Marcela Sánchez
El conteo regresivo de casi un año hacia una solución electoral a la crisis política en Venezuela está a punto de terminar y la administración Bush está intensificando la presión al presidente Hugo Chávez. En entrevistas con editorialistas a lo largo del país, funcionarios estadounidenses esperan enviar un mensaje claro a Chávez: permita que el referendo ocurra o enfrente las consecuencias.
En mayo pasado, la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter negociaron un acuerdo entre el gobierno de Chávez y la oposición, que debía llevar a una “salida electoral” tras meses de confrontaciones y disturbios. En una entrevista la semana pasada, un alto funcionario del Departamento de Estado manifestó que Estados Unidos está convencido de que la oposición a Chávez ha recogido suficientes firmas válidas para autorizar el referendo y que las acusaciones de Chávez de que hubo un “megafraude” son totalmente infundadas.
Además, dijo el funcionario, “hay muy poco que Chávez no dejaría de hacer para mantenerse en el poder… Lo que está pasando es la consolidación de una dictadura (y) tenemos que hacer lo posible para evitarlo”.
Estas palabras representan un cambio significativo en la administración Bush. Tras equivocarse inicialmente en Venezuela al apoyar públicamente un breve golpe contra Chávez hace dos años, Washington había preferido permanecer en la sombra o intervenir indirectamente impulsando la participación de otros líderes en la región. Washington es ahora más agresivo. El diplomático hizo la advertencia: “Si las cosas no se desarrollan en forma positiva… se va a ver a Estados Unidos tomando un papel más enérgico”.
Pero lo que ese papel más activo pueda significar no ha sido definido todavía. Si, en realidad, como asegura la administración, Chávez está siguiendo el ejemplo del líder cubano Fidel Castro y planea quedarse en el poder 40 años o más, uno esperaría algo distinto de una confrontación retórica.
Es probable que Washington no tenga mucho por hacer. Ha intentado la ruta diplomática, que, como dijo el funcionario, implica mucho “trabajo engorroso” sin resultados suficientes que lo justifiquen. Y si está considerando algo más que una solución diplomática, la administración tendría dificultades en encontrar recursos debido a sus actuales obligaciones, especialmente en Irak.
Chávez parece consciente de que el plan de acción no es claro y ha estado alegremente ofreciendo sus propias ideas. En un esfuerzo por galvanizar apoyo, descubre “evidencia” de conspiraciones lideradas por Estados Unidos para sacarlo del poder, citando conexiones estadounidenses con las fuerzas anticastristas de Miami y militares antiizquierdistas de Colombia.
Pocos días después de que autoridades venezolanas arrestaron a presuntos paramilitares colombianos que, según él, planeaban matarlo, Chávez reveló planes de armar a su propias milicias para proteger a su país de una invasión estadounidense que busca apoderarse de “una de las reservas de petróleo más grandes del mundo”.
Independientemente de lo que se esconda detrás de las amenazas de Washington, es claro que cualquier futura acción será influenciada por los dos mismos factores que han determinado su política hacia América Latina: el foco anti Castro de las personas encargadas de la política y los intereses de grandes negocios.
Si algo define la actual política hacia América Latina es que se centra en Castro, a veces en forma obsesiva. La devota alianza de Chávez con Castro lo ha puesto, por lo tanto, directamente en contra de funcionarios en la administración Bush, que han determinado la política anti Castro en los últimos años. Eso, junto con los degradantes insultos de Chávez a Bush, que han dejado aparentemente ofendido al mandatario estadounidense, deja pocas dudas de que la política hacia Venezuela está planteada en términos personales, anti Chávez y probablemente no le interesa buscar soluciones más allá de su salida. Económicamente, el principal interés de Estados Unidos son los 2.6 millones de barriles de petróleo que Estados Unidos le compra al país suramericano a diario. Esto pone a Venezuela entre los cuatro principales proveedores de crudo de Estados Unidos, con Canadá, México y Arabia Saudita. La seguridad de los yacimientos de petróleo figura entre las principales consideraciones de la administración.
Irónicamente, Chávez puede hacer lo que quiera con el referendo y enfrentar las mínimas consecuencias. Siempre y cuando continúe proveyendo petróleo a Estados Unidos y Estados Unidos permanezca ocupado en otras regiones, es muy poco probable que Washington considere un recurso contra Chávez más allá de la retórica.
Como el diplomático William Brownfield lo predijo este martes en su audiencia de confirmación como embajador en Venezuela, sería una “decisión de último recurso” tanto para Washington como para Caracas el cortar el flujo de petróleo.
La muerte del referendo será obviamente muy mala noticia para Venezuela. Pero cualquier intervención unilateral de Estados Unidos sería peor noticia para la región.