- A un año del comienzo de la invasión a Irak por EE.UU. y Gran Bretaña, la violencia y derramamiento de sangre continúan. Las armas químicas y biológicas que supuestamente amenazaban al mundo, no fueron halladas
Pedro C. Martín (*)EFE REPORTAJES
PRIMERA DE DOS PARTES
En la madrugada del 20 de marzo de 2003, los destellos y explosiones de los misiles “Tomahawk” iluminaban la tensa oscuridad de Bagdad. Comenzaba la guerra para echar del poder a Saddam Hussein.
Un año después, la resistencia armada y el terrorismo protagonizan una cruenta transición hacia la democracia en un país donde no se hallaron armas de destrucción masiva, la razón oficial del gobierno de George W. Bush para lanzar la guerra.
Irak se situó en el punto de mira de la política exterior de Estados Unidos una vez acabada la guerra de Afganistán, feudo de Osama Bin Laden y primera respuesta bélica a los atentados del 11 de septiembre de 2001. En 2002, el presidente de EE.UU., George W. Bush, incluyó al país árabe en un “eje del mal” que amenazaba la paz del mundo.
Ese eje también incluía Irán y Corea del Norte, pero ya a mediados de 2002 Irak pasó a ocupar la prioridad al asegurar la administración norteamericana que el Gobierno de Saddam Hussein almacenaba armas de destrucción masiva.
Según el argumento estadounidense, Irak podría entregar o vender ese armamento a grupos terroristas como Al Qaeda, que estaría de ese modo en disposición de perpetrar ataques aún más mortíferos que los acaecidos el 11-S en Washington y Nueva York.
Después de un proceso de inspección por expertos en desarme de la ONU que no ofreció resultados –lo que provocó un cisma entre EE.UU. y algunos importantes aliados europeos, como Alemania y Francia– la contienda comenzó en la madrugada del 20 de marzo de 2003.
Flotillas de aviones estadounidenses y británicos atacaron de continuo las principales ciudades iraquíes, en una operación denominada “conmoción y pavor”, que, no obstante, buscaba acabar con bombardeos “quirúrgicos” con los principales centro de poder del régimen de Saddam.
El 23 de marzo se inició la invasión terrestre desde el vecino emirato de Kuwait, aunque lo que en principio se perfilaba como un paseo militar se frenó no obstante en seco al lograr las fuerzas de defensa mantener a raya a las tropas ocupantes en ciudades como Um Qasar, Basora y Naseriya, que jalonan la parte fértil del sur iraquí.
La resistencia en esas plazas obligó a los soldados de lo que pronto se definió como “la coalición” a avanzar a través del desierto para alcanzar Bagdad, más al norte.
Esa estrategia permitió que a principios de abril se iniciara el cerco de la capital, que se prometía eterno debido al acantonamiento en torno de la mancha urbana de la temida Guardia Republicana, principal cuerpo de élite del Ejército iraquí.
Tras una dura batalla por el control de aeropuerto, Bagdad caía, sin embargo, de manera inesperada el 9 de abril, apenas diecinueve días después de iniciarse la ofensiva.
¿TRAICIÓN?
Según testimonios recogidos de dignatarios del antiguo régimen, sólo una traición de los mandos militares de Saddam Hussein explicaría la súbita y casi incruenta toma de la capital, que por otra parte quedó expuesta al caos y al pillaje, que afectó incluso a los hospitales y al Museo Arqueológico Nacional.
El día 1 de mayo, el presidente Bush declara formalmente el final de la guerra desde la cubierta del portaaviones “Abraham Lincoln”. Un día antes, el secretario de Estado de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, declaraba en suelo iraquí que había sido “una guerra de liberación y no de ocupación”.
RESISTENCIA ATACA A TODO
Un año después, las tropas de EE.UU. que derrocaron a Saddam Hussein afrontan una resistencia armada que también tiene como blanco de sus ataques a las nuevas autoridades locales, sumidas en una larga y cruenta transición.
Washington subraya que en Irak actúan grupos extremistas y terroristas de Al Qaeda, los que tienen una gran parte de responsabilidad en atentados y actos de sabotaje.
Miles de civiles iraquíes y unos 600 militares estadounidenses –a los que se suman soldados de la coalición ocupante liderada por Washington– han muerto a manos del movimiento insurrecto, cuya estrategia ha ido cambiando a lo largo de los últimos diez meses.
Los atentados, asesinatos y operaciones armadas de los insurgentes se iniciaron al poco de que Estados Unidos diera oficiosamente por concluido el conflicto el primero de mayo de 2003, con una pomposa declaración de Bush en un portaaviones de la Marina.
Poco a poco, los insurgentes fueron perfeccionando sus acciones y empezaron a disparar con morteros y a usar un arma que se ha revelado letal: bombas caseras plantadas en las cunetas de las carreteras que hacen saltar por los aires a los vehículos militares.
Estos artefactos obligaron a blindar los carros ligeros y a aumentar el número de patrullas de zapadores, pero pronto comenzaron a llegar los ataques con coche-bomba y los kamikazes.
(*) Con informaciones de Fernando Puchol (Washington), Paco G. Paz (Naciones Unidas), y Sobhi Hadad y José Seage
(Bagdad).
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