Elmer Ramírez España
Ser alcalde es una gran responsabilidad porque al ser elegido la ciudadanía le entrega una serie de demandas con carácter de urgencia. El problema empieza cuando se desvían de las promesas que hicieron.
Son pocos los alcaldes que salen con la diestra en alto. El alcalde de Masaya no está dentro de esos pocos y sí en la lista de los que llegan con sed de usufructuar lo que depara las mieles del mandato. Es probable que nadie se vuelva rico en una alcaldía, sin embargo se logran conocimientos y madurez que le permitirán avanzar en su brillante carrera política.
Ése es el mal mayor que padecen los alcaldes, y a las puertas de unas nuevas elecciones su papel deja angustia e incertidumbre, pues las obras que realizaron fueron simples proyectitos para justificarse. Más allá de la crítica, la ciudadanía debe estar clara de que si vota por un personaje que no reúna las calidades requeridas y sea proclamado por el dedo del caudillo de turno, todo saldrá mal.
Para quienes van a ponerse el sombrero de alcaldes es vital salir por los cuatro costados de la ciudad a constatar que el peatón, el automovilista, el artesano, la vivandera, el finquero y las autoridades, funcionen con dedicación y sabiduría. La sabiduría la dan Dios y el pueblo. Hay que caminar junto a las demandas, estar al tanto de la recolección de basura, ponerse el traje de recolector del tren de limpieza para que los impuestos tengan otra dimensión. Ser sinceros y hablar con la vocación de servicio.