Cristales rotos

José Adán Silva Tan mal le fue, que de tres taxis que tenía, uno ya no existe y los otros dos están por irse con todo y placas rojas. La misma historia: le hacen la parada, negocian la carrera y luego, el golpe. Primero lo golpearon en la cabeza con una pistola; luego lo pasaron […]

José Adán Silva

Tan mal le fue, que de tres taxis que tenía, uno ya no existe y los otros dos están por irse con todo y placas rojas.

La misma historia: le hacen la parada, negocian la carrera y luego, el golpe. Primero lo golpearon en la cabeza con una pistola; luego lo pasaron a punta de golpes al asiento trasero, donde lo tiraron al piso y le pusieron una bota en la cara.

Luego lo ataron de manos y pies, y vendaron boca y ojos. Lo apuñalaron en el abdomen cinco veces, y luego de unos minutos recorriendo caminos silenciosos, detuvieron el vehículo y después de golpearlo lo arrojaron a un abismo de piedras y matorrales.

La muerte ya no era entonces aquel espectro sin rostro que viste una túnica raída que termina con una capucha sin gracia, y que en sus manos de huesos perfectos carga una guadaña de pálido brillo. Era ahora la presencia brutal de tres sujetos de mala calaña que intentaban mandarlo al otro mundo.

Rodó. Sintió en la carne las heridas de los espinos silvestres y en el estómago el vértigo de una caída que parecía no tener fin. Una frío glacial se le metió en las sienes y la sangre se le condensó cuando sintió que algo por dentro se le rompió. Se creyó muerto cuando pegó un costalazo en un piso que parecía plano. Eran cerca de las siete de la noche y desde ese terraplén de piedra y hierbas comenzó la peor tragedia: sobrevivir.

Primero la lluvia le caló de hielo los huesos por varias horas. Donde él quedó, allá en el fondo, las corrientes formaron una laguna que casi lo ahogan. Y él, atado, sin posibilidades de ponerse de pie y escapar. La lluvia cesó y las aguas se fueron.

Después la tortura. Atraídas por el olor a sangre, las hormigas comenzaron a picarlo por aquí, a metérsele en las heridas, a romper la piel hinchada, a comérselo.

Como estaba no tenía muchas opciones, así que empezó a girar el cuerpo maltrecho contra las piedras y frotarlo contra los espinosos matorrales. Para salvar la cara tuvo que frotarla contra la tierra y hundirla en el lodo.

Del fondo del dolor le vino la suerte, o el milagro, de poder soltar una soga que le torcía la mano izquierda. Y así, luego de horas peleando con sogas y hormigas, pudo liberarse para descubrir tres cosas: ya era de día, no podía mover el cuerpo y que el paisaje era intensamente bello.

Lo habían lanzado en un barranco al sur del Colegio Centroamérica, cerca del lugar conocido como Intermezzo del Bosque. Como pudo, dice que como animal de cuatro patas, subió a la carretera en busca de ayuda. Ahora cuenta el cuento.

Desde entonces ya no ve la vida desde la transparencia de cristal de un vehículo en marcha, sino desde un lente de menor tamaño y mayor alcance, desde el cual va captando día a día las imágenes de esa vida cotidiana que un día estuvo cerca de perder, allá cuando soñaba con ser un empresario del transporte selectivo que hoy no añora.

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