José Adán Silva
—¿Ustedes conocen a este hombre?
—No oficial, para nada—, comentó uno de los tres jóvenes sentados en una mesa de tragos en el Munich.
—¡Aja! ¿Desde qué horas están aquí?
—Una hora más o menos. ¿Por qué oficial?
—¿Y antes dónde estuvieron?
—En Bello Horizonte.
—¿Pero por qué nos pregunta?
—¡Cállese y responda!
—¿En qué se vinieron de Bello Horizonte?
—En taxi.
—¿Y cuánto les cobraron?
—80 córdobas.
—¿Y ustedes pagaron el viaje?
Ellos dudan y se vuelven a ver entre sí. Nadie responde y es cuando se fijan en el gordo que acompaña a los dos policías. Era el taxista que los había traído de Bello Horizonte y al cual no le pagaron ya que al llegar a dos cuadras del bar bajaron a toda carrera y se perdieron en la oscuridad. Dice don Manuel Salvador Rodríguez, un señor taxista conocido por el alias de “El Diablo”, que sólo así se atrevió a cobrar su dinero.
Él trajo a colación la anterior anécdota para contarme la muerte de uno de sus colegas, a quien recuerda sólo como Tito Sáenz, quien murió atormentado los últimos quince días de su vida por los estragos de una certera pedrada lanzada por unos bandidos que se negaron a pagar una carrera de taxi.
“No hay que ser pendejo, amigó”, me dice Rodríguez, y agrega: “Si varios hombres se niegan a pagar, mejor dejálos ir”.
Así le ocurrió a Tito Sáenz. Contó a sus colegas, días antes de morir, que los dolores de cabeza que lo tenían fatal eran producto de una pedrada que le lanzaron tres mozalbetes en Carretera Norte, a donde los llevó desde Plaza Inter y no pagaron.
Tito los siguió, machete en mano, dispuesto a cobrar caro sus 30 monedas, pero no los alcanzó. Uno de ellos, quien más atrás se venía quedando en la huida, posiblemente se sintió acorralado, así que se detuvo, tomó una piedra y la arrojó contra el taxista.
La piedra no lo derribó, a pesar de haber acertado en mitad de la frente. No salió sangre, sólo una pelota morada que se mantuvo ahí causando dolor y mareos.
Dicen que al hombre le dolía todo y que producto de los mareos que la pedrada le provocó, perdió el conocimiento y chocó el vehículo. La reparación costó más de cinco mil córdobas, aparte de más de 300 dólares en radiografías y exámenes médicos en un hospital público donde inicialmente nada le detectaron y sólo le recomendaron pastillas amargas.
“Me está matando el dolor”, le dijo a sus colegas y éstos preocupados por la suerte de su amigo, le recomendaron que se sometiera a una operación.
Y hubo entonces que gastar más dinero y empeñar las cosas del hogar para hacerse una tomografía en un hospital privado donde la salud es más cara que la vida propia.
La pedrada provocó coágulos de sangre en alguna parte de la cabeza y eso, 15 días después, lo llevó a un quirófano donde le dijo adiós al mundo, en medio del llanto de su familia y la preocupación de su mujer, que entre lágrimas decía no saber qué hacer para sobrevivir ya que Tito se metió a una agobiante jarana económica para reparar el carro chocado y para tratar de recuperar la vida que perdió por sus 30 monedas.