Artesanos del mar en las manos de Dios

La producción de artesanía de conchas de mar es una actividad cuya comercialización en las playas locales muy frecuente hoy en día, no obstante su producción sigue en manos de pequeños artesanos que por falta de dinero tienen que hacer malabares para continuar la tradición que les ha ayudado a sobrevivir por décadas. Gabriel Sánchez […]

  • La producción de artesanía de conchas de mar es una actividad cuya comercialización en las playas locales muy frecuente hoy en día, no obstante su producción sigue en manos de pequeños artesanos que por falta de dinero
    tienen que hacer malabares para continuar la tradición que les ha ayudado a sobrevivir por décadas.

Gabriel Sánchez Campbell

“¡Adornitos de concha y collares!!!, ¿va a comprar?”… es sin duda una de las frases más típicas que de seguro como buen turista nacional ha escuchado en más de alguna ocasión en las playas del Pacífico de Nicaragua, en boca de por lo menos un centenar de niños de que justamente venden estas creaciones peculiares.

¿Pero sabe usted realmente lo que significa para los niños y para las familias de éstos la confección y venta de esas piezas tan peculiares?, pues si no, sepa que forman parte de una importante fuente de ingresos para centenares de artesanos de las zonas costeras, que desde hace décadas están metidos en este negocio.

La elaboración de estos productos que son el deleite para miles de turistas que anualmente visitan Nicaragua, ha sido, es y probablemente continúe siendo el ingreso más fuerte de dinero para muchas familias desempleadas, que han encontrado una alternativa al desempleo y que en muchos casos se hacen por tradición.

El proceso de la fabricación de las piezas de conchas de mar, está asociado a una cadena productiva que podría dividirse en tres partes. La adquisición de la materia prima, la elaboración de las piezas y la comercialización de éstas. Todas y cada una de ellas lleva un proceso más o menos laborioso, cuyos resultados concluyen en un solo momento: el de la venta.

Es destacable que la fabricación de las artesanías de conchas de mar no es una actividad en manos de los niños a como puede parecer. Más bien sucede a la inversa, los adultos son los que se encargan de buscar la materia prima, hacer los productos y los niños son los que se encargan de venderlas.

El proceso inicia con la recolección de las conchas de mar. Todas sin excepción, algunas son piezas básicas para poder armar el adorno final.

LA MATERIA PRIMA

Según María Elena García, una artesana de Pochomil, quien desde hace 12 años se dedica a la fabricación de las artesanías con productos del mar, las conchas son recolectadas en el Océano Pacífico por gente dedicada exclusivamente a la búsqueda y clasificación de éstas. O bien por los mismos artesanos que desean ahorrar costos.

Las conchas se venden en sacos llenos, pero no con pesos exactos, porque el precio está dado de acuerdo al tipo y tamaño.

Sandra Centeno, una productora de artesanías de Masachapa, dice que el precio de los sacos de concha oscila entre los cien córdobas, si fue comprado en el lugar de extracción y hasta los 350 ó 450 córdobas si ésta fue llevada hasta la puerta de la casa del fabricante.

La otra forma de obtener esta materia prima, a un precio mucho menor, es cuando el fabricante que en este caso es el artesano, las llega a buscar directamente al mar.

Pero con esta forma el trabajo se vuelve mucho más cansado y agotador, porque muchos salen antes de las 5:00 a.m. a caminar grandes distancias en la playa y vuelven hasta por la noche con un saco de conchas que después tienen que clasificarlas.

Las formas de las conchas están clasificadas de acuerdo a la utilidad en la pieza. Por ejemplo la tradicional concha de la almeja, se usa para hacer flores y es conocida como concha larga. El caracol del cambute es llamado caracol para cuerpo. La concha en donde los ostiones crecen, están identificadas como las conchas nácar para ceniceros.

Otro de los materiales que son utilizados para la elaboración de estas piezas son los huesos de tiburón, de los cuales también se obtienen collares que son el producto dilecto de los jóvenes.

El hueso de tiburón es vendido por los pescadores a los artesanos en dos formas: limpios o en bruto. Cuando se venden limpios, por lo general son comprados en cien córdobas la libra. De ésta se sacan unos 14 collares que se venden a 10 córdobas.

Según los niños que se encargan de venderlos, este es el trabajo más fácil, porque es sólo meter el hueso del cartílago en un alambre de cuerda y ponerle un seguro, con lo cual el collar queda listo.

LA CREACIÓN

Para el caso de los adornos de conchas de mar, los artesanos inician su labor una vez que tienen ésta en sus manos.

El proceso es más o menos sencillo, pero es lento, y requiere de paciencia. Para iniciar la confección del producto sólo se requieren como insumos un tarro de cola blanca de carpintería, harina, anilina de colores, barniz y una alta concentración de creatividad si se quieren experimentar con nuevas formas.

Petrona Rodríguez, una de las artesanas de concha más antigua de Masachapa, en el municipio de San Rafael del Sur, explica que una vez en mano las conchas, ésta procede a tostarse, si se quiere pintar con otros colores. Pero si no sólo se tienen que secar en el col y lavarlas con agua, detergente y cloro para que se les quite el mal olor.

Luego se procede a confeccionar la pieza. Lo más fácil, según Rodríguez, son los conejitos y las tortuguitas de mar. Pero en todas hay que tener una concha base que es lo principal.

Luego de tener las conchas específicas y la idea de qué se quiere hacer, se aplica el pegamento mezclado con la harina y se procede a poner cada una de las conchas en el lugar que se desea y se espera que éstas sequen. Se pintan con barniz y todo queda listo para la comercialización.

Por lo general en un día normal hacen entre 72 y 120 unidades que son vendidas a 2.50 córdobas cada una de ellas, o a 15 córdobas la docena, dependiendo del tamaño.

LA VENTA

El proceso de venta de las artesanías de conchas de mar está a cargo principalmente de los niños, porque son los que tienen mayor facilidad de convencimiento para los turistas.

Éstos tienen un margen de ganancia del 100 por ciento del producto, ya que al comprarlo en unos 2.50 córdobas por unidad, los venden en cinco córdobas. Y en muchos casos los venden a 15 córdobas por unidad o el equivalente a un dólar.

En muchos de los casos éstos tienen una excelente red de ubicación de los artesanos a quienes les llegan a comprar sus creaciones hasta la puerta de su casa.

Sólo en las playas de Pochomil y Masachapa hay más de una centena de niños que se dedican a esta labor. Sin embargo en balnearios como La Boquita, San Jorge, San Juan del Sur, Poneloya, El Velero, Casares y Las Peñitas, encontrar a estos pequeños comercializando estos productos no es una casualidad.

No obstante no hay registros oficiales ni estudios formales conocidos públicamente que indiquen la cantidad de personas que dependen de esta labor.

Carlos Roberto Vélez, es uno de los niños que desde hace siete año se dedica a esta labor. Dice que como negocio es bien rentable porque se venden entre 100 y 300 córdobas diariamente, pero la mayor actividad está reservada para los fines de semana, y para el verano.

“Con el dinero que gano ayudo en mi casa para comprar arroz, frijoles y otras cosas para la comida. Y es bonito hacerlo, yo lo disfruto”, sostuvo.

SIN ORGANIZARSE

Según Harold Rocha, presidente ejecutivo del Instituto Nicaragüense de la Pequeña y Mediana Empresa (Inpyme), el respaldo para estos artesanos depende de su capacidad de organizarse.

Expresó que hay un programa a través del cual se le da apoyo a la pequeña empresa, pero la iniciativa para obtener apoyo tiene que salir de los mismos artesanos.

Sostiene que uno de los problemas que probablemente incidan para que no se hayan desarrollado ningún proyecto particular que los beneficie es por la falta de organización que ellos tienen.

Otro de los problemas que los artesanos expresan es la falta de financiamiento, pero debido a su extrema pobreza, en la mayoría de los casos son considerados sujetos de alto riesgo.

Leonardo Centeno, director del Programa de Atención Empresarial (PAE) de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), dijo que hasta el momento no conoce ninguna estrategia ni programa específico que ayude a mejorar la calidad de la producción de estas artesanías, no obstante considera que es de suma importancia que se preste atención a este rubro porque durante muchos años ha logrado mantenerse en pie solo.

“Sin embargo hay espacios como el de Manos Laboriosas que permite vender de forma constante artesanías nacionales en centros comerciales de Managua, que podrían servir para proyectar y mejorar la calidad de estos productos”, expresó.

LOS PROBLEMAS

El principal problema que enfrenta el sector de productores de artesanías de conchas de mar es la falta de conocimientos técnicos que les permita desarrollar un trabajo más limpio, más estético y visto desde la parte empresarial.

MERCADO CON POTENCIAL

La búsqueda de mercados internacionales inició desde hace ya unos cuantos años. Lo bueno es que está en manos de los mismos artesanos que hoy día venden sus creaciones en concha en Honduras, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y hasta en México, porque pagan mejor el artículo.

Janeth Mojica es una artesana de Masachapa que ha buscado penetrar al mercado salvadoreño desde el año pasado. Cuenta que la motivación estuvo a cargo de otros comerciantes locales que vendieron los productos del mar en Honduras hace unos cinco años.

“Les fue bien y nosotros probamos. También nos fue bien”, comenta. Por eso es que hoy día, en vez de ofrecer toda la producción de piezas de conchas del mar en las playas de Pochomil y Masachapa, ellas guardan una parte para venderlas en Centroamérica.

Se van una semana y luego vuelven y cada uno de los artículos que aquí pueden vender en 15 córdobas, los venden en El Salvador en unos 45 córdobas la pieza. Y las de cinco córdobas en más de un dólar.

El transporte lo hacen en tinas plásticas cubiertas de papel periódico. Toman un bus que los lleve a Managua, otro que los traslade a la frontera y así emprenden su viaje grupal de 10 días.

Según Mojica, uno de los problemas son los impuestos de entrada y de salida que tienen que pagar. “Aquí hablan que hay beneficios, pero se paga por todo y nosotros no somos la excepción. Por lo menos esto se paga mejor afuera que adentro, porque nosotros llevamos estos productos a los mercados de las ciudades y ahí se encargan de venderlos”.

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