Los niños campesinos son los que más riesgos corren de ser víctimas de una explosión por una mina o un artefacto explosivo.

Niños en cruzada contra la muerte

Paralelo a las labores de destrucción de minas que el Ejército Nacional está realizando en las montañas de Jinotega, otro ejército, conformado por líderes comunales, maestros y niños, enseña a los campesinos a ir por caminos más seguros. Moisés Martínez PLAN DE GRAMA-JINOTEGA.- 19 de julio de 1990. Era mediodía de un miércoles. El hambre […]

  • Paralelo a las labores de destrucción de minas que el Ejército Nacional está realizando en las montañas de Jinotega, otro ejército, conformado por líderes comunales, maestros y niños, enseña a los campesinos a ir por caminos más seguros.

Moisés Martínez

PLAN DE GRAMA-JINOTEGA.- 19 de julio de 1990. Era mediodía de un miércoles. El hambre golpeaba los estómagos de los hermanos de María del Carmen Reyes. Sin embargo, los minutos transcurrían y en ese entonces una muchachita de 11 años no llegaba con el almuerzo. Ya se estaban preocupando. María del Carmen recuerda que ese día su mamá preparó a sus cuatro hijos gallo pinto con tortillas y les puso su infaltable cuajadita. La señora “aliñó” el paquete y María del Carmen salió corriendo a buscar a sus hermanos, quienes trabajaban en el campo.

Ella caminó por el mismo sendero de todos los días. Pero ese día en particular, decidió cortar camino por una “trocha” que conocía. Era necesario. Sus hermanos se debían estar muriendo de hambre.

De pronto, un pequeño ¡click!,¡click! Luego una fuerte explosión. Después… nada, la realidad se apagó. María del Carmen había pisado una mina.

“LE GANÉ A LA MINA”

Casi 14 años han pasado desde que despertó en el hospital regional de Jinotega, con la trágica noticia de que su pierna derecha había sido prácticamente desintegrada por la mina.

Sin embargo, mientras me enseña su prótesis de plástico, con la que reemplaza parte de las funciones de su pierna, sonríe y me dice que ya no quiere hablar del tema.

“Te incomoda mucho hablar de eso, ¿verdad?”, le digo. “Realmente no, porque quiero que los niños aprendan para que no les pase lo que me pasó a mí. Lo que pasa es que a eso ya le gané”, me dice.

“¿Cómo le ganaste?”, le insisto. “Porque ahora estoy bien. Mi familia me ha querido mucho y me ha ayudado para que no me acuerde de eso. Además, me encontré un hombre bueno que me ayuda mucho y a él le vale que no tenga una pierna. Si sólo hay una cosa por la que me da pesar no ser completa”.

“¿Cuál?”, le pregunto. “Es que sin mi pierna no puedo andar chineando a mi niña como yo quisiera”. La hija de María del Carmen tiene sólo 14 meses de edad.

Desde fin de la guerra hasta la fecha, la Comisión Nacional de Desminado reporta 53 accidentes, relacionados con la presencia de minas o artefactos explosivos en el municipio de Wiwilí, departamento de Jinotega.

Sin embargo, tomando en cuenta que los campesinos de esa parte del país conviven con las minas igual a como lo hacen con sus gallinas o huertos, se están abriendo nuevas puertas de orientación para que historias como la de María del Carmen sean sólo ecos de un pasado doloroso en la historia de Nicaragua.

UN PATIO PELIGROSO

La pequeña Jacqueline Martínez, de 19 meses, seguía con unos pequeños ojitos curiosos los distingos ángulos en los que se colocaba el lente del fotógrafo Manuel Esquivel. Cargándola en sus brazos, su madre Isabel Blandón nos enseñaba el patio de la rústica casita.

Un patio típico de casa rural. Gallinas jugando con sus pollitos, un pequeña milpa y el caballo, del marido de Isabel, amarrado a un árbol. Sólo un detalle. A menos de cincuenta metros, un rótulo rojo con una calavera blanca, señala los límites del patio de Isabel. “Peligro, Campo Minado”, reza un mensaje del rótulo en cuestión.

“Siempre he vivido con el miedo de esos chunches enterrados. Gracias a mi Diosito que mi niña está chiquita y no puede andar por allí corriendo. Sólo mi marido y yo tenemos que andar cuidándonos. Esas chochadas son bien peligrosas. A cada rato oigo los fuertes bombazos que hace el Ejército, porque andan quitándolas. Ahí vivo encomendándome a cada rato”, nos relata.

NIÑOS ADVIERTEN SOBRE PELIGROS

A las 5:00 a.m., Belkis Guillén, de 12 años, se levanta normalmente como si fuera a ir a clases. Pero es sábado, día de descanso.

Sin embargo, se pone su falda azul con la que asiste a clases de sexto grado de la escuela primaria de Plan de Grama, pero en vez de ponerse la camisa blanca usual que lleva y así completar el uniforme oficial, se pone otra camisa blanca, pero ésta tiene un enorme grabado en la que se muestra a unos campesinos caminando junto a dos niños, todos sonriendo, por un camino de campo. Encima del grabado se lee un eslogan: “Sigamos por el camino seguro”.

Como parte de sus actividades de ese día, a la pequeña Belkis le corresponde ir de casa a casa, junto a otros 40 niños de la comunidad de Plan de Grama, impartiendo charlas a los habitantes de este sitio y otras comarcas cercanas, sobre los procedimientos correctos para lidiar con unos peligros vecinos e incluso inquilinos con los que conviven los habitantes de este pequeño pueblo ubicado a 293 kilómetros de Managua, en las profundidades de las montañas de Wiwilí, Jinotega: las minas antipersonales y otros artefactos explosivos.

Caminando con Belkis fue que conocimos el peligroso patio de doña Isabel Blandón, en las laderas del cerro Wamblancito. Otras seis viviendas se encuentran en una similar situación.

¿Por qué inquilinos? Porque no sólo las minas antipersonales forman parte de los rastros de la guerra en esa zona. También lo son centenares de artefactos, de los que evidentemente no existen registros, como piezas de artillería, granadas, cohetes que quedaron regados por la zona y que incluso se han encontrado en el interior de algunas viviendas.

¿Por qué vecinos? Porque a Belkis le toca impartir charlas en Plan de Grama y las viviendas ubicadas en el cerro Wamblancito, comunidades que están a metros de 222 minas sin detonar, de acuerdo a los registros del Ejército Nacional, sin contabilizar los artefactos explosivos o las minas colocadas por la “Contra” y cuya ubicación es desconocida por el Ejército de Nicaragua.

PREVINIENDO LA MUERTE O MUTILACIÓN

Belkis es parte del programa ejecutado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el Programa de Asistencia al Desminado en Centroamérica de la Organización de Estados Americanos (PADCA-OEA), y el Ejército de Nicaragua, con el financiamiento de la cooperación de Japón para la prevención de los accidentes con minas antipersonales u otros artefactos explosivos.

Según Wanda Obando, coordinadora del programa en Plan de Grama, la finalidad del proyecto es que sean los mismos habitantes de las comunidades los que enseñen a sus vecinos los riesgos de las minas antipersonales y artefactos explosivos que pueden encontrarse en la zona.

Para poder llevar el mensaje y dejarlo grabado en las hurañas y sencillas mentes de los campesinos, Obando explicó que buscaron promotores conocidos para capacitarlos sobre todo lo necesario en lo referido en la prevención de accidentes con minas o artefactos explosivos.

Los componentes principales de estos promotores serían líderes comunales, religiosos, maestros de escuelas y niños.

La inclusión de los niños busca una doble finalidad: en primer lugar, la confianza generada por los niños permite una mayor apertura de los campesinos para poder recibir las charlas, y además, permite que los conocimientos sean absorbidos por el grupo con mayor riesgo de ser víctima de una explosión, los niños, debido a su naturaleza inquieta y curiosa.

Las charlas impartidas por los promotores contienen información sobre cómo identificar una mina o artefacto explosivo, qué hacer en caso de encontrar una de estas mortales invenciones y a quiénes acudir para denunciar su localización.

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