El productor Edgardo Canales Arancibia muestra la forma en que estuvo atado de pies y manos durante las 74 horas que permaneció cautivo por un grupo de plagiadores.

Relatos de un plagiado

Edgardo Canales permaneció secuestrado durante 74 horas, tiempo en que sus plagiadores lo mantuvieron maniatado y vendado, y bajo la amenaza constante de ser asesinado si sus familiares no entregaban los 600 mil córdobas por su rescate. A tres meses, los acusados de este delito fueron dejados en libertad Luis Eduardo Martínez M.CORRESPONSAL/MATAGALPA Mientras sus […]

  • Edgardo Canales permaneció secuestrado durante 74 horas,
    tiempo en que sus plagiadores lo mantuvieron maniatado y vendado, y bajo la amenaza constante de ser asesinado si sus familiares no entregaban los 600 mil córdobas por su rescate. A tres meses, los acusados de este delito fueron dejados en libertad

Luis Eduardo Martínez M.CORRESPONSAL/MATAGALPA

Mientras sus brazos se entrecruzan en un cálido abrazo, agradecen a Dios por conservar esa unión, su fe crece en cada beso y caricia. Para los hermanos Edgardo y Johana Canales Arancibia, cada día es una bendición.

Ella vive en el poblado de Matiguás y él cuida su finca, ubicada entre las comarcas La Patriota y El Cacao, en este municipio matagalpino. Son hijos del matrimonio conformado por don Domingo Canales y doña Ana Arancibia Soza, también padres de Deglis, Griselda y Boanerges Canales Arancibia.

Esta familia está más unida desde hace tres meses, cuando Edgardo, un muchacho alto, de 31 años de edad, estuvo secuestrado 74 horas por un grupo de delincuentes armados con fusiles aka, que exigían 600 mil córdobas por su rescate.

“Esos fueron días horribles. Me sentí muerta. Fueron cuatro días de angustia y desesperación, no sabíamos si lo habían matado”, recuerda Johana, mientras sostiene abrazado a su hermano, víctima del plagio, y añade: “Pero también fueron días de mucha unidad, no sólo de la familia, sino de toda la gente de Matiguás que nos acompañó y se solidarizó con nosotros, en oración y de la mano de Dios”.

La joven sólo suelta a su hermano para enumerar a todas las iglesias que mostraron su respaldo: “Todos orábamos. A la casa llegaban gente de todas las iglesias: católicas, adventistas, evangélicas, todas llegaban a orar. Todos los días, a las 2:00 p.m., abrían las iglesias para estar de la mano de Dios, mientras nosotros, desesperados, buscábamos dónde conseguir el dinero y poder pagarle a esa gente lo que exigían y poder ver de nuevo a mi hermano”.

EL PLAGIO

Era la oscura y fría noche del 13 de diciembre recién pasado. Edgardo y uno de sus trabajadores, Octasiano Herrera, regresaban a casa. Parecido a los personajes de la obra de Cervantes, “Don Quijote” y “Sancho Panza”, el primero montaba un robusto macho negro y el segundo un enclenque caballo colorado.

Por el desolado camino, iban desde el caserío de La Patriota hacia la finca de Edgardo, ubicada cerca de la comarca El Cacao, en el municipio de Matiguás. Los ruidos de insectos nocturnos y del paso de las bestias eran ajenos a la plática de los hombres.

De pronto, entre matorrales, a la orilla del camino, cuatro hombres armados con fusiles AK les salieron al paso. Edgardo quiso accionar su brillante pistola calibre 3-57. Superado en número y armas, optó únicamente por levantar sus manos y entregar su pistola a uno de los desconocidos.

“Nos bajaron de las bestias y nos pusieron boca abajo en el camino. A mí me amarraron de las manos y me registraron. A Octasiano le entregaron un papel y le dijeron que se lo tenía que entregar a mi papá. También le dieron la bestia en que yo iba y lo sentenciaron: si se lo das a otro que no sea el viejo Domingo, o avisas a la Policía, vos te morís con toda la familia de este hijo de la tal”, recuerda Edgardo.

Mientras Octasiano se iba, los armados vendaron y registraron al joven productor, le quitaron las prendas y hasta las espuelas que llevaba puestas. Luego, “arriado”, lo llevaron con dirección hacia el sector de Muy Muy Viejo, una comarca distante del lugar donde lo habían interceptado, como a las 7:20 p.m.

EL CAUTIVERIO

Edgardo fue llevado hacia lo que él llama “una burra de monte”, una especie de zanjón rodeado de matorrales, debajo de un árbol y cerca de una pequeña quebrada, en una zona semiboscosa.

“Me metieron tres días allí, aguantando frío, hambre y sed. Sólo pedía agua… me tenían cerca de una quebrada, yo oía sonar la quebrada, entonces les pedía agua y era lo único que me daban”, relata.

Por 74 horas estuvo vendado y atado de pies y manos. El joven productor dice no haber reconocido a ninguno de sus captores, ni siquiera por sus voces. “Primero me pusieron masking tape (cinta adhesiva), después un trapo y después otro trapo… me parece que les habían echado algo así como formalina, porque sentía un gran ardor en los ojos y la nariz y el tufo no lo aguantaba”.

De los tipos que le plagiaron, uno servía de enlace con los familiares de la víctima. Tres se quedaban cuidándole y amenazándole de muerte.

“Yo no me daba cuenta si era de día o de noche. Sólo sabía que tal vez estaba amaneciendo cuando oía a los pájaros en los palos que estaban cerca, si ni siquiera podía verme las palmas de las manos”, dice Edgardo.

Entre el martirio, resignado a morir, Edgardo asegura que quizás para intimidarlo, los plagiarios hablaban entre sí, diciéndose uno al otro: ‘llamá por radio a los otros diez, que bajen de la colina porque nosotros vamos a salir’.

“Pero yo sabía que sólo eran tres o cuatro los que estaban, pero ellos, seguro para meterme más en miedo, decían que habían más. A veces le decían a uno de ellos: ‘quedate vos con este hijo de la tal y si trata de levantarse lo trozás a balazos, no lo dejés que corra ni un paso… y así decían muchas cosas”, expresa el productor, quien supo que estaban negociando su libertad porque escuchó a los hombres comentarlo.

LA INTERVENCIÓN DE LA IGLESIA

Mientras esto ocurría en la “burra de monte”, donde tenían a Edgardo, en el poblado de Matiguás, sus familiares y amigos oraban por su rescate, con vida, y buscaban los 600 mil córdobas que exigían los plagiarios.

A través del padre Francisco Tercero y un asesor de la Comisión Diocesana de Asesoría Legal (Codial), intervino la Iglesia Católica, tratando de mediar en la liberación del plagiado.

Entre las 5:00 p.m. y las 7:30 p.m. del lunes 15 de diciembre, el cura y el funcionario de Codial lograron un primer contacto e iniciaron las negociaciones. En ese momento entregaron 70 mil córdobas. Los delincuentes exigieron más dinero, por lo que a las 10:30 de la misma noche, los negociadores entregaron otros 140 mil córdobas.

Hasta el lugar donde establecían contacto con dos de los plagiadores, el padre Tercero y el asesor de la Codial tenían que viajar dos horas en bestia y una media hora a pie. Ambos eran registrados de pies a cabeza por los delincuentes, en cada encuentro con ellos.

Ante las exigencias y amenazas de los plagiadores, la familia de Canales tuvo que reunir otros 200 mil córdobas para que dejaran en libertad al joven productor. Éstos fueron entregados cerca de las 8:00 p.m. del martes 16 de diciembre. En total, los delincuentes recibieron 410 mil córdobas.

ANGUSTIA ENTRE FAMILIARES

En el otro escenario, Johana Canales Arancibia recuerda que “fue una angustia espantosa. El sacerdote se iba a negociar y nosotros esperábamos que nos dijera que lo había visto (a Edgardo), que estaba bien, y no pues, él nunca lo miraba y nosotros no sabíamos si en realidad estaba vivo o si ya lo habían matado… fueron momentos durísimos para todos nosotros”.

“Así estuvimos, prestando dinero… mucha gente nos ayudó y las dos ferreterías de Matiguás nos apoyaron y nos prestaron dinero para pagarle a los hombres”, añade la muchacha.

La interrumpe Edgardo, quien exclama: “Yo ni por cerca sabía quién podía estar negociando”.

LIBRES LOS SOSPECHOSOS

Mientras Edgardo Canales y su familia aún no se reponen del trauma, producto de su secuestro, así como de todas las vicisitudes que tuvieron que enfrentar para poder rescatarlo , el 16 de marzo los acusados de este plagio fueron eximidos de toda responsabilidad.

El titular del Juzgado Segundo de Distrito de lo Penal de Matagalpa, Frank Rodríguez Alvarado, clausuró anticipadamente el juicio por considerar que no existían pruebas suficientes en contra de los acusados Ronaldo González Ruiz, alias “Matachancho”, Wilfredo Antonio Espinoza González y el anciano Lucas López Landeros, el primero era señalado como autor intelectual y los otros como cooperadores.

LIBERTAD Y REENCUENTRO

Cuando los negociadores entregaron los últimos 200 mil córdobas, los plagiadores señalaron un lugar, distante al punto de negociaciones, donde el sacerdote encontraría a Edgardo.

“Pero, háganos un favor, préstenos las bestias para irlo a sacar a él de donde lo tenemos y donde lo dejemos a él, allí le vamos a dejar las bestias”, dirían los plagiadores al sacerdote, según la versión de Johana.

“Cuando llegaron a donde yo estaba, uno de ellos se me acercó y me dijo: ‘¿conoces este mecate?’… sí le respondí, es el que le pongo a mi macho… ‘pues vas de viaje’, me dice. Todavía vendado me montaron en el macho y se subió uno de ellos al anca y me llevaron a una casa sola”, menciona el productor.

Agrega: “Allí me soltaron y uno de ellos me quitó las vendas, quise reconocerlos pero yo no podía ver, tal vez por esa cosa que le habían echado a los trapos. Se fueron y allí me dejaron botado… eran como las 9:00 p.m., yo me quería levantar pero estaba como bolo, no podía ni siquiera pararme, entumido por haber estado amarrado, en cuclillas, de las manos y los pies”.

Más tarde, al lugar llegaron el sacerdote Tercero y Julio Castro, un delegado de la Palabra, originario de La Patriota, quienes llevaron a Edgardo hacia esa comunidad.

Según los hermanos Canales, unas 200 personas, entre familiares y amigos, les esperaban felices. Allí estaban también oficiales de la Policía y el Ejército. Era la media noche del 16 de diciembre.

“Es como si hubiera vuelto a nacer”, dice el productor, mientras sonríe.

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