José Adán Silva
Padres, padres… Pobres hijos nicaragüenses con “padres de la patria” como éstos. No les basta con ordeñar por cinco años al Estado y echarse miles de dólares mensuales casi de gratis; tampoco basta que se líen a golpes en defensa de sus cuotas de poder, ni que pasen más de tres meses discutiendo cómo mantener en cárcel o en libertad a un vulgar ladrón que se lucró de su máximo cargo de funcionario público.
Nada de esto parece que les basta a ellos y ellas. No les importa ser evasores de impuestos ni escudarse en su inmunidad para ocultar, sin vergüenza y con falsos argumentos de justicia, sus delitos. El uno dispara a la multitud en estado de ebriedad, luego se queja de que lo quieren apresar por cosas políticas. El otro, ladrón como su antiguo dueño a quien sirvió en bandeja todos los fondos posibles del Instituto de Desarrollo Rural, reclama “respeto” y se indigna cuando se le echa en cara su servilismo y su lucro al margen de las leyes.
Los otros, que mataron no sólo las ilusiones de miles en una revolución frustrada, sino a miles de hijos de los más pobres, y que al final de la guerra salieron como ricos empresarios con una piñata que terminó de sangrar una economía mortalmente herida por años de guerra, siguen defendiendo sus peones a costillas de los derechos de los demás.
Y de ahí, de entre esa fauna de colores políticos y falsas ideologías, no importando que sean mal llamados “cristianos”, “demócratas”, “izquierdas” y otros sobrenombres sin importancia, salen las peores decisiones para los que no tienen el poder de desestabilizar a un país ni la fuerza para defenderlo: los ciudadanos comunes.
El ciudadano común no tiene la fuerza criminal de los buseros cooperados, ni la pericia de mafia de las cooperativas de taxis, así que no le puede servir mucho a los organizadores de caos y entonces no valen para contemplaciones y hay que clavarles todos los impuestos habidos y por haber.
Así vemos que aunque sean los más cumplidos en sus obligaciones, los que menos gente machacan en las calles y los que menos delitos cometen en comparación a esos clanes organizados de mafias del transporte que se hacen llamar “transporte selectivo”, son los más perjudicados a la hora de las justicias.
Los taxistas tuvieron más de un año para ahorrar 175 dólares para el pago del seguro, y no lo hicieron. Mejor pidieron la primera prórroga y siguieron (al menos en Managua, de lo cual hay plena conciencia ciudadana y pruebas) en su cotidiano caos urbano.
Se venció la prórroga y no habían ahorrado, así que vino la segunda prórroga, pero esta vez, bajo amenaza de paralizar Managua si no les permitían otros seis meses más para andar sin seguro por daños a terceros. ¡Sí señor, claro!
Y mientras a ellos sí les ceden en sus caprichos, a los ciudadanos comunes y corrientes y a los peatones sin carro, los dejan desnudos y sin la garantía de recuperar los daños cuando un día menos pensado, uno de estos cuantos salvajes lo atropellen o lo choquen.
Pero nada de eso importa a los que otorgaron esa prórroga, a esos malos padres que hoy tiran balas, mañana golpes y luego cobran sus miles de dólares mientras el tiempo pasa sin que se apruebe una sola ley de beneficio social.