- Los acompañantes de pacientes de los hospitales públicos de Managua que llegan de otros sitios del país, deben aguantar la incomodidad de las bancas exteriores de los centros
asistenciales por falta de condiciones, para que lo hagan en las salas junto a los pacientes.
En este proceso se exponen a incomodidades y la inseguridad por la delincuencia.
La noche transcurre con un ojo cerrado y el otro abierto.
Jehú Hernández Sandoval
En una noche fría y clara, iluminada por los rayos de la luna y tres faroles en postes de alumbrado público, encontramos a Francisco Cáceres durmiendo en una banca de concreto en las afueras del hospital Roberto Calderón.
Llegó procedente de la comunidad Ococona, en el municipio de Macuelizo, Nueva Segovia, acompañando a su esposa, quien era víctima de dengue hemorrágico.
Francisco es sólo un eslabón más de esa larga cadena de personas que tienen pacientes en los hospitales y que han llegado de zonas alejadas del país. Con muy poco o nada de dinero, sin familia en la capital y sin un lugar donde pasar la noche, tienen que quedarse a medio dormir en las bancas de los hospitales, esperando que los rayos del sol les anuncie la llegada de un nuevo día.
Antes de salir para Managua, unos amigos le advirtieron “tenés que dormir en las bancas que están afuera del hospital”, a lo que no dio mucha importancia, pero una vez allí se topó con una experiencia dura.
LO PEOR: INSEGURIDAD
Para él no era tan molesto el hecho de dormir a la intemperie en una banca de concreto, sino la inseguridad que eso representa. Cuando llegó al centro hospitalario, otros hombres que se encontraban en el hospital durmiendo en las bancas, le advirtieron que ahí llegaban ladrones que aprovechaban cuando alguien se quedaba dormido para robarle hasta los zapatos.
Esa versión le fue confirmada por las enfermeras que atendieron a su esposa. “Tenga cuidado, no se confíe, porque ahí vienen unos ladrones que dejan llorando a los que duermen en las bancas”. Y no tardó mucho para comprobarlo. A la tercera noche, un muchacho de Waslala fue víctima de la delincuencia. “Le robaron cuando estaba dormido los únicos 400 córdobas que andaba”, dice Francisco.
INDIFERENTES
Desde entonces casi no pudo dormir. Colocaba en forma de almohada una bolsa plástica en la que guardaba una mudada de ropa, una sábana y una toalla. Se quitaba la gorra y la ponía sobre el pecho con los brazos entrecruzados y las piernas una sobre otra, como tratando de proteger el poco dinero que aún le quedaba.
“Aquí no se puede dormir. Eso es lo malo, uno no se puede confiar porque lo pueden dejar hasta descalzo. Aquí hay que estar con un ojo cerrado y con el otro abierto”, comentó Cáceres.
Cuando los periodistas llegamos al hospital eran casi las 11:00 p.m. y aparentemente estaba dormido, pero cuando Orlando Valenzuela, el fotógrafo que me acompañaba, comenzó a hacerle fotos, se levantó de una forma tan brusca que dio la impresión que todo el tiempo supo que estábamos ahí.
La banca que le servía de cama se encontraba muy cerca del bar del hospital. A menudo entraba y salía personal médico, enfermeras y familiares de los pacientes en busca de un café o bebidas gaseosas. En su trajinar ni se percataban de la presencia de Francisco, o quizás les resultaba tan familiar que no le daban mucha importancia.
Todos caminando presurosos con la vista clavada en el piso. Uno que otro transeúnte echaba una mirada al momento en que conversamos con él. Les extraña, parece que alguien se interese por conocer los pormenores de quienes a diario utilizan esas bancas como camas.
SIN SABER CUÁNDO
Francisco Cáceres tiene 46 años y tres hijos: Mayra de los Ángeles, de 13 años; Julio Alberto, de 11; y Carlos Francisco, de 6 años. Cuando partió hacia Managua, con su esposa Reina Isabel Bustamante, de 29 años, los dejó al cuidado de su mamá, supuestamente por unos días, pero cuando hablamos con él llevaba una semana y según le habían dicho los médicos debería permanecer una semana más, porque a su esposa le descubrieron una enfermedad que no supo precisar, pero que requiere de mucha atención médica.
Cada mañana se levanta de su cama pétrea con ánimo de tomar un baño. Los doctores le autorizaron que se bañara dentro del hospital y lavara la ropa en unos lavaderos destinados para ese fin, ubicados en los pasillos externos del edificio. Ahí mismo tiende la ropa mojada.
Se pone la mudada que trae en la bolsa plástica que carga siempre. Después, busca algo para desayunarse y espera que sean las 12:00 m., para poder entrar a la sala de mujeres, donde se encuentra Reina Isabel. Ahí permanece hasta las 7:00 p.m., hora en que debe dejar la sala. “Si fuera mujer me pudiera quedar con ella toda la noche, pero como soy hombre me tengo que salir”, aclaró.
El departamento de Trabajo Social le garantiza bonos de almuerzo y cena, los que según él “son regulares, el desayuno es el que uno tiene que buscar como sea, porque no lo dan”.