Elmer Ramírez España
Nuestras madres se han forjado en el taller de la tolerancia hasta ver en cada uno de nosotros el producto social verdadero. Sus desvelos se han desplazado en la comisura de sus pequeñas arruguitas y en el hermoso plateado de sus canas que anuncian lo concreto del espacio y tiempo.
Van y vienen como olas sempiternas del mar en el bregar de los miles de segundos que les acompañan durante el día y por las noches. Sueñan con la esperanza de un mañana parecido al parto: doloroso, pero con la convicción que la capacidad de creación no sólo es el nacimiento de un nuevo ser sino la identificación de su incalculable valor por la conquista del concepto de madre.
Las mujeres son forjadoras de espíritu férreo y sabia condición. Sus manos son la expresión del arte que moldea la masa para dar lugar a la tortilla que llena la dieta de la familia, y a la vez es el modelo que identifica a la tutora de generaciones, pues nunca deja de ser educadora ni lo que siempre se espera de ella: la capacidad de amar incuestionable.
La madre es la voz suave y apacible cuando lo requiere la situación y en otras ocasiones es el llamado de atención, el cual demuestra que la razón es uno de los factores que siempre les asiste. Ellas son las forjadoras de los cuatro costados de la nación, las madres de la patria.
Las madres viven por y para siempre con la sonrisa en el rostro como una especie de música agradable a nuestras emociones y frustraciones, caminan y nunca sus pasos se cansan. Más bien avanzan quitando las piedras que puedan hacernos tropezar con el ejemplo de madre y por supuesto siempre está a flor de piel ese beso que nos duerme no importando la edad que ellas tengan.
Docente universitario