Infortunio de placas rojas

José Adán [email protected] A las 12:00 del mediodía, del pasado 17 de junio, llegó al Hospital Alemán Nicaragüense la niña María Magdalena Juárez. 11 años, tez blanca, en estado inconsciente y abollada por doquier. Había salido del colegio República de Argentina e intentaba cruzar la vía cuando un bólido blanquecino la lanzó al aire. Cuando […]

José Adán [email protected]

A las 12:00 del mediodía, del pasado 17 de junio, llegó al Hospital Alemán Nicaragüense la niña María Magdalena Juárez. 11 años, tez blanca, en estado inconsciente y abollada por doquier.

Había salido del colegio República de Argentina e intentaba cruzar la vía cuando un bólido blanquecino la lanzó al aire. Cuando despertó, llena de dolor, supo que un taxista la había arrollado. El tipo, luego del golpe la recogió, la montó al vehículo y trasladó al hospital donde dejó abandonado el vehículo placas T-13317. Por supuesto, no llegó lejos en su fuga porque dentro del auto dejó sus documentos y un papel que decía: en caso de emergencia llamé al número tal o reporte a la dirección tal. Su olvido lo tiene tras las rejas.

MALA RACHA

El taxi tenía un problema: las manecillas de las puertas estaban mal y presentaban dificultades para abrir. Así que la tarde del 18 de junio decidió llevarlo al taller mecánico de David Meter Vado, en el Barrio Ducualí, al oriente de Managua. Lo estacionó a la sombra del viejo malinche y él se perdió tras el portón metálico debajo del cual surgía una eterna corriente de aceite negro y aguas sucias.

No había transcurrido ni un minuto cuando el viejo malinche, el mismo que en los últimos 40 años resistió guerras, sequías, huracanes y tragedias, se desplomó con un rugido de animal herido y cayó, con sus raíces al aire y sus ramas verdes, sobre el taxi que quedó aplastado. Entre el ramaje y la escena de vidrios rotos, apenas había un espacio donde se leía: placa T 20340, la identificación del taxi que pocos meses atrás había salido fiado de una casa comercial de autos de segunda.

EN PAZ DESCANSA

Estacionó el taxi a orillas de la Carretera Norte, en las inmediaciones de la Aduana Sandino, frente a la entrada del Matadero Nuevo Carnic. Con 49 años encima, el taxista Pablo Antonio Calero, de 49 años, decidió que seguir manejando bajo aquel sol de infierno era un suicidio y por eso estacionó para descansar. Lo acababa de hacer cuando un camión cisterna lleno de combustible lo golpeó en la parte trasera. La colisión fue brutal y producto de la misma, el taxi tomó fuego.

Pablo Antonio Calero resultó con el 45 por ciento de su cuerpo quemado. Aún con vida fue trasladado al Hospital Escuela Lenín Fonseca. Su taxi placas T 0757 quedó destruido y él, con la cara, el cuello y la espalda quemada, terminó de descansar. Allá murió.

DESPEDIDA DE DIOS

La noche del 5 de abril, la Policía encontró un taxi placas T 3947, volcado a orillas de la carretera a Masaya. Había mucha sangre y un hombre muerto. Un accidente más, pensaron y llamaron a los peritos. Sorpresa. No murió del accidente, sino de puñaladas. Dos hombres intentaron asaltarlo, lo apuñalaron en la espalda y el cuello y luego huyeron. El taxista Manuel de Jesús Membreño, miembro de la cooperativa Julio Torres, de Masaya, intentó llegar con vida a un hospital. No pudo. Se estrelló contra un muro. El golpe fue brutal y el cuerpo ensangrentado del taxista, quien aún llevaba puesto su cinturón de seguridad, quedó con el rostro destrozado sobre el borde de la puerta. En su mano yacía una Biblia pequeña.

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