La vida sigue igual

José Adán Silva El asfalto casi hierve bajo el sol de abril de la Managua infernal de 39 grados centígrados. A lo lejos, sobre la pista gris, distorsionada la imagen por el vapor que parece consumir la vida misma, se acerca destartalada y triste, una torreta amarilla sobre un verde animal con patas de hule […]

José Adán Silva

El asfalto casi hierve bajo el sol de abril de la Managua infernal de 39 grados centígrados. A lo lejos, sobre la pista gris, distorsionada la imagen por el vapor que parece consumir la vida misma, se acerca destartalada y triste, una torreta amarilla sobre un verde animal con patas de hule y ojos de vidrio.

De las entrañas del ser metálico aparece un rostro rojo, con un cigarrillo en la mano, una nube de humo a su entorno y una lejana música ranchera que se ve interrumpida por la desganada voz que pregunta: ¿A dónde lo llevo?

Le doy la dirección y me saca, en un santiamén de rechinar de llantas y giros bruscos, de la desolación de la Carretera Norte en día domingo. Vuelve la música, el humo, y la velocidad.

Frente a mí yace un visible rótulo de cartón donde se lee el nombre de la cooperativa, placa, nombre del taxista, cédula y una foto… Es un rostro distinto al tipo de la cara roja que maneja como un loco y que fuma sin compasión mientras escucha las rancheras de unos 30 años atrás: “Hay que darle, gusto al gusto, la vida pronto se acaba…”

Le pregunto que quién es el tipo de la foto y no responde. Me fijo en él, que parece hipnotizado por el asfalto, y veo que calza chinelas plásticas, viste un ‘jean’ que hace muchos años tuvo sus mejores días, y que ya sin las piernas y deshilachados los muñones, terminó siendo su indumentaria de ese día, junto a una camisola ex blanca que resalta la barriga cervecera.

No respeta señales, fuma sin parar, hace malas maniobras y no le importa que el usuario se muera del susto. Tampoco le baja a la música ranchera. El asunto es que según el último acuerdo, de los veintitantos que habido entre los taxistas desde que tengo memoria, este tipo representaba la antítesis de lo que debería ser un verdadero servicio de transporte selectivo.

En principio, él no estaba autorizado a manejar ese auto mientras no tuviera una identificación personal emitida por la Policía. No existía en ese taxi, con ese tipo, aquel acuerdo de vestirse decente para dar una buena imagen al cliente. No estaba en esa nube de humo el respeto a la salud del cliente, y en el rechinar de llantas y giros imprevistos, el respeto a la seguridad del cliente. ¿Sabrá este tipo que no hace menos de seis meses los taxistas prometieron, una vez más, no hacer todo lo que él venía haciendo en la vía pública? Lo dudo.

Casi estamos por llegar a mi destino, en tiempo récord, y él sigue con su cigarro eterno, la vista congelada en el asfalto, el claxon de fácil grito y la música sonando alto, pero esta vez, ya no escucha rancheras, sino aquella vieja canción del español Julio Iglesias: “Al final, las obras quedan la gente se va, otros que vienen las continuarán…, la vida sigue igual”. Cuando bajé de aquella tristeza rodante pensé un segundo: ¿En Nicaragua la vida sigue igual? Al menos para el servicio de taxis parece que sí.

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