Dr. Emilio Álvarez
Uno de estos días se anunció por televisión un programa interesante. Se trata de capacitar a profesores para que enseñen a sordomudos a comunicarse utilizando el lenguaje de las manos. Lo novedoso es que es una iniciativa de los propios muchachos incapacitados, quienes habiendo aprobado la primaria desean ahora cursar la secundaria y quizás inscribirse después en la universidad o en escuelas técnicas.
Es una iniciativa que debe apoyarse porque incorpora a conciudadanos con ciertas limitaciones sensoriales, pero alertas en adquirir habilidades que les permitan aprovechar mejores oportunidades.
Habría que empezar por un proyecto piloto de cincuenta nuevos instructores e irlo ensanchando. Esta enseñanza especial requiere un presupuesto adecuado del que ahora carece el Ministerio de Educación, pero que puede tal vez conseguirse de alguna agencia extranjera combinada con aportaciones locales. Para entender la importancia de este proyecto debemos imaginarnos lo duro que debe ser permanecer aislado por la sordomudez del mundo social exterior.
Es admirable como hubo personas de gran sensibilidad que se preocuparon por ayudar a esos muchachos que después sorprenden por sus habilidades superiores.
Todos recordamos los años de juventud cuando nos atraía aprender las letras de mano que potenciaban el mundo secreto de los adolescentes. Lo que sucede es que no sólo esos signos manuales integran el lenguaje de las manos, sino las expresiones de la cara (sonrisa, asombro, enojo, alegría, etc.) y los gestos del cuerpo que lo acompañan. Esto significa que el vocabulario que emplea el sordomudo es muy amplio y complejo, de modo que algunos lo estiman en más de dos mil variaciones.