De caballos y correas

José Adán Silva Nicaragua, de unos años acá, se ha convertido en un paraíso de políticos parásitos que cumplen dos funciones: una buena y una mala. La mala es que la mayoría de ellos se lucran, por medio del servilismo al poderoso de turno, de la gran urbe de la res pública que es el […]

José Adán Silva

Nicaragua, de unos años acá, se ha convertido en un paraíso de políticos parásitos que cumplen dos funciones: una buena y una mala. La mala es que la mayoría de ellos se lucran, por medio del servilismo al poderoso de turno, de la gran urbe de la res pública que es el Estado. Personajes de saco, corbata, carros lujosos y cuellos flexibles que conocen dos frases para vivir bien: ¡Qué viva el Hombre! y ¡Sí señor!

La otra función de los políticos, la buena para la mayoría de los nicaragüenses pobres, es que divierten con sus ocurrencias.

Así nos encontramos un día en que un funcionario público, de por ahí, propuso como alternativa para solventar la crisis energética que a los funcionarios públicos en vez de vehículos, les dieran bicicletas. Por supuesto que su estupenda idea no prosperó y sólo provocó sonrisas condescendientes para tan pueril propuesta.

En otra ocasión, un vocero de cierto Poder del Estado, defendiendo el megasalario de su jefe, dijo que los miles de dólares que cada mes se embolsa el susodicho octogenario, no le costaban mucho al pueblo, apenas unos cuantos centavos de córdoba por cada nicaragüense, de los más de cinco millones que habitamos este país.

Pero no han sido los únicos que provocan risas. Hemos visto también por ahí a algunos agarrándose a trompadas en la Asamblea, a otros reeligiéndose por cuarta vez para ser precandidatos a elecciones presidenciales que siempre pierden, a otros “tanteando” sacar de la cárcel a cierto obeso personaje que guarda prisión por sus feas costumbres de tomar el dinero público como si fuera propio.

Lo último que de veras provoca risa, pero de esas risas nerviosas que anteceden a la explosión de furia, es la más reciente perla de un muy singular político y por desgracia funcionario público, que es muy afín a las cosas equinas y demás jueguitos de correas y cuatro patas.

Resulta que para proponer una solución a la ya cada vez más vieja crisis energética, el mencionado ministro propuso a los exasperados empresarios dirigentes del transporte público, que para ahorrar energía, en vez de sacar sus “unidades” de transporte cada 15 minutos, las sacaran hasta que los buses estuvieran, como si de sardinas se tratara, llenos de pasajeros. “Que salgan cada hora y media, llenos, para no quemar combustible con unos cuantos pasajeros”, dijo el señor de los equinos.

Su genial propuesta de ahorro de combustible provocó entre buseros y taxistas, esas sonrisas compasivas que provoca un mal chiste contado por un desahuciado, pero de ahí, ya de vuelta a la realidad de que quien lo dijo no fue un condenado a muerte sino un condenado funcionario público, pues las risas cambian a furia.

¿Sabe tan letrado personaje lo que es montarse en un destartalado bus repleto de gente? ¿sabrá acaso tan brillante personaje lo que es llegar hora y media más tarde por culpa del transporte a un trabajo y que un jefe lo reprenda, le deduzcan lo correspondiente del salario y le amenacen con despido por impuntualidad? No creo que lo sepa, parece que él sólo sabe de caballos, correas y carretas coloridas.

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