María Buitrago de Garay
Que hermoso amanecer el día que me animó pensar en su existencia,
embriagando mi ser de esta creencia:
¡que mi madre vivía!
Y a festejarla alegre me dispuse
con infinito amor,
arreglando el regalo
con intensa emoción.
Con este pensamiento de alegría,
que la voy a colmar de dicha y gloria,
cesó la pena que en mi pecho había:
de tenerla tan sólo en la memoria.
No hubo otro día sereno y bello:
las flores, abiertas ofreciendo sus colores
parecían decirme entre rumores:
que la escoja encendida
el que feliz la tiene en esta vida,
y blanca para el huérfano triste que en el
mundo sólo le queda su dolor profundo.
Yo que la espero fiel con mi cariño,
sin vacilar tomé una rosa roja
que gozosa la puse en mi corpiño.
Es mi esperanza fresca cual la brisa.
En su espera disipo mis pesares,
hay en mi boca risa
y música armoniosa en los pinares.
Todo espera que llegue; pero tarda…
Se hunde el sol en la distancia,
cae en la tarde sin luz… pero no mi
esperanza,
y es ya la noche de mi alegre día
y la estoy esperando todavía.
Ni una estrella en el cielo,
la luz esconde con discreto velo.
Hay niebla y viento afuera
y vino el sueño… y me dormí en la espera.
Entonces sí la vi. Ella llegaba
como yo la esperaba,
y silenciosa se sentó en mi lecho.
El regalo le puse en su regazo
y reía dichoso cuando la vi feliz
desatando los lazos.
Mas desperté de pronto a un beso frío,
del nuevo día estaba en la mañana,
penetraba la luz por la ventana
y contemplé el regalo…
con los lazos intactos,
su atadura no la tocó la mano…
¡qué amargura!
¡Cae una lluvia del alma, que lo moja!
vuelve a mi pecho su constante hastío,
¡arranqué del corpiño la flor roja,
sólo fue realidad el beso frío!