Gustazo exótico… ¡Cascabel al ajillo!

Mario Fulvio Espinosa Brillan los ojillos grises de don Francisco López Barrera cuando extrae de la olla con un gran cucharón, la carne cocida, blanca y fibrosa de una serpiente cascabel. “Este animalito –dice– tiene una mordedura mortífera, pero ya difunto es inofensivo además de ser un gran alimento. Se come el cuerpo pero no […]

Mario Fulvio Espinosa

Brillan los ojillos grises de don Francisco López Barrera cuando extrae de la olla con un gran cucharón, la carne cocida, blanca y fibrosa de una serpiente cascabel.

“Este animalito –dice– tiene una mordedura mortífera, pero ya difunto es inofensivo además de ser un gran alimento. Se come el cuerpo pero no la cabeza ni la cola, mucho menos el chischil que aquí vienen a comprar algunos ciudadanos chinos que le atribuyen virtudes diversas”.

Vamos por el patio donde están amarradas del cuello dos de estas víboras que al ser tocadas con un palo agitan furiosas sus apéndices. El ruido que hacen los chischiles es similar al que produce una pequeña motocicleta de gasolina. De repente una de ellas se lanza a morder la bota de don Chico y cuando lo logra deja húmeda la tierra con el abundante veneno que sale de sus colmillos.

Varias boas negras, gruesas y pesadas aparentan dormitar. Serán sacrificadas para convertirse en platos exóticos. Se sacrifican por degüello y colgándolas de la cola, “Así la sangre sale de todo el cuerpo” dice don Chico. Después mediante un hábil corte longitudinal el ofidio es despojado de su piel, que también tiene demanda en el comercio de los cueros.

“Estos animales tienen poca sangre, una boa como ésta –de aproximadamente cien libras de peso-, puede que dé cuatro litros de sangre, que por cierto se bota porque no sirve para nada”, añade don Francisco.

Luego el cuerpo pelado de la boa se corta en rodajas según el tamaño que se dará a las raciones y esos trozos se ponen a cocer. “Un animal como el que usted ve aquí vale alrededor de 2000 córdobas y nos puede proporcionar más de 25 raciones”.

Pero también en “Los Antojitos del Desierto”, en el kilómetro 138 de la carretera a Estelí, hay un pequeño zoológico porque para alegría de la clientela de paladar exótico, se ofrecen deliciosos platillos de carne de venado, sahíno, garrobo, guardatinaja, cusuco, guatusas, y… ¡ratones blancos!

“Sí, ratones blancos de los que sólo se deja la cabeza y la cola. ¿Quiere que le demos a probar un poquito o prefiere paladear un poco de boa?” Nos tienta don Francisco.

Como la curiosidad mató al gato, nos quedamos con la boa cuya blanca carne tiene, ya condimentada, un sabor a pechuga de gallina aunque de fibras más elásticas.

Fotos/René Ortega

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