Pérdida de confianza

José Adán Silva A Hazel la excesiva confianza del taxista para con ella no le costó caro. No sabe por qué y cómo él la trató bien. Ella empezó diciendo que le gustaba su carro, que le recordaba al de un tío que ella tomaba a escondidas en Chinandega, para recorrer con la complicidad de […]

José Adán Silva

A Hazel la excesiva confianza del taxista para con ella no le costó caro. No sabe por qué y cómo él la trató bien. Ella empezó diciendo que le gustaba su carro, que le recordaba al de un tío que ella tomaba a escondidas en Chinandega, para recorrer con la complicidad de su tía, unas cuantas calles de ese departamento.

Recuerda ella que él sonrió, detuvo el carro, y le dijo: “Para que recordés a tu tío”. Hazel no lo podía creer y sin más, se sentó al timón y inició a manejar por las apacibles calles de Las Colinas en una fresca tarde de invierno.

Antes de salir a carretera Masaya él dijo que le entregara el control del auto y ella obedeció. La muchacha y el taxero ahora casi no se ven pero siempre se escriben por medio de los mensajes de texto de los celulares.

“Somos amigos de lejito”, dice ella sonriendo.

A Claudia la confianza excesiva que le mostró su ocasional taxista, no le costó tan barato como a Hazel. El mismo cuento: él amable, complaciente, agradable. ¿Quiere aire acondicionado? Aquí tiene. ¿Le gusta este disco? Ya se lo pongo. ¿Le gusta la velocidad o más lento? Usted manda señorita. Y así, hasta que él le preguntó si quería conducirlo.

Ella, un poco desconfiada al inicio, que no, no sabía conducir. Y él, sonrisa de modelo, que no te preocupes, yo te enseño.

Hubo algo en aquella mirada de ojos café, que a ella le inspiró confianza. Aceptó. Entonces él dijo que Linda Vista es muy peligroso porque hay mucho tráfico, mejor te llevo a un lugar de poca circulación de vehículos. Claro, señor, con gusto dijo ella y él, que no me llamés señor amor, decime Víctor. OK Víctor.

Ella regresaba sin éxito de buscar un trabajo en una tienda de Linda Vista, y se dirigía a casa de su tía, en el barrio Los Laureles. Atrás dejó la prisa por llegar a casa a buscar como preparar la cena.

No tardamos le dijo él, en media hora aprendes aunque sea a encenderlo y meter primera, yo te enseño todo lo que vos querrás le dijo él, ya la sonrisa no tan amable y sus ojos ya bailando sobre sus pechos, sobre las piernas de ella. Entonces sintió el miedo entrar a raudales por las ventanas abiertas del auto y pidió, como quien no quiere ofender, que ya recordó que tiene que hacer unos mandados, que por favor dejame aquí.

Y él, ya no tan complaciente, acelerando, buscando raudo la oscurana del Malecón de Managua, sin ceder en las peticiones angustiosas de ella.

Ya en el sitio, oscuro y solitario, él habló. Ajá, con que querés aprender, ya te voy a enseñar algo mejor que una palanca de cambios y el rostro cada vez más maligno acercándose a su rostro.

No supo cuándo, ni cómo, cruzó el rostro del atrevido con una sonora bofetada, ni cómo se quitó el cinturón y abrió la puerta para huir pegando gritos hasta el Teatro Rubén Darío, donde un somnoliento guardia de seguridad le dio albergue temporal mientras ella esperaba que el terror cediera espacio a la tranquilidad y así, ya calmada, regresar a la casa con la confianza destrozada y la sangre agitada.

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