Don Agustín Renderos muestra una de las primeras 300 cruces que elaboró después de haber sido nombrado por Odorico como el carpintero de la Iglesia.

Una historia de dolor

Rosario Montenegro Zeledón La historia de El Tepeyac, no sólo está compuesta de hechos religiosos sino también de episodios tristes, especialmente durante la época de la dictadura somocista. Parte de estos hechos dolorosos los recuerda Agustín Renderos, quien fue el primer sacristán del padre Odorico, pero que al poco tiempo lo nombró el albañil oficial […]

Rosario Montenegro Zeledón

La historia de El Tepeyac, no sólo está compuesta de hechos religiosos sino también de episodios tristes, especialmente durante la época de la dictadura somocista.

Parte de estos hechos dolorosos los recuerda Agustín Renderos, quien fue el primer sacristán del padre Odorico, pero que al poco tiempo lo nombró el albañil oficial de la Iglesia.

Don Agustín también formó parte de los que participaron en la construcción de ese templo.

Según Renderos, en los años posteriores a la guerra de Sandino, la Guardia Nacional edificó su cuartel en esta colina, en donde llevaba a interrogar “a todos los contrarios o simplemente a quienes detenían por cualquier incidente”, afirma.

Sin embargo, fue en los últimos años de la guerra contra Somoza, que ocurrieron los hechos más tristes y sangrientos en este lugar.

Cuenta Renderos, que debido a que El Tepeyac está en una cima, los integrantes de la famosa Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI) decidieron establecer su comando en este lugar desde donde mantenían un férreo control sobre cualquier movimiento.

A este sitio eran llevados todos los que eran acusados de ser sandinistas, a algunos de ellos, nadie los volvió a ver con vida, otros ni sus cadáveres fueron encontrados.

Uno de ellos, recuerda don Agustín, fue el joven Orlando Rivera conocido como “Pilancho”. “Otros muchachos asesinados en este lugar fueron Uriel Blandón, el Cholo Berrios…”

Cuenta que fue precisamente en el intento de exhumación de los restos de Rivera, que otras 99 personas estuvieron en peligro de ser fusiladas por la Guardia Nacional.

Dice que él, —en ese entonces era el alcalde— acompañado del Padre fue a pedirle al comandante de la Guardia que anulara la orden de fusilamiento, lo que finalmente, “sólo la intercepción y las oraciones del padre Odorico nos pudieron salvar”.

También durante la época de los ochenta, en una de las tomas que hizo la “Contra” a San Rafael del Norte, muchos feligreses estuvieron en peligro, ya que el ataque se dio en el preciso momento que se realizaba uno de los Viacrucis que el Padre acostumbraba durante todas las madrugadas.

En esa ocasión, recuerda el primer sacristán de Odorico, muchos sanfaelinos buscaron refugio en la capilla, otros en su desesperación salieron corriendo, algunas viejitas sufrieron fracturas o lesiones al tratar de bajar las inclinadas escalinatas.

Hoy este lugar es uno de los más visitados y venerados en el norte del país, ya que allí se encuentra la tumba del que los sanfaelinos consideran su santo.

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