José Adán Silva
Roman, Times, serif»>¡Hey taxi!
La condena de Galileo
José Adán Silva
En mis recuerdos no lo tengo archivado con agrado. Cada vez más grises, las imágenes que guardo de él en el apartado histórico de mi memoria de aquellos dulces años de secundaria, eran las de un viejo gruñón dispuesto siempre a regañarnos y hacernos la vida imposible con sus incompresibles explicaciones sobre Física: “Se denomina aceleración angular media al cociente entre el cambio de velocidad angular y el intervalo de tiempo que tarda en efectuar dicho cambio”.
Pensábamos nosotros en la fiesta del viernes y él, aguafiestas, prepárense que el lunes hay “prueba sistemática” y recuerden que se define movimiento circular como aquel cuya trayectoria es una circunferencia”.
Era demasiado odioso aquello para mi pensamiento adolescente ¿Para qué diantres me iba a servir descubrir que la aceleración angular en un instante, se obtiene calculando la aceleración angular media en un intervalo de tiempo que tiende a cero? Todavía no tengo respuestas.
La ultima vez que lo vi frente a una pizarra de pintura verde y tiza blanca, fue en 1992 cuando ya no recibí más clases con él en las aulas del destartalado edificio del Instituto Elvis Díaz Romero, donde lo mal conocí en 1990.
Era un físico puro, de esos salidos de las universidades estatales dispuestos a partirse el alma en las atestadas y ruinosas aulas de los institutos públicos de secundaria. Un físico de aquellos sencillos y complicados a la vez que repetía incansable, como si de un familiar suyo de alcurnia y esplendoroso pasado se tratara, que Galileo Galilei había sido el primero en emplear un telescopio para estudiar las estrellas: descubridor de las primeras lunas en un cuerpo extraterrestre y partidario divulgador de la teoría heliocéntrica de Copérnico, ante lo cual la Iglesia Catolica declaró heréticas sus enseñanzas (tales como que la Tierra se movía) y le condenó a un arresto domiciliario hasta su muerte y a una condena moral de 350 años, que terminó en 1992 cuando el Vaticano pidió perdón por sus errores del pasado.
No lo reconocí al principio cuando lo aborde allá por Campo Bruce. Luego vi su nombre en el documento de identificación del taxi, que ellos pegan en el vidrio frente al asiento del pasajero: Leonel Ríos, cédula tal, cooperativa tal.
Miré su cédula y supe entonces, que para aquel entonces no era tan viejo como lo mirábamos y que hoy a sus 44 años, no parece tan golpeado por el paso de Cronos.
Su historia es sencilla: un día llego la nueva era de las políticas neoliberales y decidieron “autonomizar” el instituto. Eso implicó una barrida de maestros y una política laboral en la que los profesores fueron obligados a renunciar o casi morirse de hambre con salarios de profesores horarios.
“La Física es libre, dinámica, maravillosa, increíble, pero no me iba a dar de comer si me quedaba viviendo de ella”, dice ahora, ya alejado para siempre de las aulas, mientras cruza a una velocidad determinada en su taxi, moviéndose de X a Y en busca de pasajeros, calculando el costo de la energía que gasta su unidad mecánica al acelerar, al desplazarse de un punto a otro en busca de la vida en las calles de Managua.