Al mejor postor

Alberto L. AlemÁn Aguirre El respaldo de Nicaragua a la iniciativa japonesa de eliminar una moratoria sobre la caza comercial de las ballenas, no debería sorprender. El pretexto inicial que esgrimió el ministro de Industria, Fomento y Comercio (Mific) es bastante, digamos, controversial. Don Mario Arana explicó que, según le citó LA PRENSA el martes […]

Alberto L. AlemÁn Aguirre

El respaldo de Nicaragua a la iniciativa japonesa de eliminar una moratoria sobre la caza comercial de las ballenas, no debería sorprender.

El pretexto inicial que esgrimió el ministro de Industria, Fomento y Comercio (Mific) es bastante, digamos, controversial. Don Mario Arana explicó que, según le citó LA PRENSA el martes pasado: “Hay un problema de sobrepoblación de ballenas que en muchas zonas del mundo están acabando con el recurso pesquero. Es decir, están afectando la sobrevivencia de la pesca”.

El argumento es prestado de Japón, nuestro gran cooperante. El Gobierno nipón alega que las ballenas están consumiendo 500 millones de toneladas de otras especies marinas, “cinco veces más” que lo consume la industria pesquera.

Sin embargo, la existencia de numerosas especies está en peligro no por el voraz apetito de las ballenas, sino más bien por la actividad irresponsable del hombre, por el vertido de sustancias tóxicas al mar, la destrucción de recursos y hábitats. Un ejemplo de lo pernicioso del actuar irresponsable del hombre es la muerte de grandes áreas de corales –y de sus complejos ecosistemas– debido a temperaturas más elevadas del agua, un resultado directo del calentamiento global. Otro ejemplo es la muerte en masa de especies cuando ocurren derrames de petróleo. ¿Es la culpa de las ballenas glotonas?

La preservación de los cetáceos es una causa noble y justa. Varios tipos de estos gigantes están en peligro de desaparecer por la explotación indiscriminada en el siglo XX. Preservar el equilibrio ecológico del planeta es un asunto de la propia subsistencia humana.

Para ser justos, deberá decirse que ciertos motivos económicos –como el turismo–, y no solamente el deseo de preservación, alientan las posturas de los países que defienden la moratoria de caza vigente desde 1986 en la Comisión Ballenera Internacional (CBI).

Las razones de Japón, o mejor dicho, sus motivos económicos son contundentes y merecen al menos comprensión, aunque no justificación para los ecologistas. Si Japón cazara unas 3,000 ballenas minke anualmente, esto traería ganancias básicas de cuando menos 300 millones de dólares –según la agencia Reuters. A pesar de la moratoria, unos 1,400 cetáceos son cazados al año so pretexto de investigaciones científicas. Por otro lado, el consumo de carne de ballena es una vieja costumbre en las islas japonesas.

El sitio web del organismo ecologista Greenpeace contradice. Afirma que “no hay bases científicas” para sostener que los cetáceos amenazan los bancos mundiales de peces y que la carne de ballena es hoy un alimento de lujo en Japón.

Votando con Japón, Noruega e Islandia –naciones ricas con serios intereses en la caza–, Nicaragua se sumó a una curiosa alianza mayormente compuesta por países tercermundistas y altamente dependientes de ayuda externa, del Caribe, África, entre otros.

Aunque Tokio y estos pequeños, pobres países niegan que exista una “compra” de votos, todos ellos son recipientes de ayuda japonesa. ¡Qué coincidencia!

No obstante, el Gobierno de Nicaragua se sinceró, y una funcionaria menor del Mific admitió que apoyamos a Japón a cambio de su cooperación. Descarnado pragmatismo.

Admitámoslo: somos pobres, subdesarrollados y sin la ayuda externa, este país sería tal vez una segunda Somalia. Ya ni siquiera reflexionamos sobre si una causa es moral o no, justa o no. Solamente nos queda ofrecernos al mejor postor y decir humildemente “chi cheñol”.

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