Otro tipo de terror

José Adán Silva ¿Has sentido alguna vez en tu sangre el miedo que provoca el vértigo de la velocidad y las malas maniobras de un taxista irresponsable? Si no has vivido una experiencia como ésta, te diré algo: no es comparado con el terror y la impotencia que provoca un busero irresponsable. Hoy no hablaré […]

José Adán Silva

¿Has sentido alguna vez en tu sangre el miedo que provoca el vértigo de la velocidad y las malas maniobras de un taxista irresponsable? Si no has vivido una experiencia como ésta, te diré algo: no es comparado con el terror y la impotencia que provoca un busero irresponsable. Hoy no hablaré de taxis.

El pasado sábado 15 de mayo, a las 10:30 a.m. abordé un bus rumbo a Rivas, situada 111 kilómetros al sur de Managua. En la terminal de buses del Mercado Huembes estaba parqueado un bus amarillo que anunciaba “Expreso-Peñas Blancas”.

Todo normal: la gente acomodándose en las sillas, los vendedores ambulantes pregonando sus ofertas, otros buses saliendo y a orillas del bus, jóvenes tomando cervezas.

Cuando ya estaba medio lleno el bus, del grupo de tomadores de cervezas se despidieron dos jóvenes, y para sorpresa mía que los estaba observando, uno de ellos se sentó frente al volante a encender el bus, y el otro, antes de meter en un balde varias latas de cerveza, comenzó a gritar: ¡Rivas, expreso!

Inició el calvario. No habían salido de Managua y ya el bus había realizado decenas de frenazos que sacudían a los pasajeros. Aventajaban en pendientes con una absurda desesperación que me pareció que estaban urgidos de volar, y el cobrador, muchacho insolente, no cesaba de darle ínfulas al conductor: “Dale, metelo, pasalo”.

La cerveza en lata aparecía y desaparecía como por arte de magia de las manos del mozalbete, y fue hasta en la entrada a Catarina, cuando un Policía de Tránsito detuvo el bus, que me enteré que las latas vacías las venían lanzando contra los conductores a quienes querían adelantar.

Pensé que con la reprimenda policial se iban a relajar, pero no. Siguieron corriendo desenfrenados, adelantando estúpidamente a los furgones y vehículos pesados.

El muchacho de las cervezas, vulgar y grosero con tres jóvenes pasajeras a quienes enamoró con palabras sucias, se quedó dormido en un asiento y sólo despertó a la altura de Nandaime, cuando un viejo pasajero campesino gritó desde atrás que detuvieran la porquería de bus, que quería bajar antes de morir estrellado.

Tambaleante, el desgraciado cobrador asestó tres golpes en el rostro del pasajero, lo insultó, arrebató sus pertenencias y las lanzó por la ventana, para luego bajarlo a empellones del bus que apenas se detuvo.

Todos vimos estupefactos el violento incidente, pero cobardes de correr la misma suerte, guardamos un doloroso y cómplice silencio.

Bajé en Rivas y sólo supe del vehículo infernal al día siguiente, cuando un Canal de televisión reportaba que en su viaje de regreso a Managua, la tarde del mismo sábado 15 de mayo, se había estrellado contra un poste en Managua, y que sus pilotos habían huido.

Uno de ellos, para regocijo mío el cobrador insolente, fue capturado y esposado. Y ante las cámaras de televisión desafiaba a la Policía, y pedía, como si se tratase de un preso político, justicia y libertad.

Unos dos kilómetros atrás, el terror de los pasajeros había terminado en un accidente en el que, milagrosamente, no hubo muertos.

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