Edgard Rodríguez C.
Fue hace cinco días, pero me parece que fue ayer.
Aún puedo ver la pelota saltando del bate de Norman Cardoze, volando en línea recta hacia la calle, hacia la grandeza, hacia la gloria.
Y veo a Norman corriendo con los brazos extendidos, saltando hacia la inmortalidad, mientras entra profundo en el sentimiento popular.
Fue la noche soñada para el infielder de las Fieras.
Quizá fue también la mejor manera de silenciar voces acusadoras que pusieron en duda su honorabilidad, su profesionalismo, su ética.
Esta Final, que ha sido la más grande Final de los últimos tiempos, fue casi perfecta. Lo único que no tuvo, fue dos ganadores a la vez.
Merecía un séptimo juego como el que tuvo, dramático, angustiante y espectacular, pero sólo hubo un ganador, cuando nadie merecía perder.
Y junto a Cardoze, hay que dedicar párrafo aparte a Franklin Sánchez, el chavalo de Las Flores, que lanzó como un consagrado en el segundo juego.
Esa faena aguanta comparación con las mejores que se han visto en Series Finales. Esa noche, Sánchez lanzó más allá de su edad.
Al otro extremo estaba Asdrudes Flores, un veterano 22 años mayor que Franklin, pero que lanzó con similar eficacia.
Asdrudes es un veterano que merece respeto. Y lo tiene. Se lo ha ganado en casi 20 años sobre el box y su utilidad no es tema de discusión.
Pero para que el San Fernando llegara al nivel que consiguió, se necesitó de un equipo que lo exigiera al máximo, que devolvieron hit por hit, out por out.
Eso fue el Chinandega.
Chinandega todo lo hizo bien, menos ganar el séptimo juego. Pero resultó tan peleador como el San Fernando.
Mostró buenas faenas desde la colina como la de Olman Rostrán, la noche que Sánchez parecía mucho más grande que sus 6´3’’ de estatura.
Ofreció bateo incandescente a través de Juan Oviedo y batalló pese a disponer de una tanda baja que ciertamente era baja.
Pero había que buscar a un ganador y el San Fernando estaba mejor armado y utilizó mejor su arsenal en la noche perfecta para Cardoze.