- El conflicto causó daños a las relaciones entre EE.UU. y sus aliados en el mundo
Pedro C. Martín (*)EFE REPORTAJES
El esfuerzo por resolver el conflicto iraquí de manera diplomática fue baldío hace un año frente a la determinación de los “halcones” del Gobierno de Bush. El ex jefe de los inspectores de armas de la ONU, Hans Blix, asegura ahora que EE.UU. rechazaba las evidencias de que Irak no tenía armas de destrucción masiva.
En los meses previos a la invasión para desalojar del poder en Bagdad a Saddam Hussein se vivió la lucha desigual entre la negociación diplomática y la fuerza militar.
La administración del presidente George W. Bush insistió en que ya nada se podía hablar con el régimen de Saddam porque llevaba más de una década desafiando las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y podía disponer de armas químicas y biológicas.
De nada sirvió la defensa de países europeos, como Alemania, Francia y Rusia, y latinoamericanos, como México y Chile, de dar más tiempo a los inspectores de armas de la ONU, y tratar de convencer a Bagdad de que se aviniera a las exigencias internacionales.
Ese debate abrió profundas grietas en las relaciones de Estados Unidos al otro lado del Atlántico y al sur del continente americano. Un año después, y a la luz de que los presuntos arsenales mortíferos de Saddam no existían, las heridas todavía están cicatrizando.
Durante varios meses hubo intensas negociaciones en el Consejo de Seguridad de la ONU, al que EE.UU. acudió para tratar de dar legitimidad internacional a la invasión de Irak.
Pero se topó con una contundente resistencia de buena parte del Consejo, que finalmente no fue más allá de aprobar la resolución 1441 –en noviembre de 2002–, en la que se advertía a Bagdad de “serias consecuencias” si no realizaba un proceso de desarme fiable.
Los intentos de EE.UU. y de sus principales aliados, el Reino Unido y España, de aprobar una segunda resolución en la que se diera carta de ley a la intervención militar no prosperaron, pese a que Washington desplegó su capacidad de presión política y económica.
Al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, siempre se le recordarán las poco diplomáticas declaraciones en las que se refirió a la oposición de ciertos Gobiernos europeos a la guerra como una señal de que esos países vivían instalados en el pasado.
“Ustedes piensan en Alemania y Francia como si fuera Europa. Yo no. Creo que esa es la vieja Europa”, manifestó Rumsfeld en una conferencia de prensa en Washington con corresponsales extranjeros.
La réplica la dio el canciller alemán, Gerhard Schroeder, quien habló con orgullo del pacifismo de los gobiernos y los ciudadanos europeos y dijo que “lo que diferencia a la buena vieja Europa es que tenemos muy presente lo que significa una guerra”.
Las buenas formas de la diplomacia se perdieron definitivamente cuando desde las instituciones públicas estadounidenses se atacó con crudeza a Francia, incluso con actitudes y argumentos pueriles.
Las “french fries” (patatas fritas) pasaron a llamarse “freedom fries” (patatas de la libertad), incluso en los menús del Congreso, y periódicos como “The New York Times” abogaron porque Francia fuera reemplazada en el Consejo de Seguridad de la ONU por India.
El 15 de marzo de 2003, Estados Unidos –junto a sus principales aliados, España y el Reino Unido– dio a Irak “la última oportunidad” para que el régimen de Saddam Hussein demostrase que se había desarmado.
La llamada Cumbre de las Azores, celebrada en la base portuguesa de Lajes, concluyó con Bush señalando que “mañana es el día en el que vamos a comprobar si ha funcionado la diplomacia”, porque “estamos ante unas horas cruciales para el mundo”. “O Saddam se desarma por sí mismo o lo haremos por la fuerza”, amenazó Bush.
“Es el momento de la verdad para el mundo” sobre Irak, afirmaba Bush, en referencia a que el Consejo de Seguridad de la ONU tenía sus horas contadas para decidir sobre un nuevo proyecto de resolución presentado por EE.UU., Reino Unido y España, que ponía un plazo de hasta el 17 de marzo para que Irak demostrase que se había desarmado completamente.
Ese proyecto, al que al menos Francia amenazó claramente con vetar, estaba estancado en la ONU, ya que tampoco había conseguido reunir los nueve votos requeridos para su aprobación si no hubiera vetos.
Bush, en la conferencia de prensa final tras la Cumbre de las Azores con los jefes de Gobierno británico, Tony Blair; español, José María Aznar, y portugués, José Manuel Durao Barroso, incluyó varios avisos hacia Naciones Unidas y hacia la forma en que su Gobierno trataría a la organización en función de cómo actuaba en la crisis iraquí: “Esperamos que mañana las Naciones Unidas hagan su trabajo, si no todos nosotros tendremos que dar un paso atrás y tratar de pensar en cómo hacer que la ONU pueda funcionar mejor”.
De hecho, el 18 de marzo, el presidente Bush emplaza en un discurso televisado a Saddam Hussein y a sus hijos a que abandonen Irak en un plazo de 48 horas o afronten una guerra que ponga fin a su régimen.
Pero las aguas volvieron progresivamente a su cauce, y aunque los presidentes George W. Bush y Jacques Chirac no han vuelto a entrevistarse, Washington y París han dado señales últimamente de que hay un esfuerzo por recomponer la buena relación de aliados.
(*) Con informaciones de Fernando Puchol (Washington), Paco G. Paz (Naciones Unidas), y Sobhi Hadad y José Seage
(Bagdad).