- “Si para uno fue difícil como joven, para la familia fue peor, imagináte vos que mi gente tuvo que sufrir por la suerte mía y de mis hermanos que prestamos el servicio militar”
Mirna Velásquez Sevilla, JohnnyCajina y José Adán Silva
En el retrato de colores ya pálidos del carné de desmovilizado se ve a un joven de semblante adusto, casi pétreo. Ahora, 14 años después de aquella foto, el rostro ya no es tan joven. Ésa fue, quizá una de las últimas fotos tomadas para emitir un carné de desmovilizado en marzo de 1990, cuando ya la guerra había acabado, el gobierno sandinista perdido el poder y la familia nicaragüense estaba imbuida en el duro proceso de reconciliación, tras 10 años de una sangrienta guerra civil.
Bladimir Amador ya no tenia mas opción y, tras dos años huyendo del servicio militar tuvo que asistir a la última cita con la guerra. Había trabajado desde casi niño en LA PRENSA y formado ahí una feroz resistencia de opositor a la revolución, porque odiaba la guerra y a sus dirigentes, y en parte, eso le provocaba temor de que una vez en el Ejército fuera considerado traidor y algo le pasara en el campo de batalla.
Pero nada de eso ocurrió cuando en 1988 fue reclutado y enviado a entrenarse a la base militar de la Fuerza Aérea, donde los muchachos recibían instrucciones militares y luego eran seleccionados para ir a los escenarios de guerra o prestar servicio en las bases militares. Tras tres meses de entrenamiento, se quedó en el Batallón de Comunicaciones, unidad 5009.
Ahí, después de los ejercicios matinales, en formación, oía diatribas diarias contra los opositores, a quienes los políticos del batallón califican de traidores a quienes había que eliminar
Así define Bladimir su paso por la revolución. “Fueron años difíciles. Si para uno fue difícil como joven, para la familia fue peor, imagináte vos que mi gente tuvo que sufrir por la suerte mía y la de dos hermanos más que prestamos el servicio militar”, cuenta este desmovilizado, quien reconoce que aún con sus ideas de oposición, la guerra lo acercó a esa camarería tierna de los jóvenes que saben que en cualquier momento pueden morir.
Todo terminó para él en marzo de 1990, cuando el FSLN perdió las elecciones. Él no quiso moverse de su unidad sin que antes no le entregaran el carné, y mientras esperaba una firma, las covachas iban quedando más vacías, sin las risas juveniles de quienes estuvieron ahí en los peores tiempos de la guerra.