A orillas de la avenida, en una acera del reparto residencial Los Robles, esta familia de extracción campesina ha establecido su hogar en una carreta de madera.

En la miseria y el olvido

En la acera de una céntrica avenida de Managua, a orillas del principal centro comercial de la capital, una humilde mujer campesina y su prole de seis infantes, sobreviven viviendo en una carreta de madera y comiendo de lo que encuentran en los botes de basura José Adán Silva No hay en esta historia un […]

  • En la acera de una céntrica avenida de Managua, a orillas del principal centro comercial de la capital, una humilde mujer campesina y su prole de seis infantes, sobreviven viviendo en una carreta de madera y comiendo de lo que encuentran en los botes de basura

José Adán Silva

No hay en esta historia un “padre desnaturalizado” a quién echarle la culpa, porque el pobre hombre murió a machetazos hace pocos años, cuando intentaba ganarse la vida para darle de comer a esta familia que desde hace cinco meses vive en una carreta de madera parqueada en un andén de un céntrico reparto residencial de Managua.

Al costado norte del edificio del centro BAC, sobre el andén que separa la gasolinera Shell del reparto Los Robles, está la carreta. Madera rústica, plásticos viejos, periódicos amarillentos y pedazos de mantas arrebujadas sobre la tina de tablones sucios y, a un lado, la señora de tez morena y rostro golpeado por la inclemencia del sol, baña con un balde de agua a tres niñas y un niño. Todos desnudos, como Dios los trajo al mundo.

Se dejan bañar alegres y brincan con sus cuerpos escuálidos sobre el piso mojado del andén de cemento. Impasibles todos, incluyendo la madre que los baña, al paso raudo e impersonal de los vehículos que por ahí circulan.

Están a unas cuadras del más importante centro comercial de Managua y de la Carretera a Masaya, y eso les es de mucho provecho para la venta de los dulces y la obtención piadosa de algunas monedas, de las cuales se alimentan las ocho personas que en esa carreta viven, junto a sus dos mascotas: el perrito “Pulgoso”, y la mona “Lucy”, que atada al eje del carretón, juega con los aperos del “Palomo”, el noble caballo blanco de costillas sobresalientes que les sirve de vehículo cuando la gente los corre de los lugares donde ellos se asientan.

DE CONDEGA AL INFIERNO

A la cabeza de esta singular familia está una mujer de rasgos campesinos y hablar pausado que dice, después de unos segundos de silencio, llamarse Socorro. ¿Qué apellido? Muchos segundos después, responde que Sánchez. No quiere hablar, no da la vista y manda a los niños a esconderse bajo la carreta.

Ellos corren entre grititos de alegría y se abrazan entre sí como si se defendieran de algo maligno. La mona “Lucy” aprovecha un descuido y arrebata a Marvin, el niño de tres años, un pedazo de galleta. Él llora y golpea al animal, pero éste ya ha llevado a su boca el trozo de alimento y lo mastica insensible al llanto del infante. Como castigo, una niña rocía de agua a la mona, que furiosa muestra los dientes y luego se aleja hasta donde el mecate le alcanza.

Quien no tuvo tiempo para esconderse fue María Elena, una adolescente montaraz que se cubre el rostro con una camisa vieja y deja al descuido a una linda bebita de nueve meses, llamada Fernandina. Es blanca, ojos claros y pelo castaño. Juega con un sucio biberón, sobre un cartón tendido en la acera; abandona su juguete y luego busca divertida, la causa por la que su madre se ha ocultado.

Al cabo de unos minutos, incómodas por nuestra presencia, la señora accede a contar su historia, luego de que les hemos comprado caramelos y galletas. Viven desde hace cinco meses en ese lugar. Se bañan y hacen sus necesidades en un parque distanciado a una cuadra. En la tina de la carreta duerme ella y tres niñas. Abajo, cartón y periódicos como colchón, la adolescente, Fernandina, y dos niños más.

Llegaron a Managua hace nueve meses, procedentes de Condega. Se vinieron porque allá no tenían cómo sobrevivir y bajaron a Managua a “buscar vida”. A Socorro no le quedó más opción que abandonar el terruño y dejar atrás la pobreza de aquellas tierras, y el recuerdo de su marido muerto.

COMEN DE BASUREROS

A Ramón Bonilla, su difunto compañero de vida, lo mataron a machetazos unos pandilleros de los barrios orientales de Managua, para asaltarlo y robarle la mercancía. Dice ella que el señor se dedicaba a la venta ambulante de cosméticos. Desde entonces la vida para ella y sus seis hijos se volvió un infierno en las calles de la capital.

“A como pudimos recogimos algo de dinero y compramos caramelos y galletas y los vendemos en los semáforos”, dice ella. Cuenta que los niños no van a pedir, “porque es malo y peligroso pedir”, pero ya en varias ocasiones se vio a la adolescente del rostro cubierto, tomar a la pequeña Fernandina en brazos y golpear, con la mano extendida, las ventanas de los carros que se detienen en el semáforo.

Dice Socorro que a veces los niños logran conseguir algo de comer, al hurgar en los recipientes de basura de la gasolinera que está enfrente. “Porque están malas las ventas”, dice ella, quien señala que cuando la venta está buena, logra reunir hasta 40 córdobas.

El cielo está nublado y la tarde está cayendo; los vehículos circulan raudos en la avenida iluminada y ella dice que esta noche, como muchas otras, tendrá que buscar las casetas de transporte ubicadas a cuadras de ahí, para guarecerse junto a su prole, de las inclemencias del clima y la insensibilidad de una ciudad que las ignora.

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