- José Iván Ochoa Blandino se destacó bajo intensas lluvias y entre los fangales salvando vidas
Luis Eduardo Martínez M.
Hace siete años, José Iván Ochoa Blandino era un adolescente que ansiaba conocer el territorio nicaragüense. Él vivía en la ciudad de Matagalpa y tenía la idea de que conociendo su Patria podría defenderla mejor.
Por eso, cuando sólo tenía 17 años decidió enlistarse en el Ejército de Nicaragua porque “me fui criando con ese ambiente y yo decía que la vida del Ejército era feliz porque andaba conociendo zonas que uno no conoce, pero cuando me metí al Ejército vine mejorando mis sentimientos y a esta edad que tengo, 24 años, ya voy con otro desarrollo de ideas”.
De hablar pausado y con el acento característico del campesino matagalpino, el soldado Ochoa dice que “el Ejército no sólo es para la guerra. Ya ve donde estamos, ayudando a la gente”, afirma.
Y es que este soldado es uno de los 130 efectivos militares que están en la zona de desastres del Musún, en Río Blanco, donde participó en el rescate de decenas de campesinos afectados por los deslaves del 25 de junio recién pasado.
Pertenece a una tropa de 18 efectivos de infantería, de los que el Ejército dispone ante cualquier tipo de eventualidades, incluyendo las bélicas y las de salvamento y rescate.
El teniente Léster Alexander Moncada Sánchez, jefe de Ochoa, confirma que “somos los primeros que levantan para cualquier tipo de misión”.
SORTEANDO LOS FANGALES
Esa tropa penetró a la zona de desastres por el sector de La Patriota, en Matiguás, hasta que pudieron llegar a Palán, al norte del Musún, donde la única forma de acceso era caminando entre las enormes montañas. Tras dos días de caminata, la tropa rescató a cuatro niñas que estaban heridas y, en hamacas que sirvieron de camilla lograron llevarlas hasta el puesto de salud en el casco urbano de Río Blanco.
La misión no había terminado. La tropa liderada por Moncada regresó a las comarcas de Caño Negro, Palán, La Isla, entre otras que habían sido devastadas por los deslaves. Llevaron a decenas de campesinos hacia lugares seguros. Los soldados seguían caminando bajo intensas lluvias y entre los fangales provocados por las mismas. El teniente reconoce que Ochoa se destacó en todos los movimientos de la tropa.
El soldado Ochoa y sus compañeros de tropa caminaron por siete días consecutivos. Por eso las botas se les dañaron y la mayoría tienen los pies llagados.
Ochoa reconoce que no conocía la zona y que eso representó algunas dificultades porque “allí íbamos, caminando, a paso de tortuga, pero por suerte pudimos llegar a ayudar a la gente”.
“Si no hubiera estado en el Ejército no hubiera podido ayudar. Hoy me siento más feliz, estoy trabajando en la institución que me ha enseñado y sigo adelante. Todavía nos falta. Estoy consciente de que hay que seguir ayudando a estos hermanos que nos necesitan. Tengo unas pequeñas llaguitas, pero usted sabe que para el ‘guardia’ no hay dificultades y si hay que ir a patrullar a esos cerros yo me meto porque sé que vamos a seguir ayudando”, dice el soldado Ochoa con alto espíritu de humanismo y servicio.