José Adán Silva
Roman, Times, serif»>¡Hey, taxi!
La fe metálica
José Adán Silva
A Pedro S.H., lo conozco desde que éramos niños. Estuvimos juntos en una escuela primaria en los años ochenta, aunque nunca jugamos juntos. Lo perdí de vista en mi adolescencia cuando ya me metí de lleno a los estudios de secundaria y él, según supe años después, se desvió un poco en la onda festiva de la adolescencia y la violencia que se practica en las barriadas.
Hace poco lo volví a ver al subirme a un taxi. Al momento no lo reconocí, pero él si lo hizo y me habló. Hablamos poco, pero lo suficiente como para hacerme comprender que vive la vida con una lógica de defensa común de los barrios pobres: si no te defendés, te acaban.
No confía en la Policía y su mejor defensa, dice, es una pistola que lo ha salvado varias veces de asaltos y agresiones.
La última vez fue una noche del verano pasado, cuando dos tipos sospechosos se le subieron. Primero uno, allá por el Hospital Manolo Morales, que iba al Gancho de Caminos; bien, 20 córdobas la carrera. Una vez dentro, el tipo jovencito sacó un celular y llamó: “Ya voy para la casa, amor, voy en un taxi plomo”.
A las pocas cuadras, frente la Estación Cinco de Policía, otro le hizo la parada, miró hacia adentro, y se montó. Dio la dirección: frente a Galería Siman, a orillas del peligroso barrio Dimitrov. No preguntó ni por el precio de la carrera, ni si el ve-hículo iba por ese rumbo y se sentó justo detrás del conductor. También era muy joven y Pedro, criado en las calles con la desconfianza como escudo y los puños como armas, vio con recelo que su primer pasajero se quitara el cinturón de seguridad en cuanto el otro subió.
—¿No te molesta que lo lleve? Preguntó a su primer pasajero. “No hay falla, llevá primero al broder”, dijo éste. Pedro pensó rápido: el mensaje por celular no era para su “amor”, sino para su compinche y el hecho de parar un taxi frente a la Estación de Policía era para no levantar sospecha. ¡Son ladrones!
Buscó bajo su asiento la pistola con la mano izquierda. Se quitó el cinturón de seguridad y, por el espejo retrovisor, miró a su nuevo usuario sentado detrás de él.
“Bajate”, le ordenó al que iba detrás suyo. “¡Ideay! ¿Por qué?”, preguntó sorprendido el joven. No voy por ese lado, así que bajate, insistió Pedro. “Pero si te voy a pagar la carrera, no seas balurde, andá dejame”, dijo el usuario del asiento trasero y el que iba adelante, le insistió “por mí no hay falla, andá dejá al broder”.
Entonces él no pudo resistirse y de un rápido movimiento, salió del auto, apuntó su arma al que iba detrás, y le ordenó salir: “O te meto un plomo en la frente”. El joven, nervioso, salió huyendo y el otro, también. En el asiento trasero, quedó una bolsa con un mecate y una jeringa llena de gasolina. Adelante, un celular y una bolsa plástica color negro y varias mudadas de ropa vieja entre las que venía una bayoneta. “La fe me salvó”, dice, y palpa, bajo su asiento, la estructura metálica de su “fe”.