Alberto L. Alemán Aguirre
Vivita, coleando y potencialmente siempre muy mortífera. Ese es estado actual de la red terrorista Al Qaeda, a dos años y medio del inicio de la lucha contra el terrorismo.
Sus células están activas, sus estructuras de mando están descentralizadas, reclutan cada día más miembros, y el carisma del terrorista número uno del mundo, Osama Bin Laden, sigue ejerciendo una fascinación inspiradora a sus más de … ¡18 mil miembros!, en más de 60 países. Todo a pesar de haber perdido sus bases en Afganistán, a 30 dirigentes y 2,000 miembros.
Una de las causas del preocupante fenómeno es la guerra en Irak, y otra, una más tradicional, es el apoyo de Washington a Israel unido a la falta de solución del conflicto árabe-israelí.
Toda esta información proviene del último informe de uno de los más respetados centros de estudios o think tanks en temas de seguridad internacional, el londinense International Institute of Strategic Studies (IISS).
Al Qaeda “está acelerando su reclutamiento gracias a Irak”, dice el IISS. Los reportes anuales de este think tank son tomados como un punto de referencia y análisis por expertos, periodistas, funcionarios y políticos en el mundo.
La invasión en Irak fue, en el discurso oficial de la Casa Blanca, el siguiente capítulo de la guerra contra el terrorismo, así como Afganistán fue el primero tras los atentados de 2001. Se justificó por los supuestos lazos de Saddam Hussein con Al Qaeda y por su posesión de armas de destrucción masiva. Hasta hoy, no hay una sola prueba irrebatible de los vínculos de Hussein con Bin Laden o sus pupilos, y las famosas armas tampoco aparecieron.
La invasión a Irak y el fin de la abominable dictadura debían producir un mundo mejor y más seguro. Únicamente hay que celebrar que hay un tirano menos. Al contrario de lo prometido, es dramático constatar que vivimos en un mundo cada vez más inseguro. Y el escándalo de las torturas a prisioneros iraquíes ha inflingido un daño inconmensurable a la imagen de la superpotencia.
En nuestra Centroamérica, tan distante de esos escenarios de Oriente Medio y Asia, tan ensimismada en su pobreza, esos asuntos suenan como algo remoto. Error.
Cuatro millones de centroamericanos viven en Estados Unidos, y sus remesas oxigenan las economías de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala. Ellos mismos podrían ser víctimas. Un atentado terrorista de gran magnitud arruinaría las optimistas predicciones económicas mundiales y las consecuencias, como en el caso del petróleo, también llegarían hasta acá.
Los terroristas prometieron castigar a aquellos países que enviaron tropas a Irak. Nosotros lo hicimos.
¿Ha previsto la Policía o el Ejército variantes de entrada al país de terroristas? ¿tiene el gobierno algún plan sobre el tema? De suceder un atentado en EE.UU., ¿se ha previsto cómo hacer frente al impacto social que significaría una brusca reducción en los montos de las remesas?
Panamá acaba de admitir que un individuo, Adnan G. El Shukrijumah, que se busca en Estados Unidos, estuvo de paso en su territorio cinco meses antes de los ataques del 11 de septiembre.
El gobierno debe responder. ¿Qué es difícil imaginar un atentado en Managua? Sí, parece improbable . Hagámoslo chacota. Pero no hace mucho, las agencias de espionaje del país más poderoso del mundo menospreciaron cuán destructivos pueden ser los aviones usados como proyectiles contra edificios. Y qué precio tan trágico fue pagado.