
Son tercos, empecinados por lo que quieren y caminan en busca de una sola idea, volver su sueño artístico, una realidad.
Cuando están sobre el escenario, se transforman y sacan a flote todo el arte que llevan por dentro. El público les aplaude, se escuchan los “bravoooo, bravo, otra, otra”, y allá a lo lejos la justificación de tanta algarabía… “Es bueno, ¡claro, si es el hijo de fulanito!”
Entonces, recuerdan la casi célebre frase: Hijo de tigre, sale rayado. Lo mismito que le pasó a Cristian Castro o a Quique cuando se atrevieron a salir a luz con sus propuestas musicales.
¿Qué fue lo primero que dijeron?, mirá si es que es hijo de Verónica o, tenía que ser hijo de Julio Iglesias.
Pues sí, aquí también les pasa lo mismo.
ENTRE TÍTERES, GUITARRA, FLAUTAS Y PERCUSIÓN
Camilo Cuéllar, es un joven músico bastante conocido en el ambiente universitario. Sobre todo entre aquéllos que alcanzan los 18 y los 20 años. Una que otra vez lo hemos visto trabajando con sus padres en los tablones de algún teatro, tras bambalinas maniobrando títeres o en los últimos años, realizando conciertos junto a otro chicos y en la agrupación Areito ejecutando congas, bongoes, flautas y ocarinas.
“Relaciono que los artistas de los ochenta me conocieron ahí —en los escenarios y las actividades de sus papás — , y como todos ellos no han cambiado mucho hasta ahora, casi todos me conocen y entonces me saludaban como el ‘hijo de Gonzalo’, ‘el de Guachipilín’ o ‘el hijo de Zoa”, relata Camilo, a quien no le molesta en los más mínimo que relacionen su trabajo con el legado de sus padres.
Incluso, reconoce que gracias a ellos él ha logrado aprender todo lo que sabe sobre música y arte, y aunque lo que Camilo está haciendo ahora —música — no tiene mucho que ver con la actividad teatral de sus padres, acepta que le recuerden la herencia de sus padres.
“La gente me dice que esto del arte ya me venía en la sangre o siempre relacionan que soy artista por mi papá. No me molestan los comentarios, más bien me parece que están identificando bien mi raíz, siento orgullo por mis papás y me siento agradado, aunque en realidad yo no realice la misma actividad, ellos son titiriteros y yo hago música”, agrega.
El legado Peñalba
¿Cuando escuchas este apellido, lo primero que se te viene a la mente son las palabras arte y pintura? Si es así estás en lo cierto. Y si alguien se te presenta con el nombre de “Rodrigo Peñalba”, la primera expresión que pronunciarías es, ‘aaah, ¿sos familia de aquel pintor famoso?’
A lo mejor no están seguros de la época en que se convirtió en una celebridad de las artes plásticas, pero sí estás seguro que los Peñalba han de ser uno solo.
“A veces se disfruta y a veces uno se aprovecha. Sólo decís el apellido y ya te relacionan. Otras veces harta. He estado metido en el ambiente literario y algunas personas ya saben que soy yo y lo del abuelo —para mí-—es como una anécdota”, explica Rodrigo Peñalba, de quien se podría decir que 80 por ciento de las veces no le agrada ese tipo de herencias.
Y con justa razón. La fama que carga de este personaje en realidad no tiene mucho o casi nada que ver con las actividades que realiza.
“No hice artes plásticas —comente entre risas— y por eso la relación con mi abuelo se queda como anécdota. No hay punto de comparación. Yo hago diseño gráfico, diseño de afiches, pero eso es como muy propio. Yo ni siquiera toqué brochas, sólo un mouse, teclados y manejo de software, son cosas que no tienen que ver con el arte plástico original”, recalca Peñalba.
“La fama del abuelo. Claro es la figura de Peñalba el pintor, pero cuando nací él ya estaba muerto, yo nunca supe realmente quién era él. Cuando voy a los actos, siempre hay personas que me platican, ‘ah! Él es el nieto de…” , pero con el tiempo uno aprende a controlarse y cuando preguntan, ¿vos sos el ….?, ni siquiera terminan la pregunta y les contesto con “sí” seco”.
La fama de los Mejía
Otros, por instinto buscan cómo ingresar en el ambiente artístico, por que lo único que ven a su alrededor es eso, arte y más arte.
La familia de los Mejía como popularmente se les conoce es un vivo ejemplo de esto. Desde el más cumiche hasta el más entradito en años han pasado por escenarios y galerías dando muestras de sus talentos musicales y plásticos. La tradición familiar se cumple tal como un círculo vicioso.
Carlos Luis, hijo de Carlos Mejía no es la excepción.
“Al principio comencé jugando y después probando con un grupo que se llamaba Ixmaná que lo formamos con unos primos y amigos, empecé a tocar y buscábamos conciertos todas las semanas. Hacíamos algunas mezclas y entonces otros grupos se empezaron a interesar por la marimba – que él toca- y así seguí tocando con otros grupos hasta ahora”, recuerda Carlos Luis.
Es evidente que este chico de 18 años ya es una eminencia. Sus rasgos parecidos al de su progenitor le ayudan a que lo reconozcan fácilmente como el hijo de Carluchin y el talento que tiene en sus manos al hacer resonar los bolillos sobre las teclas de la marimba, deja claro que es un arte familiar del que no todos gozamos.
Los Mejía, así les llaman, es típico ver a primos y hermanos, todos con el mismo apellido, juntos en una tarima dando sus espectáculos.
“Yo siempre he admirado a mi papá y a mis tíos. Siempre he escuchado la música de ellos. También con los primos, somos bastante unidos por la música. En los grupos siempre tocamos juntos y ha estado un hermano, o un primo. Siempre está otro familiar compartiendo escenario”, asegura.
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