Managua

Pedro Rafael Gutiérrez Doña Algunos de los que nacimos a inicios de la década de los años sesenta apenas recordamos cómo era la vieja Managua. Tengo sólo vagos recuerdos de la avenida Roosevelt, el Instituto Pedagógico, el Parque Central con las cuatro tortugas y un lagarto en su pileta, el Gran Hotel, la cafetería La […]

Pedro Rafael Gutiérrez Doña

Algunos de los que nacimos a inicios de la década de los años sesenta apenas recordamos cómo era la vieja Managua. Tengo sólo vagos recuerdos de la avenida Roosevelt, el Instituto Pedagógico, el Parque Central con las cuatro tortugas y un lagarto en su pileta, el Gran Hotel, la cafetería La India, lugar donde fui contagiado de la plaga de artistas e intelectuales de aquellos tiempos y, uno que otro lugar que conservo en la memoria y me parece haberlos vivido como en un sueño.

El terremoto de 1972 nos cortó a los managuas la posibilidad de disfrutar al máximo de una auténtica ciudad. De tal manera que crecimos bajo la sombra y sobre los escombros de una ciudad destruida, con un crecimiento desordenado y abandonada por los gobiernos de turno.

Después de más de treinta años, el arquitecto Alfredo Osorio Peters presentó un proyecto de nueva Managua, que incluiría un complejo de edificios gubernamentales. No dudo que dicho proyecto será cuestionado por los de siempre, los que en vez de mirar al futuro han mantenido a Managua en el pantano de su miopía, incapaces de ver, como dice el señor Osorio Peters, “al chavalo con un bollo de pan bajo el brazo…”

Pero lejos de que este proyecto llegue a ser un hecho y que haya o no recursos para construirlo, nos trae a todos los ciudadanos de Managua la potestad de volver a serlo, acompañados de esa facultad sana que es característica del ser humano, que es la de soñar. Lo que no cuesta nada y más bien nos abre la puerta a la ilusión de que algún día no muy lejano podríamos tener una nueva Managua.

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