Alberto L. Alemán Aguirre
Las próximas elecciones presidenciales de Costa Rica son la crónica de una victoria anunciada.
Todas las encuestas publicadas en el último año dan como claro ganador al ex presidente Óscar Arias, Premio Nobel de la Paz y líder del Partido Liberación Nacional (PLN).
La última de ellas, cuyos resultados fueron divulgados hace una semana, muestra un 45 por ciento apoyo para Arias. Si creemos a los sondeos, ningún rival interno en Liberación o del gobernante Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), tiene la oportunidad de vencer al prestigioso ex estadista, autor del plan de paz que condujo al fin de las guerras civiles de la década de los ochenta.
Arias mismo ha hecho pública su intención de ser candidato.
Esa posibilidad se volvió real tras una larga lucha política del ex Presidente contra la prohibición constitucional de la reelección presidencial, la cual culminó con un fallo favorable de la Sala Constitucional o Sala IV, el máximo tribunal costarricense.
Indudablemente si las aspiraciones y planes de Arias están dentro de las leyes de su país, tienen legitimidad, pero su muy probable elección tendrá repercusiones en la región en estos tiempos de integración acelerada y globalización.
Son incuestionables los méritos de nuestro vecino del sur, como faro de paz, democracia, ausencia de guerras, espíritu cívico y refugio para los perseguidos políticos en una Centroamérica donde la norma habían sido los conflictos armados, los golpes de Estado, las dictaduras y la falta de libertad.
Innegables también son sus méritos en el desarrollo social. En más de 50 años de evolución pacífica, los costarricenses han hecho de su país uno de los Estados de mayor desarrollo humano en Latinoamérica.
No obstante, no todo es color de rosa al sur del río San Juan. Según indican los informes del Estado de la Nación elaborados por el capítulo local del PNUD, la ciudadanía tica se siente descontenta con varios aspectos del sistema político, resiente malos funcionamientos de algunas instituciones. La credibilidad de los políticos se ha visto mermada, así como la de los partidos tradicionales PLN y PUSC, vistos hoy más como simples máquinas electorales y para el logro de beneficios particulares.
Es un hecho conocido que el presidente Abel Pacheco consulta decisiones importantes con Arias, que se ha convertido en una especie de “súper asesor” y diputados de oposición no liberacionistas aseguran que el ex mandatario es un verdadero poder tras el trono.
Lo preocupante de una reelección de Arias, para el resto de Centroamérica es que será un ejemplo al que se referirán caudillos y políticos corruptos que aspiran a reelecciones y a perpetuarse en el poder.
No sería nada extraño oír a Arnoldo Alemán o a Daniel Ortega señalar a la figura del político tico para justificar sus propias pretensiones, o a José Efraín Ríos Montt inspirarse en Arias para intentar una vez más llegar a la Presidencia en los próximos comicios guatemaltecos.
Costa Rica, a pesar de lo que diga, es el país menos entusiasta con la integración, y el ejemplo más fresco es que la unión aduanera del istmo arrancará muy probablemente sin la activa participación de nuestros vecinos.
Ahora, una figura respetable y que ha traído tanto prestigio a su nación, servirá de punto de referencia a líderes tradicionales autoritarios que impiden la modernización de la política de Centroamérica. ¡Qué mal ejemplo don Óscar!