Carla Patricia García
Con ninguna otra arma más que su cuerpo y un cinturón cargado con varios kilos de TNT, dinamita, triperóxido de triacetona u otro explosivo, el hombre-bomba burla la vigilancia policial y estalla en mil pedazos ante el blanco seleccionado, provocando sensaciones de impotencia, rabia y vulnerabilidad entre la humanidad.
Me es difícil comprender el ataque suicida, que por cierto es una práctica antigua con una historia moderna. Efectivamente, con todo esto me pregunto: ¿qué razones tan poderosas llevan a una persona a hacerse volar en mil pedazos, despreciando un instinto tan básico como es el de la supervivencia? Desde el punto de vista psicológico, ¿son gente normal o perturbada?
¿Daría usted su vida por un ideal político, religioso o nacionalista? Sea cual fuere su respuesta, las amenazas de las bombas humanas constituyen, sin temor a equívocos, un cambio tan macabro como siniestro en la práctica de horror.
Que Dios nos libre de estos fanáticos.