdominales, golpear la pera loca y el saco, para después improvisar una conferencia de prensa sentado al borde del ring.
Son casi dos horas en las que le cantan sus canciones de rap, le lanzan flores, suena el reggaeton, lo vitorean ¡Vamos Ricky! ¡Lo vas a matar!, para que una vez finalizado el round de guanteo, él les choque las manos con su guante, les salude, juguetee con niños y ancianos, se bese el bíceps derecho, lo alce orgulloso y lo muestre a sus fans que lo ovacionan extasiados. Había allí desde niños fresas, deportistas, borrachines, hasta potenciales reinas de belleza.
El gimnasio, un horno a las dos de la tarde, se pone a lleno completo como no suele ocurrir en las veladas boxísticas de los jueves. A esa hora Rosendo Álvarez guantea, el público le observa, pero sin pasión. Cuando Mayorga empieza a cambiarse para ponerse su camisola celeste, su pantaloneta negra rotulada “Matador”, y sus botines Adidas, Rosendo Álvarez recién termina su sesión de entrenamiento, se despide de Mayorga y se va sin que el público se inmute.
Con Mayorga es distinto. Hay gente que ni duerme pensando en su próxima pelea el dos de octubre con el puertorriqueño ‘Tito’ Trinidad. Uno de ellos es Fernando Murillo, “Papucho”, el creador de los dos temas de rap dedicados a Mayorga: asegura que perdió su aguinaldo de cuatro mil córdobas el 13 de diciembre del año pasado, cuando Mayorga fue destronado por Cory Spinks. Su mujer casi lo mata. Pero una vez tuvo un sueño en el que ovacionaban a Mayorga y él cantaba. Entonces hizo dos canciones de rap para él. Le pidió audición, le gustaron, las grabó y ahora las canta en su honor en cada pachanga.
Una de las canciones, La pelea esperada, dice así: “Oye Trinidad/, te quiero ver de pie cuando te pegue en la quijada/, sólo tiro bombazos, yo no tiro cuajadas/, y se quedarán callados los que de mí tanto hablaban/…”
José Morales, que labora de chofer, está en las gradas con su sobrino Kevin, de seis años. A ambos les fascina el boxeo de Mayorga. “Es el único que puede derrotar a Tito”, dice con absoluta fe.
Alejandra Tijerino y Dameska Aguilar, son dos jovencitas que tampoco se pierden la sesión de entrenamiento de Mayorga, pues para ellas es una prueba de que sí es disciplinado y no un vago como lo pintan. “No es como creen, sólo bacanal y fiestas”, dicen.
Luego de dos horas de furor en el que las mujeres se han deleitado, los varones le han aplaudido, y los niños le han imitado, Mayorga brinda una conferencia de prensa sentado al borde del ring, en la que advierte una vez más: “A ‘Tito’ lo voy a matar”. Sus fanáticos juran que así será.
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