Haití necesita una estrategia seria

Marcela Sánchez* El caos que sacó a Jean Bertrand Aristide de su cargo en Haití y su insistencia de que fue Washington quien lo hizo, hacen fácil olvidar que tan sólo 10 años atrás, él y Haití fueron señalados como un éxito de la política exterior estadounidense. Lo que pasó entre 1994, cuando se le […]

Marcela Sánchez*

El caos que sacó a Jean Bertrand Aristide de su cargo en Haití y su insistencia de que fue Washington quien lo hizo, hacen fácil olvidar que tan sólo 10 años atrás, él y Haití fueron señalados como un éxito de la política exterior estadounidense.

Lo que pasó entre 1994, cuando se le restauró en la Presidencia, y ahora se ha atribuido ampliamente a la negligencia estadounidense. Pero también contribuyeron al fracaso en Haití los que permanecieron involucrados.

Ahora que Washington intenta ejercer de nuevo su influencia en un país a donde ha enviado tropas dos veces en una década, los riesgos de dejar que la política estadounidense en Haití caiga en manos de quienes están menos interesados en un enfoque bipartidista, deben ser evidentes. Como el veterano diplomático James Dobbins lo dijo en una entrevista, “si vamos a promover reconciliación en Haití necesitamos promoverla en casa”.

Cuando los soldados estadounidenses aseguraron el retorno pacífico de Aristide a Puerto Príncipe en la “Operación Restaurar Democracia” de octubre de 1994, la administración Clinton prometió ayudar a construir una democracia que funcionara. La administración Clinton también prometió al pueblo estadounidense que no buscaba reconstruir esa nación y que saldrían lo antes posible de Haití.

Cumplir la última promesa sin romper la primera resultaba imposible. Las limitaciones autoimpuestas demostraron ser menos una señal de compromiso y más una prueba del desinterés que estaba por venir. El vacío que se creó fue llenado rápidamente por fuerzas inspiradas por partidismos y por sus actitudes en torno a un hombre, Aristide.

En marzo de 1995, Clinton se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar la isla en más de 60 años. Ansioso por saborear la victoria de la pacífica intervención militar estadounidense, llamó el retorno de Aristide al poder un “triunfo de la libertad sobre el miedo”. Pero para los pocos republicanos en el Congreso que prestaban atención, liderados por Jesse Helms, el entonces presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, era hora de demostrar que Clinton se equivocaba.

Al enfocarse en el asesinato de Mireille Durocher de Bertin, la ex portavoz de la dictadura militar, ocurrido días antes de la visita de Clinton, los republicanos en el Congreso redactaron una enmienda al proyecto de ayuda exterior que finalmente bloqueó millones de dólares en asistencia económica destinada al Gobierno haitiano.

Esa enmienda, que llevaba el nombre del candidato presidencial republicano en 1996, Bob Dole, exigía una investigación “rigurosa” de la muerte de Bertin y las de otros opositores de Aristide.

Era claramente una condición cuestionable, teniendo en cuenta el hecho de que la nueva fuerza policial haitiana estaba apenas empezando y luchando por mantener el orden en una isla donde los militares acababan de ser disueltos. Además, los republicanos se limitaron subjetivamente a los casos que podrían avergonzar a Aristide y no a sus predecesores.

A la vez que limitaban el monto de la ayuda de Clinton a Aristide, los republicanos pidieron también que financiera los programas del Instituto Republicano Internacional, la rama internacional del Partido Republicano para promover la democracia alrededor del mundo. Su programa en Haití ha sido ampliamente criticado como sesgado a favor de los opositores de Aristide.

Pero si los republicanos consideraban a Aristide como una barrera a la democracia en su isla, aquellos pocos demócratas a los que les preocupaba el tema, básicamente miembros del grupo de congresistas negros, veían al líder haitiano como su piedra angular. Y sus puntos de vista continuaron por años a pesar de la creciente evidencia de que Aristide había recurrido a las tácticas poco democráticas de sus predecesores.

En su fidelidad hacia Aristide parecían desconocer que Aristide dependía cada vez más de fuerzas de seguridad extralegales, mejor conocidas como matones, para asegurar su poder. La representante Maxine Waters (D-Calif.), quien organizó el retorno de Aristide al Caribe esta semana, es una de las mejor conocidas defensoras de Aristide.

El cabildeo financiado por Haití tampoco ayudó a equilibrar la actitud de Washington. Las firmas de cabildeo aceptaron con gusto por sus servicios millones de dólares de la nación más pobre del hemisferio para simplemente “predicar entre los ya convertidos” defensores de Aristide, dijo el experto en Haití, Robert Maguire, director del Programa de Haití del Trinity College en Washington.

En todo momento uno puede encontrar voces estridentes y extremas en esta ciudad, pero ante la ausencia de una voz imparcial, los que se obsesionaron con Haití hicieron poco para ayudar a la frágil nación. Como lo expuso Dobbins, muy diplomáticamente, “ante el telón de fondo de la última década, es justo decir que los distintivamente opuestos enfoques demócrata y republicano sobre Haití han brindado grandes resultados”. De hecho, con amigos así, Haití no necesita de una conspiración estadounidense para ser abatida, a pesar de que las acusaciones de Aristide sugieran lo contrario.

Afortunadamente algunos de quienes estuvieron involucrados en Haití ya no están en posiciones de poder. Pero otros sí lo están y, ante la falta de una estrategia a largo plazo, seguirán contribuyendo a la triste historia de Haití.

* washingtonpost.com

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