Luis Armando Iglesias Gutiérrez
El artículo publicado en LA PRENSA del sábado 27 de marzo, en el espacio Blanco y Negro del licenciado Eduardo Enríquez, me motivó a escribir lo siguiente:
¡Yo ya no entiendo! No entiendo porqué el harapiento, mendigo, peregrino o tal vez poeta de la Canción del Oro de Rubén Darío, después de semejante crítica se marchó rezongando entre dientes sin lanzar siquiera una piedra a la nefasta opulencia.
Yo no entiendo porqué el pueblo de Nicaragua permite que lo ultrajen y jueguen con sus derechos, con el erario, con la historia. No entiendo porqué hay que agradecerle a los funcionarios públicos cuando son honestos y cumplen con su responsabilidad; se supone que los elegimos para eso. Y no entiendo porqué cuando no son honestos no se les puede quitar y siguen desangrando al pueblo.
Yo no entiendo porqué Alemán y Ortega siguen vistiendo saco y corbata y se ponen de pie ante el Himno Nacional. Ni entiendo porqué éste comienza con Salve a ti Nicaragua y termina con y el honor es tu enseña triunfal. Más aún, no entiendo porqué a los diputados se les llama padres de la Patria, si cada día en vez de pan le dan serpientes y ultrajan el comienzo y final del Himno Nacional.
¿Será que Darío en su Canción del Oro dejó premeditadamente ese final para hacernos reflexionar y actuar para rescatar o encontrar los valores y orgullo de ser nicaragüenses?
Jinotega