- “Yo sabía que algún día iba a terminar la guerra, pero ¿quién sabe cuándo termina el dolor de madre por la muerte de sus hijos?”
Mirna Velásquez Sevilla, JohnnyCajina y José Adán Silva
“Me voy madre”, le dijo él y se despidió con un beso en la frente. Lo miró perderse en la oscuridad de la noche y supo desde entonces que nunca más lo volvería a ver. Para su dolor, y su desgracia, no sólo nunca lo volvió a ver, sino que tampoco supo dónde quedó su cadáver.
Doña Martha Mayorga Torres recuerda así la despedida de su primer hijo, Álvaro José Jarquín, un capitalino que huyendo de la represión sandinista terminó enlistado en el ejército de la Resistencia Nicaragüense bajo el alias de comandante “Griego”. Tras él, pocos meses más tarde, se fue su hermano José Ángel, cobijado bajo el seudónimo de “Sereno”.
El primero murió en Ocotal en 1982, durante una operación del Ejército Popular Sandinista. El otro murió en Los Arcos, de San Juan de Río Coco, Nueva Segovia, en 1984, en una emboscada de uno de los Batallones de Lucha Irregular (BLI)
A “Griego” nunca lo encontraron y a “Sereno” lo desenterraron de las montañas para darle cristiana sepultura al final de la guerra, cuando doña Martha Mayorga regresó de su exilio en Guatemala.
DOLOR SIN BANDERAS POLÍTICAS
Ella, una enfermera jubilada que sobrevive con una pensión de miseria, vive ahora en una pobreza atroz en un asentamiento marginal del barrio 2 de agosto, allá por la pista del Mayoreo. Para ella la Revolución fue un episodio trágico que nunca desearía que le pasáse a nadie. “Soy cristiana de corazón, y como tal perdono a los que nos lanzaron a la guerra, y no odio a ninguna de las madres de caídos de otros bandos, porque el dolor de una madre por la muerte de sus hijos no conoce banderas políticas”.
“He perdonado por tanto dolor, vieras qué duele saber que te han matado a un hijo, que no lo volverás a ver y que ni siquiera sabés qué hicieron su cuerpo. Eso nunca se olvida, pero yo no odio, no puedo hacerlo. Hubo mucha sangre y mucho dolor en esos años, muchas madres como yo sufrieron esa guerra, no es justo odiarlas, ni irrespetar la memoria de sus hijos caídos, todos, de un lado y del otro, merecen respeto y amor porque hicieron la guerra por ideas, porque creían en algo o los mandaban obligados, son otros a los que no se debe olvidar jamás por el dolor que han provocado”, dice ella, serena como el sinónimo de su hijo aquél que hace 20 años perdió la vida en una montaña al norte de Nicaragua.