- Dueño de local comenzó vendiendo nacatamales, luego cloro y detergente líquido y con sus ahorros instaló el taller que fue destruido por las llamas
- El fuego acabó con todo, pero los afectados esperan levantarse de las cenizas
Luis Alemán Saballos
En menos de dos horas, 15 años de sacrificio de toda una familia fueron convertidos en cenizas por un voraz incendio que destruyó las instalaciones del taller automotriz El Rastro, ubicado en el barrio La Fuente, de la Escuela Normal Alesio Blandón, media cuadra abajo.
Su propietaria, la señora Flor Dalia Urbina de Calderón, dirigía al mediodía de ayer las labores de escombreo y búsqueda de lo que según ella “puede servirnos para levantarnos de las cenizas”.
Y es que realmente le hará falta más que eso, porque el incendio que inició en el fondo del taller cerca de un compresor, destruyó gran cantidad de repuestos automotrices nuevos y usados, incluso dos carrocerías y una montacarga, es decir todo.
“Es difícil ahorita hacer una valoración de todo lo perdido”, afirmó Urbina de Calderón, quien a pesar de las pérdidas millonarias asegura estar tranquila y con la fe en Dios que pronto se levantará de nuevo y “haremos un taller mucho más grande”.
ESTABAN ORANDO
Urbina de Calderón relató que al momento del siniestro ella se encontraba en su casa de habitación, a cuatro cuadras del taller, en compañía de varios hermanos en la fe, participando en una jornada de oración.
“Mi hermano y un primo me vinieron a decir que el fuego se había originado al lado del compresor, que habían usado un extinguidor pero que no pudieron apagar las llamas, las que luego quemaron cables que a su vez prendieron fuego a la carrocería de un vehículo Kía que tenía residuos de gasolina, lo que ayudó a propagar las llamas”, relató.
“Le doy gracias a Dios porque no hubo pérdidas humanas, me hubiera dolido mucho… lo material se repone”, declaró Urbina, quien se aferró a su fe en Dios para no desesperarse y poder dirigir las labores de limpieza de lo que fue su taller, uno de los más grandes que operaban en la capital.
15 AÑOS DE SACRIFICIO
El Rastro era más bien un desarme que ofrecía repuestos usados y nuevos. En su instalación invirtió miles de dólares que logró ahorrar junto a su esposo, con quien trabajó durante 15 años en Canadá.
“Ahí hice de todo, limpiaba un restaurante, luego llegué a administrarlo y hasta sacar la administración de empresas”, asegura Urbina, quien alentada por su familia en Managua decidió regresar e invertir en la compra y venta de repuestos.
“Yo no sabía ni agarrar un desarmador, pero llegamos hasta armar un vehículo”, asegura con mucho orgullo y dolor, al ver a su alrededor la cantidad de chatarra que quedó de lo que fue su taller de desarme.
“El Rastro comenzó a operar hace cuatro años. Para protegerme del sol coloqué siete yardas de plástico negro, mi hermano me regaló dos estantes pequeños y ahí puso unos cuantos repuestos. Mi fe en Dios pronto hizo que este negocio creciera tanto que estábamos planeando construir más módulos”, señala.
MÁS DAÑOS
Las pérdidas que sufrió la familia Urbina no se quedaron sólo en el taller El Rastro, ya que la vivienda de la señora Martha Ivania Urbina, ubicada al lado izquierdo del taller, quedó parcialmente destruida.
Las llamas dañaron todo el armazón del techo, el sistema eléctrico, el cielo raso, muebles, un televisor y un equipo de sonido. El calor derritió canales y la tubería de desagüe.
Varios muchachos, entre ellos Norlan Martínez, desafiando al fuego sacaron en medio de las llamas un tanque de 100 libras de gas propano que de haber estallado hubiera causado mayores daños entre el vecindario.
TRABAJADORES SIN EMPLEO
Las llamas no sólo destruyeron las piezas automotrices, sino también la oportunidad de trabajo de más de diez empleados que laboraban en el área administrativa y en las bodegas de repuestos, quienes ahora quedaron sin ninguna fuente de ingresos económicos.
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