Alberto L. Alemán Aguirre
Nueva pifia nica y éxito tico, porque desde donde se lo quiera ver, asegurar que el ex presidente Miguel Ángel Rodríguez sea prácticamente el futuro Secretario General de la OEA, es un notable triunfo para la diplomacia del país vecino.
La pifia nicaragüense no reside en el hecho de la segura elección de Rodríguez, el presidente que “sanjuanizó” la política hacia nuestro país, sino en el infortunado manejo que el Gobierno ha hecho de un posible voto de respaldo a Rodríguez y sus consecuencias para las relaciones bilaterales.
Es comprensible que este señor no sea santo de la devoción de Nicaragua. Rodríguez inició el conflicto por la navegación de guardias ticos armados por el río San Juan, al querer imponer arbitrariamente su paso sin el permiso de Nicaragua, el soberano.
Ya sea por mala asesoría, error de cálculo u obstinación, Costa Rica se llevó en el año 2000 un notado fracaso diplomático cuando intentó lograr que la OEA forzara a Nicaragua a aceptar una mediación para hallar una solución al diferendo.
No hubo mediación –hubiese sido un mal precedente en un continente aquejado por conflictos territoriales, aunque éste no lo fuera propiamente– pero los miembros optaron por darle un consuelo a las pretensiones de don Miguel Ángel y nombraron facilitador al Secretario General, César Gaviria.
Un facilitador, contrario a un mediador, no puede imponer una agenda de diálogo y no dispone de grandes recursos de presión.
Ahora don Miguel Ángel será el nuevo Secretario General.
Rodríguez no es un habilidoso constructor de consensos y diálogos. Las más grandes manifestaciones de descontento social en decenios en su país, tuvieron lugar durante su período, cuando infructuosamente trató de privatizar el Instituto Costarricense de Electricidad y sus servicios.
Para su mérito, hay que reconocer la amnistía migratoria que su Gobierno le dio a los nicas ilegales, el acceso al sistema de salud pública. Cabe señalar también las ventajas económicas que Costa Rica obtiene de la abundante mano de obra barata que emigra de Nicaragua.
Hasta hace unos meses, el presidente salvadoreño Francisco Flores alimentaba las especulaciones de que se postularía al cargo en la OEA. Era el favorito de Estados Unidos y Nicaragua, fiel a su cercana postura a Washington, le hubiese respaldado.
Sin embargo, Flores declinó, el Gobierno de Costa Rica y el mismo Rodríguez cabildearon vigorosamente y la semana pasada, el secretario de Estado Colin Powell anunció el apoyo oficial de Estados Unidos.
Nicaragua se halló en una incómoda situación. No nos gusta este señor, pero en política hay que tomar tragos amargos. El Gobierno debió haber previsto el curso actual y debió haber negociado desde mucho antes con Costa Rica el voto, y no únicamente esperar a que Flores se decidiera o que Washington guiñara el ojo. Negociar a dos o tres bandas no es algo ajeno a este Gobierno.
Eso sí, el campo de maniobra es demasiado estrecho. Más de medio millón de compatriotas viven allá, envían jugosas remesas que oxigenan las economías familiares. No hay capacidad de absorberlos de regreso .
En el país vecino, la postulación de Rodríguez ha recibido un apoyo amplio. Es un asunto de prestigio del país que un costarricense ocupe ese cargo tan importante en el hemisferio. Hace unos años, el ex presidente Rafael Ángel Calderón lo intentó sin éxito, y ahora, otro tico está a punto de lograrlo. Triunfo no sólo para el individuo, sino también para la nación.
La actitud nicaragüense ha sido interpretada en el país vecino como malagradecimiento, por ignorar que tantos migrantes trabajan allá, que el gasto social de Costa Rica les incluye, y que el Gobierno actual ha callado el tema del San Juan, según me explicó el colega amigo Mauricio Herrera, del diario La Nación.
Ahora San José retira su pedido de apoyo a Managua y dice que no hubo negociación. Nicaragua dice que sí la hubo.
Es demasiado tarde para negociar. La elección de Rodríguez está asegurada y prefieren no tener el consenso hemisférico absoluto a ceder a las exigencias nicaragüenses –en sí válidas, pero a destiempo– de que no se reviva el conflicto de la navegación y la búsqueda de soluciones migratorias.
Sumamente desafortunadas fueron las declaraciones del presidente Enrique Bolaños, con comentarios de mal gusto sobre si al presidente Abel Pacheco se le había subido el azúcar, cuando éste negó que hubo negociación.
Muy caballerosa y digna fue la respuesta de don Abel, quien padece de diabetes: “No me doy por lastimado, la amistad prevalece (…) Yo le pido a Dios que a don Enrique nunca le ocurra una cosa así (diabetes), es terrible. Y yo, bueno … ¿qué vamos a hacer? Él se burla de esta enfermedad, yo no le guardo rencor”.
Un sabor amargo queda de este nuevo capítulo de nuestras relaciones. Y podemos esperar con certeza, que en su momento, Costa Rica –nuestro vecino más importante– nos sabrá cobrar ésta, cuando a nosotros nos interese lograr algo en los foros internacionales, puesto que la reciprocidad es una norma en las relaciones entre Estados.
Valdría prestar más atención a estos asuntos con un enfoque auténticamente nacional, en vez de estar tan atentos a guiños de ojos ajenos.