Moisés Martínez
Un grito de horror hirió la tranquilidad de la noche en el improvisado refugio La Isla, para los damnificados del cerro Musún. Para la psicóloga Josefina Murillo, no era un hecho aislado. Otro niño soñó que la tierra se lo tragaba, igual a como se tragó su casa, la huerta y a su familia.
Un campesino se encuentra sentado en una piedra del albergue. La mayoría de refugiados están jugando en el patio o ayudando en las labores domésticas. Sin embargo, este duro campesino, acostumbrado a enfrentar la rudimentaria vida del campo, no presta atención a lo que pasa a su alrededor.
La doctora Murillo se le acerca. Le habla, y éste no le responde. Las pupilas están fijas en la nada, perdidas. Murillo no se sorprende, está acostumbrada a ver esto. En el lenguaje común de los psicólogos, este estado tiene un nombre totalmente alejado de los problemas de la mente: “Flasheo”.
“No es grave. Sólo hay que sacudirlo un poco y hacerlo volver a la realidad, es que se ponen como perdidos, como que están en otro mundo”, comenta la especialista.
Las grietas que dejaron los deslaves Musún tienen su contraparte en las mentes de los campesinos de la zona. Así como las del cerro, son anchas y profundas, llegando incluso hasta el alma.
Pesadillas, insomnio, ideas suicidas, flasheo. Éste es el resumen de los cuadros clínicos que encontró la doctora Murillo cuando acudió voluntariamente, el primero de julio pasado, pocos días después del deslave, a ofrecer ayuda psicológica a los afectados por el último gran desastre natural que ha enlutado a Nicaragua.
EN EL LIMBO
La vasta experiencia de Murillo, en atención a víctimas de los últimos desastres en el país, a través de su organización denominada Grupo Profesional de Apoyo Emocional, no impidió que se conmoviera ante el limbo emocional y humano en que se encuentran los afectados del Musún.
“Son personas que han perdido, cosas tal vez de lo más sencillas, pero que para ellos son de gran importancia. Ya sabés: su milpita, el chanchito, su casita de paja o madera, todo se les fue, y peor aún aquella gente que perdió seres queridos en el deslave”, dijo la doctora.
Con apoyo logístico de la Defensa Civil y el Ministerio de Salud, el grupo de apoyo de Murillo, integrado por tres profesoras de primaria y tres estudiantes de secundaria, atendió a 841 personas, en su mayoría mujeres y niños, damnificados por los deslaves.
DIBUJOS DE DOLOR
“Lo que hicimos fue que la gente poco fuera sacando todo el dolor de la tragedia, por medio de juegos, terapias de grupo, atención individual, ejercicios corporales y dibujos libres”, comenta la especialista.
Una hoja gris con trazos que a simple vista no tienen sentido, revela, al verla con mayor atención, lo más cercano a una fotografía mental de la forma en que la tragedia entró en la vida de los campesinos.
Los trazos, erróneos e irregulares, muestran a niños agarrados de los brazos de sus madres, soles radiantes y plantitas, y a la par figuras que muestran la tragedia: el deslave y los muertos.