Pedro Rafael Gutiérrez Doña
Luego de hora y diez minutos de esperar el bus que me llevaría a Tipitapa, apareció sobre la Carretera Norte un bólido multicolor, como los confites semejantes al arco iris, rotulado con el nombre del dueño: Carlos Fernando; ventanas ahumadas, los parlantes de un equipo de sonido de sala atornillados al frente del chofer, y sintonizando a todo volumen una canción del Buki.
En las puertas delantera y trasera un par de cobradores regordetes anunciaban a voz en cuello: ¡Tipitapa! ¡Tipitapa! ¡La Modelo! ¡El Trapiche!, produciendo un sonido estereofónico al pasar el grito de atrás para adelante.
Seis sacos de alimento, dos hieleras, dos medios barriles de plástico, una imagen de Cristo bajo el asiento, dos canastos del Oriental y cuatro llantas de bicicleta me recibieron al montarme por la puerta trasera, la que se accionaba de forma “automática” a la hora que la halaba el moreno cobrador.
Seguí a mi destino y por momentos voló mi imaginación al sentirme en el Macondo de García Márquez, o en un cuento de Coronel Urtecho, dejando que el viento disipara el tórrido sudor sobre mi cara, provocado por el racimo de gente en la parte trasera del bus. Dos golpes en la carrocería del bus (¡ban!, ¡ban!), cual señal de “parada”, me hicieron volver a la cruda realidad del transporte público del país y enfocarme por completo al mejor pescado frito del mundo, el objetivo principal de esta travesía.