- Según el Gobierno, hace más de un quinquenio Nicaragua dejó de producir cerillos. Desde entonces el país destina entre 500 mil y 700 mil dólares anuales para importarlos del Centro y Sur de América, Estados Unidos y hasta de la India
Amparo Aguilera
Fabricar y comercializar un cerillo no venenoso provocó estudios a los científicos en el mundo durante dos siglos y medio. Sin embargo, Nicaragua para dejar de producirlos sólo requirió de dos a tres años.
Hoy por hoy, esto se traduce para el país en importaciones anuales que oscilan entre los 500 mil y 700 mil dólares, procedentes especialmente de Guatemala, Costa Rica y Honduras. Y en problemas adicionales como el contrabando en las fronteras, como la catracha.
Entre 1995 y 1996, la Fábrica Nacional de Fósforos y Cerillos S.A., también conocida como Momotombo, dedicada a una producción localista, cerró sus puertas por carecer de tecnología y aparentemente por problemas de manejo.
Pese a que a partir de 1993, año en que ya estaba materializado el proceso de privatización, los trabajadores y los descendientes de los antiguos dueños, a excepción de los ligados a Anastasio Somoza García, proyectaron utilidades hasta el 2003, cuantificadas en 2.4 millones de córdobas.
Desde entonces el Ministerio de Fomento, Industria y Comercio (Mific) declara que las importaciones del producto se “fortalecieron” en el territorio.
Al punto que en los últimos dos años, éstas fluctúan en cifras redondas, entre los 750 mil y 790 mil dólares, con nuevos proveedores como es el caso de Chile, Estados Unidos, Holanda y la India.
PRODUCIRLO NO INTERESA
Sin embargo Julio Terán, asesor en el Mific, comenta que para los próximos años este movimiento mantendrá su ritmo. Al menos, asegura, que esto no cambiará hasta que se instale en el país una fábrica de fósforos que fomente la demanda.
“Claro, esto requerirá de gran inversión (que no supo calcular) porque se estaría empezando de cero, además hay otros problemas: el mercado no es tan grande, es apenas de medio millón de dólares o un poco más; habría que ver si hay espacio y se tendría que ser competitivo con mercados como Costa Rica”, aclara.
En este sentido el Gobierno parece no estar interesado en impulsar la industria a como lo hace con las pequeñas y medianas empresas.
“Esto en todo caso tendrán que decidirlo los empresarios locales, porque nosotros lo que hacemos es establecer condiciones que favorezcan la inversión en la industria”, justificó Terán.
Pero esto, tampoco lo contempla el sector privado. Martín Vargas, vicepresidente del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep), dice que de momento no hay iniciativas ni conocen ninguna que apunte a la reactivación de este negocio.
“Nosotros sí vemos con buenos ojos cualquier negocio legítimo que ayude al desarrollo del país. Pero en el caso de los fósforos tendrían que ser los inversionistas (extranjeros) los que podrían decidir si habilitan su producción en Nicaragua una vez conociendo el mercado y por supuesto la rentabilidad. Pero nosotros este tema no lo hemos tocado”, apuntó Julio Terán.
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Palí, cadena que es parte de la Corporación de Supermercados Unidos, comercializa cerillos con su propia marca que vende a 0.58 córdobas cada uno.
Aunque Manuel Gamboa, coordinador de categoría comercial en esa cadena, menciona que ya los compran fabricados a Distribuidora Internacional S.A. vendiendo al mes 12 mil paquetes, cada uno de 10 unidades o cajitas.
Otros dueños de negocios, en cambio, como Leana Sequeira, propietaria del restaurante El Muelle, también maneja sus propios cerillos.
Éstos traen el número telefónico y la dirección de su local, y aparte de ser útiles para los fumadores, dice la propietaria que resultan de gran beneficio para los coleccionistas particulares, muchos de ellos turistas.
«Como todo negocio en el mundo, el mío tiene el servicio de brindarle a los clientes sus cerillos. Esto me ha funcionado porque deja un buen recuerdo de mi local, en cada visitante», menciona. Y para este fin dispone, en promedio, de 100 dólares al año, logrando con ello otorgar 48 cajitas por día.
MOMOTOMBO SE HIZO HUMO
Según el informe sobre la industria fosforera que maneja la Corporación Nacional de la Administración Pública (Cornap), en 1937 se estableció en Nicaragua la fábrica de cerillos Pedro Blandón y Compañía Limitada, conformada en parte, con capital de Anastasio Somoza García.
Esta empresa era la sucesora de Blandón Quintana y Compañía Limitada, de la que no tienen ficha de origen.
Según Deyanira Cordero, del departamento de asesoría legal de la Cornap, esta fábrica de producción local permaneció en el país hasta 1979.
En ese año aconteció el triunfo de la revolución popular sandinista, que trajo consigo un período confiscatorio. De forma que la participación accionaria, los bienes y derechos pasan a manos de la Corporación Industrial del Pueblo (Coip).
Ésta es una corporación que crea en los años ochenta el Gobierno de ese entonces, para administrar la parte industrial del país, según explica Cordero.
La Coip configura una sociedad y así surge la Fábrica Nacional de Fósforos y Cerillos S. A. que llega a ser administrada por trabajadores (donde incluso tienen participación ciudadanos con discapacidades visuales)», expone.
Esto se mantiene hasta 1990, pues con el cambio de Gobierno, ya en manos de Violeta Barrios de Chamorro, se originan acuerdos de concertación sociales y económicos. De forma que entre 1991 y 1992 la Coip devuelve las acciones a sus antiguos dueños, a excepción de los ligados a Somoza, y vende el 50 por ciento a los trabajadores en 350 mil dólares.
Estos últimos conforman la sociedad Inversiones de los Trabajadores de la Fosforera.
«Pero para entonces la industria iba en declive, porque inclusive no se les cobró a los accionistas las diferencias patrimoniales a favor del Estado porque estaba en una situación menor en comparación de cuando se había confiscado», rememora. De 1993 en adelante la empresa siguió en manos de 162 trabajadores y de sus viejos accionistas.
Ni el Gobierno, ni la empresa privada ni la Cornap dan razón de ninguno de ellos. Tampoco del estado financiero específico de la fábrica.
EL COSTO DE IMPORTARLO
A la fecha el Mific no sabe cuántos importadores o distribuidores de cerillos existen a nivel nacional. Sin embargo, extraoficialmente se conoció que hay al menos tres distribuidores fuertes: Café Soluble, Distribuidora América y Distribuidora Internacional S.A. (Diinsa), que comercializan marcas como Águila, de consumo bastante popular ratonero y Lucky.
A nivel nacional, se estima una comercialización que oscila entre los 6 mil y 8 mil cajones de fósforos. Es decir entre 6 y 8 millones de cajitas de fósforos mensuales.
El último distribuidor, por ejemplo, desde hace cinco años vende en el territorio, en promedio, entre mil cajones mensuales, con mil cajitas cada uno, a 900 córdobas.
De tal manera que cada cajita le cuesta al mayorista detallista alrededor de 0.47 córdobas. “Lo que nos deja una utilidad del 15 por ciento. Aunque el costo es alto (a costo de producción el producto ronda los 85 mil dólares)”, detalla José Vargas, gerente de ventas en Diinsa.
Sin embargo, menciona que cuando el precio es “bueno”, es decir cuando la diferencia con el precio del mercado popular, que es movido por el contrabando, es de apenas cinco córdobas, venden fácilmente entre cuatro mil y cinco mil cajones.
No obstante, si el precio refleja bastante diferencia, como ocurre actualmente donde hay una diferencia de 60 córdobas, las ventas no suben.
“En esto, como dije, nos afecta el contrabando, porque hay mucho fósforo en cantidades navegables, que entra desde Honduras ya sea que pasa aforado o en puntos ciegos, que viene más barato y con menos impuesto… y eso afecta (al libre mercado)”, expone.
Pero Manuel Mayorga, sub director técnico de la Dirección General de Servicios Aduaneros (DGA), dice que hasta la fecha no tienen información de que esto ocurra.
“Y tampoco, hemos agarrado in franganti ninguna mercancía ilegal de fósforos”, sostiene.
Sea como fuere, lo cierto es que este producto tiene un consumo básico, que en volumen resulta un negocio redondo para cualquier mortal.
Pero Vargas, de Diinsa, sugiere que antes de distribuirlo se tiene que asegurar cobertura y capital de trabajo. “Y además se debe estar claro que no tiene crecimiento”, sostiene.
Es decir que al igual que la sal, por mucho que se promocione, no sube ni baja. Aunque muestra sus picos, en Semana Santa y diciembre.