José Adán Silva
Julio César González ya pasó de los 48 años. Lo obeso y las bolsas que se forman debajo de los ojos lo presentan quizás de mayor edad; 55 tal vez. El asunto es que ha llegado al punto de la vida en que ya todo pierde sentido cuando la pobreza es la que impone sus días.
Son más de 30 años como chofer de taxi. Antes, cuando era menos obeso y más joven, le importaba poco el destino, porque un día ya lejano pensó que la ocupación de taxista sería un oficio rentable para toda la vida.
Ganaba bien, había poca competencia y Managua no era una ciudad tan desperdigada entre arrabales y asentamientos que ahora, sin verse cómo de tan rápido, amenaza con unirse al vecino departamento de Masaya.
“Esto está horrible”, dice, la vista clavada fugazmente en el monumental cuerpo moreno que, de ajustado pantalón blanco, espera la luz verde en los semáforos de Rubenia. Tiene muchas razones que sólo un taxista podría comprender. Multas de la Policía, multas de la Alcaldía, cobro de varios tipos de seguros, carros cada vez más débiles y el país sigue pobre.
Uno ve la hora, y desde cualquier oficina con aire acondicionado, sabe lo horrible de la temperatura que afuera alcanza hasta los 40 grados centígrados. “Nosotros tenemos que andar todo el día en este infierno, buscando la comida de la familia. ¿Sabe qué pasa cuando uno está más de ocho horas cerca de un motor y con este sol?”, pregunta, y junto a un resoplido de cansancio, se responde: “Los huesos se te joden”.
De sus insatisfacciones con la vida salen más razones para sentirse desgraciado. “Diario sube el combustible”, dice y señala con su gordo dedo índice el indicador de combustible: “Tengo años de no llenar el tanque”, dice, y con ironía sonríe: “A los diputados les dan 200 galones mensuales… Hijos de la gran p… zancudos”.
Se para frente a una señora que le hace señal con la mano. ¿A dónde vas tierna? Al Mercado de Mayoreo. Sí, como no, por 20. ¡¿Qué?! Por diez me llevan, dice ella y él, sin esperar alguna palabra más, arranca con chirrido de llantas. “La gente quiere que la lleven de gratis, pero ya ve, si no la llevo yo, otro cabrón le hace el vuelo por 10 córdobas”, dice, y yo, por el espejo retrovisor, veo que la señora ya está negociando con otro taxista, mientras otras dos torretas amarillas aguardan detrás.
“Es que esta competencia ha matado el negocio”, dice el señor obeso, y cita el anterior ejemplo. “Ya ve esa vieja, como sabe que hay taxistas que quizás no han ganado ni para la comida, se aprovechan y le quieren pagar a uno una babosada”, dice, y lanza tres ofensas contra el alcalde de Managua, Herty Lewites, a quien acusa de repartir concesiones como “confites en piñata”.
Creo que tiene razón: ¿cuántos taxis hay en Managua? Dicen por ahí que más de 20 mil. Es mucha competencia y eso, junto al precio del combustible, el calor y los impuestos, es demasiado peso como para sacudir la pobreza que todos los días acompaña al taxista obeso a regatear la vida en las ardientes calles de Managua.