Tomás Romero
Mel Gibson más que un buen director de cine es un excelente empresario, pues además de impactar y sacudir la conciencia de miles de creyentes con las más crudas escenas de violencia explícita de los últimos tiempos, está obteniendo jugosas ganancias en la taquilla.
Uno de los aspectos más controversiales de esta película es su gran inclinación anti semita. La crucifixión era un suplicio exclusivo de los romanos. No podía ser aplicada a petición popular de los habitantes de un territorio bajo el dominio romano. Además, era un castigo aplicado principalmente a rebeldes subversivos con la crueldad necesaria para servir de escarmiento. En este sentido Gibson trata a toda costa de esconder el rigor romano con una desmesurada ira de los sacerdotes judíos y sus turbas.
En el Huerto de los Olivos cambia a los soldados romanos por soldados judíos a las órdenes de los sacerdotes. Por otra parte, distorsiona la figura de Poncio Pilato reduciéndolo a un triste monigote manipulado por las turbas. Luego, para balancear le imprime altas dosis de compasión a su esposa.
De la misma manera, la crueldad de los soldados romanos resaltada en grotescas escenas de sadismo, son justificadas por el australiano a través de actitudes de extrema indisciplina, impropias en las legiones romanas. Asimismo, un demonio con rasgos feminoides de manera insistente se pasea subliminalmente entre los judíos, nunca entre los romanos.
Gibson desaprovechó una gran oportunidad de ofrecer una película menos desapegada a lo que en realidad ocurrió. En esta Semana Santa habrá más fieles en las iglesias que en las playas, mientras tanto Mel Gibson estará cavilando cómo hacer más grande el ojo de una aguja para pasar con su camello repleto de dólares.